EL PAIS › COLAS EN LOS BARES, EN LOS PUESTOS DE COMIDA Y EN LOS BAñOS PUBLICOS

Los vendedores también tuvieron su día de festejo

Jorge, su cámara y su poni Milagros recorren el país juntos hace tres años. El cuenta que no es su primer fiel compañero de ruta, tuvo una llama que se le murió de vieja y otro caballo petiso, que cansado de tantos niños encima y flashes, regaló a una granja. “Viajamos buscando el turismo y hoy (por ayer) el turismo está acá”, afirmó Jorge mirando a su corcel, que esperaba paciente sobre la 9 de Julio a miles y miles de niños que llegaron ayer al Paseo del Bicentenario para festejar los 200 años de la Revolución de Mayo. Amuchadas en los colectivos, trenes y subtes con boleto gratis, las familias no detuvieron su paso con destino a los festejos y allí estuvieron atentos vendedores ambulantes, artistas callejeros y los afortunados dueños de kioscos y bares.

“Desde las once de la mañana que no para de llegar gente. Tanta gente no vi nunca”, aseguró el Piñón Fijo de González Catán, que llegó con toda su familia a vender globos por un peso. Las columnas de consumidores llegaban desde Constitución, desde la última calle adonde se aproximaba un colectivo o brotaban de la estación Independecia de la línea E. “Los días de trabajo durante el feriado son aburridos, falta el cric cric de los grillos, pero hoy (por ayer) parece que toda la gente se decidió a salir. Está peor que un día laboral en hora pico”, graficó una empleada de Metrovías, vencida de dar indicaciones. Por el pasillo pasaba una madre que no sabía cómo consolar el llanto de su niña tras el miedo de la asfixia.

“Ma, mami, mamá, ¿me comprás?”, en cincuenta metros de caminata sobre la 9 de Julio y aun sin llegar a la puerta del Trabajo y la Cultura, donde se incia el Paseo, la frase era recurrente y los vendedores una constante que continuaba cuadras adentro. Cestas de mimbre, banderas de Evita, garrapiñadas y cucuruchos con dulce de leche más adelante en Alsina e Irigoyen, Alberto tenía un chango de supermercado repleto de cáscaras de naranja. El cuchillo no paraba de cortar ni la exprimidora de llenar vasos y vasos de jugo.

Varios se habrían tomado Elsa y Laura, que venían de apuro a los baños químicos, con una fila que no ayudaba. “Vos en ésa y yo en ésta, a ver cuál llega primero”, lanzó su estrategia Elsa. “Me vengo caminando desde Corrientes para conseguir una fila más corta”, confesó la madre. “Vení, vení”, dijo y agarró a la nena del brazo, antes de cerrar la puerta.

“Sí, es el mismo sable. El de San Martín no tenía luces y sonido para espantar a los españolas, pero ahora hay cosas más modernas”, explicó Mirta, que se vino desde San Miguel a vender las luminosas espadas de colores. Ella cuenta que la venta ambulante le permitió terminar los estudios en Psicología Social en la Universidad de Las Madres y como académica asegura que “la razón de tanta convocatoria es el sentir común de los festejos. Estos días quedarán en la memoria colectiva”, aseguró. Será esa memoria la que ayudará a Santino, de apenas dos meses, a recuperar su paso por la celebración que su tío Adrián resaltó orgulloso: “Santino vino a festejar el Bicentenario”.

Si de Mayo se habló todo el fin de semana, la avenida homónima se sumó ayer. La calle unía los festejos de la 9 de Julio con los que se realizaban en el Cabildo y los comerciantes, felices. “Tuvimos que cerrar dos veces el local porque no teníamos más lugar”, explicó Sol, que llegó como refuerzo desde otro local del bar Argentino. En el Café Tortoni la sobredemanda estaba organizada con puertas cerradas, fila afuera y personal de control con handy. Organización necesitaba Ester, abuela de una familia perdida entre tanta calle abarrotada de gente. “¿Dónde tomamos el colectivo a Retiro?”, le preguntaron a este cronista en un gesto desesperado.

A medida que se acercaba la hora del desfile, el descontrol aumentaba: corridas de una calle a la otra, empujones y gente rendida viendo todo por televisión a cincuenta metros del palco oficial. Carlos era el único calmado: “Se terminó todo. Me voy”, dijo. Hablaba de toda la gaseosa que llevó para vender.

Informe: Nahuel Lag.

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