EL PAíS

En el espejo de Menem

 Por Susana Viau

El 5764 va a ser recordado como un mal año por Rubén Ezra Beraja: pasará el 31 de diciembre de 2003 en la Unidad de Delitos Complejos de la Policía Federal y River hizo la peor campaña de su historia. Aunque, en verdad, la cuenta es más abarcativa y ni el final del siglo XX ni el principio del XXI le aportaron sucesos maravillosos a este hijo de inmigrantes originarios de Alepo, una ciudad tan pobre como importante del norte de Siria. River y Siria, dos datos que casi naturalmente parecían conectarlo a Carlos Menem, el hombre que se convertiría en la cara de la desgracia. No eran sólo esos dos. También estaban el dinero y la ambición de poder. El resto era un abismo religioso y cultural, porque Beraja es un creyente ortodoxo, inhallable los viernes desde que sale la última estrella, y poseedor de una aguda inteligencia. El riojano, por el contrario, se aviene a todo en materia de fe y su mentada perspicacia no pasó nunca de viveza pueblerina, pese a las alabanzas de los cronistas políticos que cumplieron además en la asignación de dudosas dotes oratorias que sí, en cambio, caracterizan al ex presidente de la DAIA y el Banco Mayo.
Forzando las cosas, podría decirse que esa lista de similitudes es avara: también están la pobreza familiar, que Rubén Beraja recuerda (“el viernes a la noche comían de verdad, el resto de la semana apenas pan con algo que le diera sabor”) y Menem olvida, o la carrera de abogado que el primero siguió en la Universidad de Buenos Aires y el segundo en Córdoba, con un título ganado, según los maledicentes, con la colaboración de Eduardo Angeloz; o, tal vez, esa seguridad que a uno lo hacía definirse como “piloto de tormentas” mientras el otro faroleaba con su “capacidad de liderazgo”. Y hasta allí llegan. Lo cierto es que la pobreza de los Beraja duró menos. El taller textil del padre se convirtió en una fábrica pujante y en las calles de Liniers Rubén Beraja aprendió a jugar al fútbol. La zona era plaza fuerte de las cajas de crédito y las cooperativas. Así, como caja de crédito, nació el Banco Mayo y esa impronta hizo que rectificara a quienes lo llamaban “banquero”; él prefería presentarse como “trabajador social”, un banquero social que frecuentaba el psicoanálisis, leía a Baudrillard y, los fines de semana, optaba por cuidar las plantas del jardín de su casa de Barrio Parque.
El suyo fue un ascenso lento y discreto, tan discreto como su vida privada y la pareja que formó con Raquel Bigio, una amante de la fotografía y docente de bellas artes con la que no tuvo hijos. La presidencia de la Delegación de Asociaciones Israelitas de la Argentina la obtuvo en 1991. Sus detractores se empeñaban en señalar que era un triunfo de apenas treinta votos y él aclaraba que no era la colectividad judía la que votaba sino sus representantes. Un año más tarde sobrevendría la voladura de la Embajada de Israel y el 18 de julio de 1994 el atentado dinamitero contra la AMIA. La investigación del ataque a la embajada lo enfrentó a la Corte, empeñada en sostener la tesis de una implosión; la de la AMIA lo mostró menos beligerante. El peso que Beraja adquiría en círculos oficiales crecía en la misma medida en que se deterioraba su relación con los familiares de las víctimas, encolerizados por las danzas y contradanzas que se celebraban entre el juez federal Juan José Galeano, el jefe de la SIDE Hugo Anzorreguy y el directivo de la DAIA. Era un flanco temible, quizás el único, porque el Banco Mayo había soportado a pie firme el Tequila y salía fortalecido de la crisis. Un despegue que debió justificar: “El éxito del banco abre camino a las sospechas”, admitió. Luego refutó las suspicacias: esa bonanza “no fue construida con favores ni prebendas”.
Las aclaraciones no calmaron la indignación y dos mujeres lo enfrentaron con dureza: Diana Malamud en el segundo aniversario del atentado a la AMIA, Laura Ginsberg en el tercero. Memoria Activa se convertía en su contrincante más difícil y Carlos Menem se encabritaba y pedía explicaciones por las responsabilidades que desde la tribuna se le enrostraban a su gobierno y a sus funcionarios. Rubén Beraja escuchó los insultos que le llegaban de los alrededores del palco. Recogió el guante y aceptó de mal grado el castigo: “Que llamen traidor a un judío lo golpea en el alma”, reconocería. Su buena estrella se estaba apagando y la tranquila cohabitación lograda con el menemismo empezaba a tocar fondo. Para esos días, sus oficinas del Banco Mayo eran un auténtico bunker y en el Banco Central Pedro Pou empezaba a soltarles la mano a los que, con un lenguaje insidioso, llamó “bancos étnicos”. Un acontecimiento enturbió aún más el panorama: se hacía público que el abogado elegido para representarlo en la investigación de la masacre, Luis Dobniewsky, había comprado una casa a la mujer del narco Escobar Gaviria. El intermediario de la operación era Víctor Stinfale, el defensor del acusado Carlos Telleldín. En mayo del ‘98, el Central lo presionó para que absorbiera el agujero negro que dejaba el Banco Patricios; en octubre caía el Banco Mayo. Mientras en la sede de la entidad se resolvía el cierre, el BCRA le hacía llegar 280 millones de dólares en redescuentos.
Con la hecatombe salieron a la luz la sociedad uruguaya Trust Inversions, cuyo apoderado era Rafael Charur, cuñado e íntimo amigo de Beraja, el Mayflower International Bank, una caja negra de Bahamas y una mesa de dinero que derivaba hacia el exterior los capitales no declarados de los amigos. Rubén Beraja gustaba de repetir un antiguo proverbio judío: “El hombre poderoso es aquel que sabe controlar sus pasiones”. El proverbio contenía un error: no hay hombres todopoderosos todo el tiempo.

Compartir: 

Twitter

SUBNOTAS
 
EL PAíS
 indice

Logo de Página/12

© 2000-2022 www.pagina12.com.ar | República Argentina | Política de privacidad | Todos los Derechos Reservados

Sitio desarrollado con software libre GNU/Linux.