EL PAíS › OPINION

Broncas añejas y nuevas

 Por Mario Wainfeld

“¿Un diputado del Frente Amplio sugiriendo una intervención del Papa? Que un cuadro de una fuerza socialista, laica hasta la médula y con unos cuantos dirigentes masones plantee esa salida, es una prueba más de que estamos en problemas.” Un negociador argentino, conocedor del paño, se permitía ayer mantener el sentido del humor. Quizá sea lo último que se pierda, que incluso sobreviva a la esperanza.

Las diferencias entre estados, lo dice la bolilla uno de cualquier texto de derecho internacional público, se resuelven por negociaciones o acudiendo a arbitrajes o a tribunales superiores. Fuera de estas instancias queda el uso de la fuerza. Descartada esta última alternativa y muy obturada la vía negocial, cualquier fantasía es posible, incluso la de pedirle a Benedicto XVI que proponga una réplica post moderna del cardenal Antonio Samoré.

Los malos entendidos y las suspicacias mutuas vienen de lejos. El gobierno argentino reconoce (y Néstor Kirchner lo verbalizó en Brasilia) que el Mercosur fue descuidado con sus socios menos poderosos. “Nosotros somos chicos frente a Brasil y a veces lo cuestionamos desde esa posición. Pero lo hacemos sólo en las reuniones bilaterales. En las plenarias, unificamos personería los dos hermanos mayores. Nunca le hemos hecho a Brasil el 3-1 con Paraguay y Uruguay”, asume un concurrente asiduo a esos cónclaves. Hay una historia de dejadez propia que se reconoce pero que no es fácil desovillar en medio de esta barahúnda.

Los amagues de Uruguay respecto de un eventual tratado de libre comercio con Estados Unidos no son leídos desde Relaciones Exteriores como el anuncio de una movida inminente o posible pero sí como una señal de distanciamiento del Uruguay. “Chile pudo cerrar TLC porque sus productos primarios (cobre, vinos, salmón, frutales) son complementarios para la economía americana. Pero las exportaciones uruguayas (soja, lana, carnes), como las nuestras, son competitivas. Súmele a eso que a mediados de este año termina el fast track que le permite a Bush suscribir acuerdos sin anuencia del Capitolio. Y añádale que a fin de año el Congreso se va a llenar de demócratas.” Los coqueteos, concluye el informante de Página/12, no ameritan ser tomados al pie de la letra. El desafío a Argentina y Brasil que implican esos gestos sí es todo un dato.

A esas viejas cuitas, Uruguay añade la percepción (que entronca en su memoria histórica) de ser patoteado por Argentina. Y la sospecha (no delirante) de hilos invisibles entre los gobiernos nacional y entrerriano y las movilizaciones de protesta.

El gobierno argentino bufa porque Tabaré Vázquez reincidió en la política de hechos consumados de su precursor, el antiargentino Jorge Batlle. Se encona porque el gobierno oriental no sopesa debidamente su aporte para posibilitar la participación de los uruguayos afincados en la Argentina en las elecciones que ungieron a Tabaré Vázquez. “El ‘voto Buquebús’ les permitió ganar en primera vuelta, pero ahora nos tratan como a enemigos”, recriminan en el primer piso de la Casa Rosada.

Los funcionarios argentinos también cuestionan la falta de percepción de sus contrapartes, quienes minimizaron el peso de la presencia popular en la zona afectada y lo tradujeron sólo como un eczema preelectoral.

Los gobiernos de una y otra orilla se imputan haberse plegado a los sectores más intransigentes de sus respectivas sociedades civiles, en ambos casos viendo sólo la paja en el ojo ajeno.

Con todos estos enconos acumulados, cuesta creer que el Papa o un Samoré del siglo XXI puedan deshacer el entuerto. Tampoco los zanjará la instancia de la Corte Internacional de La Haya, que la Argentina dará por habilitada, a disgusto de Uruguay y verosímilmente de otros países de la región. Con todos los malentendidos a cuestas, a semejanza de lo que ocurre con una pareja mal avenida, la controversia la arreglarán las partes o no la arreglará nadie. Tras lo cual, se deja el final abierto para no perder, de momento, ni el sentido del humor ni la esperanza.

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