ESPECIALES › A PARTIR DE MAÑANA, PAGINA/12 PUBLICA TRES DISCOS DE MIGUEL ABUELO

El padre de los piojos, el abuelo de la nada

Al frente de Los Abuelos de la Nada, en “Vasos y besos” e “Himno de mi corazón”, y como solista, en “Buen día, día”, Miguel Peralta brilla como uno de los más grandes de la historia del rock argentino. La colección incluye las canciones del disco en vivo en el Opera.

Por Claudio Kleiman

No es usual que la leyenda de un grupo siga creciendo cuando han transcurrido casi dos décadas de su momento de gloria. Pero para ir al caso, nada era usual en Los Abuelos de la Nada, empezando por el nombre: ¿cuántos grupos de rock se han inspirado en la obra de Leopoldo Marechal? Es una ocurrencia que sólo podía haber surgido de la mente brillante de Miguel Abuelo, mezcla única de intuición poética, picardía criolla, sabiduría callejera y talento visionario. Página/12 entrega, a partir de mañana, dos discos fundamentales de Los Abuelos de la Nada (Vasos y besos e Himnos de mi corazón) y, luego, el trabajo solista Buen día, día. Como bonus track de los dos primeros, se incluyen las canciones de Abuelos en el Opera.
La historia cuenta que el nombre surgió en aquellos lejanos días iniciales del rock nacional (1967), cuando Miguel Abuelo respondió a Ben Molar –personaje de la industria discográfica de aquella época–, que le preguntó si tenía un conjunto. Miguel sólo había compuesto temas con su guitarra y la ayuda del letrista Pipo Lernoud, el “poeta oficial” de La Cueva, pero –rápido al sentir la presencia de una oportunidad– respondió afirmativamente. “¿Y cómo se llama?”, fue la pregunta siguiente. Miguel recordó una frase del libro que estaba leyendo, El Banquete de Severo Arcángelo, de Marechal, que decía “padre de los piojos, abuelo de la nada”. Ahí nomás, contestó: “Los Abuelos de la Nada”, dando comienzo al grupo que marcaría a fuego su vida artística y personal. Tanto, que hasta le haría perder su apellido. Porque Miguel había nacido como Miguel Angel Peralta, pero a partir de allí fue, por siempre y para siempre, Abuelo.
La formación inicial de Los Abuelos de la Nada fue breve (duró apenas un año) pero influyente. Su único simple, compuesto por los temas “Diana Divaga” y “Tema en flú sobre el planeta” tenía ambiciosos arreglos y letras poéticas que recordaban el espíritu de los Beatles psicodélicos. Pero, además, mostraba el grupo como una cantera de talentos: por sus filas pasaron Pappo, Claudio Gabis, Pomo, y otros. La primera gacetilla, borroneada por Abuelo en una hoja de cuaderno decía: “La cosa empezó cuando los cabezotas duras de Pipo (letrista) y Miguel (compositor y cantante) decidieron que había que armar un conjunto en el cual los valores instrumentales, vocales y de composición, tuvieran un mismo nivel de calidad”. Esta misma idea, aunque ya sin Pipo y con una música radicalmente diferente, se mantendría para la formación más perdurable y recordada de Los Abuelos de la Nada, que se convertiría en uno de los grupos fundamentales del rock argentino de los 80.
Porque si bien Los Abuelos de la Nada surgieron en 1981, y su trayectoria está asociada con los grupos de “rock divertido” que acompañaron el fin de la dictadura y el regreso a la democracia, quizás su perdurabilidad más allá de las circunstancias histórico-sociales que lo rodearon (y que no se aplica a la mayoría de sus contemporáneos) pueda explicarse por el talento único de Miguel. No sólo para imbuir a cada una de sus obras de un vuelo poético que va más allá de la coyuntura, sino también para funcionar como un dínamo catalizador de talentos, nucleando y potenciando a su alrededor personalidades disímiles, extrayendo lo mejor de cada una. La imagen que el propio Miguel tenía de los Abuelos era la de una estrella de seis puntas, con él como “mascarón de proa”.
Miguel regresó a la Argentina después de una década de peregrinar por Europa (donde grabó un álbum extraordinario, Miguel Abuelo & Nada, que aún espera su edición en CD), merced a los buenos oficios de su amiga Techi Aldao y de Cachorro López, un músico que había conocido en Ibiza. Inmediatamente, reclutó un conglomerado de talentos que sólo podía haberse juntado bajo el hechizo que emanaba su presencia. Cachorro había estado en Inglaterra como el único blanco (¡para colmo, tocando el bajo!) en unabanda de reggae, y manejaba a la perfección las sutilezas de esa rítmica, prácticamente desconocida en Argentina. También tenía experiencia tocando funk y soul, ingredientes que iban a colorear fuertemente la música de la banda. Daniel Melingo tocaba vientos y formaba parte de un proyecto músico-teatral totalmente delirante llamado “El Ring Club”. Gustavo Bazterrica venía de tocar con Charly García en La Máquina de Hacer Pájaros, y era un guitarrista virtuoso con una debilidad por el jazz-rock y el rock’n’roll. El baterista Polo Corbella (fallecido el año pasado) había formado parte de otra banda inclasificable, Bubu, a mitad de camino entre la sátira y el rock progresivo, pero su experiencia se remontaba a las épocas de La Cueva y el grupo Los Pickups. El benjamín del grupo, Andrés Calamaro, venía de su primera experiencia profesional con Raíces (que hacían una especie de rock-candombe), pero mostraba una inclinación hacia los temas pop con destino de hit. El círculo estaba cerrado.
Abuelo estableció un dúo autoral con Cachorro López, que produciría temas memorables: “Yo tocaba las canciones y las tarareaba, y él escribía la letra. Así surgieron ‘Guindilla Ardiente’, ‘Sintonía Americana’, ‘Ir A Más’, ‘Himno De Mi Corazón’, dice Cachorro hoy. En Los Abuelos había lugar para todos. Su primer LP (aparecido en 1982 y producido por Charly García) incluía temas del propio Abuelo, de Bazterrica y de Calamaro. Este último aportó el hit “Sin Gamulán” y trajo “Tristeza de la Ciudad”, del guitarrista Gringui Herrera, compañero de Andrés en un proyecto underground llamado Elmer’s Band. Pero el tema que primero dio a conocer a Los Abuelos fue “No te enamores nunca de aquel marinero bengalí”, composición colectiva firmada por Abuelo-López-Bazterrica-Calamaro.
Vasos y Besos apareció en 1983, un año intenso para Los Abuelos. El éxito del primer LP les permitió hacerse cargo de la producción –ya sin la tutela de Charly– y disponer del estudio a su voluntad. Cachorro López recuerda esa época como “un momento increíblemente feliz. Ya éramos un grupo grande, y como había cinco compositores nos dábamos el lujo de descartar un montón y usar solamente las mejores ideas. La grabación del segundo disco fue un momento mágico y armónico entre todos nosotros: tengo el recuerdo de juntarnos a cantar los coros en un ambiente de alegría salvaje”. El álbum presentaba el debut compositivo de Daniel Melingo, con una canción que se convertiría en un símbolo de los Abuelos: “Chala-Man”. El éxito de Vasos y Besos fue arrasador: en su momento vendió unas 160.000 placas, y la banda lo presentó en el estadio Vélez. Pero el suceso también trajo algunas divisiones: Melingo, que estaba en Los Twist y en la banda de Charly García, decidió irse. En su lugar entró Alfredo Desiata.
En 1984 el grupo viajó a Ibiza para grabar lo que sería su tercer LP: Himno de mi Corazón, nombre de una composición del dúo López-Abuelo distinta a todo lo que habían hecho hasta el momento. Sobre una rítmica construida a partir de una de las primeras baterías electrónicas, se montaba una melodía lenta, hipnótica, majestuosa. Miguel, exultante, contaba su travesía interoceánica y la felicidad de haber conquistado a quien sería su mujer en esos años, Patricia. Con un sonido de gran calidad producto de la intervención del técnico Robin Black (que había trabajado con Jethro Tull, McCartney, Black Sabbath) el álbum incluía nuevos hits como “Hombre Lobo” (de Calamaro) y “Lunes Por La Madrugada” (de Cachorro). “Para Miguel y para mí fue grandioso volver a Ibiza como estrellas, donde habíamos estado como vagabundos”, cuenta Cachorro. “Fuimos a tocar a un lugar llamado Calallonga, donde Miguel había caído preso. Cuando terminamos le dieron las llaves de la ciudad. El me miraba y me guiñaba el ojo”.
Abuelo había estado grabando un disco solista, que apareció en 1985. Pasó un poco inadvertido, tal vez por el éxito de los Abuelos, tal vez porque en los 80 el público aun no estaba listo para tanta mezcla de estilos. Quizás ahora sea el momento para su reevaluación. Buen Día, Día,era algo así como un diario de viaje, recogiendo canciones que Miguel había estado componiendo y recopilando durante su vida de trotamundos. “Va Silvestre Bajo El Sol” y su versión de “La Balsa” eran temas que había grabado en París en 1978. “Días de Kuberito Díaz” era un festivo homenaje a su gran compañero de Ibiza, y en la nueva versión de “Mariposas de Madera” hacía participar a su pequeño hijo, Gato Azul. Pero el “tour de force” del álbum era sin duda “Buen día, día”, quizás el manifiesto poético más perfecto de la filosofía existencial de Abuelo. Generoso como siempre, Miguel invitó a músicos amigos, que constituyen casi un “quién es quién” de la movida de la época: entre los participantes están Fito Páez, Horacio Fontova, Alejandro De Raco, Mono Izarrualde, Osvaldo Fattoruso, Beto Satragni, Fernando Dahini (del grupo San Pedro Telmo), Miguel Cantilo, Piero, Claudio Gabis, así como varios Abuelos presentes y futuros (Cachorro, Calamaro, Melingo, Corbella, Juan Del Barrio, Gringui Herrera).
Ese mismo año, Los Abuelos De La Nada dieron una serie de conciertos en el Teatro Opera que fueron grabados para un disco en vivo, y que oficiarían a manera de “despedida oficial” del grupo, que se había ido desgastando. Pocas semanas antes, se iba Bazterrica y era reemplazado por Gringui. Melingo volvió a sumarse en guitarra rítmica y vientos, y los teclados fueron reforzados por Juan Del Barrio. Además incluyeron dos temas nuevos, “Zig Zag” y “Costumbres Argentinas”. Cachorro dice que “lo que se tocó es lo que se escucha”, es decir que no hubo sobregrabaciones de estudio. En su momento las ventas de Abuelos en el Opera no fueron descomunales, pero probablemente sea el álbum más vendido a través de los años. Luego del Opera, Calamaro decidió seguir su carrera solista y esto determinó la separación de la banda. Miguel volvió en el 86 con nueva formación y nuevo disco (Cosas Mías) pero los días de gloria ya habían pasado. Abuelo falleció a comienzos del ‘88, víctima del SIDA.
Pero la leyenda de Los Abuelos de la Nada recién comenzaba: “Yo creo que se vendieron más discos de Los Abuelos en los 90 que en los 80” –dice Cachorro– hay varias generaciones, incluso hijos de gente que iba a nuestros conciertos, que han vuelto a engancharse con la música de Los Abuelos, es como que su encanto perdura en el tiempo. Si uno escucha la vigencia que tiene entre chicos muy chicos, la presencia que tiene en la radio, es asombroso, porque es un grupo que no duró mas de cuatro años”.

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A catorce años de su muerte, la música de Miguel Abuelo no ha perdido frescura ni vitalidad.
 
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