ESPECTáCULOS › EL JUDAISMO “COOL”, UNA OBSESION PARA LA TV ARGENTINA

Las estrellas son de David

De Rebelde Way a Costumbres argentinas, todo elenco incluye su judío. Opinan Manuela Fingueret, Daniel Hendler y Marcelo Birmajer.

 Por Julián Gorodischer

Esta vez, Nueva York no queda tan lejos. Allí, la revista Time Out decretó que los judíos se reinventan con el mote de Jewcy y prefieren la cultura electrónica al knishe de papa. Y el actor del momento Adam Goldberg (autodefinido como “superjudío”) se convierte en emblema de esta conversión de lo ancestral en moda. Allí donde nace el Jewcy (lo judío jugoso) se crea un fenómeno de consumo de ropa, fiestas, bebidas y revistas que baja el target al comprador para que lo judío no se asocie a la mesa familiar y la sinagoga y se extienda al entertainment (en la figura del carilindo Goldberg). Aquí mismo, la ficción televisiva reserva un cupo para el judío. En Costumbres argentinas, Resistiré y hasta en Rebelde Way, el guionista incorpora al galancito ashkenazi para dar con el signo de los tiempos o, tal vez, para conformar al efervescente boom de la ficción argentina en Israel. “Cuando todo se transforma en marketing –dice Manuela Fingueret, novelista–, a alguien se le ocurrió que convertir a lo judío en algo light era un buen recurso. Al igual que la CNN vacía de contenido una guerra, esto vacía al judaísmo de sentido.”
¿Es apenas un destello de corrección política? Rebelde Way pensó a su Nicolás Provenza como un chico temeroso en el Elite Way. “No quiere ser reconocido como ‘el judío’ y miente sobre sus creencias –cuenta el actor Guillermo Santa Cruz–, pero después la trama da un giro y se descubre que él se estaba marginando solo, sus miedos eran infundados, todos lo aceptan.” Si la historia recurrió a todos los clichés del drama étnico (familias enfrentadas, simulación), lo nuevo parece ser la consagración del ídolo argentino-judío para el mundo. Guillermo Santa Cruz fue uno favorito en Israel, donde la telenovela de Cris Morena arrasó. Y a más de un año de su aparición sigue recibiendo ositos, mails, cartas perfumadas. El ídolo argentino-judío para el mundo respeta las claves del lolito, entallado y con crestita, muy producido, a tono con la tendencia en construcción de objetos sexuales juveniles: algo de ambigüedad sexual, mucho de cuidado personal, poco texto y mucha gestualidad. “En la tira tuve una historia con una chica católica, que no era aceptada por mi familia”, recuerda. “Llegaban protestas de la comunidad judía, pero la intención siempre fue que los conflictos se resolvieran positivamente.”
Si desde siempre la tira juvenil ayudó a la conformación de una “identidad joven”, la nueva onda judía aporta un aire exageradamente respetuoso, casi solemne, como un manto de corrección que –ante todo– no quiere molestar ninguna conciencia. Entonces, Sandra (Lola Berthet) en Costumbres argentinas decidió convertirse al judaísmo porque cree que los judíos crían mejor a sus hijos. “Sandra ve que su amiga Viviana (Laura Zimmer) tiene mucha libertad –dice la guionista Adriana Lorenzón–, puede salir cuando quiere, tiene su grupo de amigos en Hebraica, y desea que le pasen las mismas cosas. En lo personal, siempre me encantó el humor judío y creo que empezó a instalarse con fuerza con la referencia constante de sitcoms como Friends o La niñera.”
La tele se fue acostumbrando de a poco: en Los Simuladores, Damián Szifrón contó la historia de desencuentros entre familias enfrentadas, y hasta un simulador (Diego Peretti) se reveló como judío mientras mediaban en el conflicto. En Resistiré, Santiago (Daniel Kuznieka) comunicó su condición judía a los Moreno y la familia de Rosario se sacó los prejuicios sobre tener de yerno al “rusito”. Si hasta ahora podía pensarse a lo judío como una presencia marginal en el elenco o una pincelada de color para cubrir el “espectro” de diferencias (tan artificial como toda declaración de principios), un estreno inminente anuncia el cambio definitivo. Llegará, en el 2004, una remake de La niñera con Florencia Peña en Telefé, que respetará –aunque atenuado– el eje de la sitcom de Fran Drescher: la condición judía de su protagonista. El canal, que en los’90 se ligó a los sectores más conservadores de la Iglesia Católica, inaugura la serie de protagonista judía.
¿La razón es el boom de la ficción en Israel? ¿Por eso irrumpen los chicos y chicas judíos en tiras costumbristas? Fans israelíes adoran a Facundo Arana y Andrea del Boca, les ven una reminiscencia ashkenazi que las reconforta. Algunos productores pidieron, cómo no, que la trama acompañe el boom, que dé ayuditas. Mariela Fernández, conductora de Viva Plus Magazine TV (noticiero de novelas argentinas para Israel), entiende que “el boom en Israel tiene que ver con los rasgos que compartimos: la idishe mamme, la cosa familiar, el costumbrismo. No sé si los galanes pegan por algo físico o si gusta la historia. Pero estoy segura de que nuestra cultura está marcada de judaísmo, y eso la ficción lo transmite”.
Si la tele encara el tema como un boom, el cine de Daniel Burman se propone lo contrario: no una pincelada judía cool o una adaptación a la moda, sino la inmersión en el extraño mundo del Once para contar historias de familias que, por esas cosas, son judías. “Burman –dice Daniel Hendler, protagonista de su próximo El abrazo partido– es judío, pero podría ser gitano o italiano. Su intención no es transmitir una cultura judía sino hurgar en sus raíces y su herencia cultural. No confía en el marketing del tema, no es una moda.” Tal vez, en el deseo de contar y no en la instalación de un “cupo” esté la ola real. “Lo ancestral –cree el escritor Marcelo Birmajer– también puede resultar novedoso, a través de los libros de Isaac Bashevis Singer o Philip Roth.” Y Fingueret termina: “En el cine de Daniel Burman, en la música klezmer de Moguilevsky-Lerner, en la comida de Big Mamma, allí veo la renovación”.

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Florencia Peña será La niñera argentina, de religión judía.
 
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