ESPECTáCULOS › EL EX TALKING HEADS VUELVE CON EL CD “GROWN BACKWARDS”

David Byrne, el caballero que canta

El músico escocés, de 51 años, propone nuevamente un exquisito cruce cultural, plagado de riesgos. Esta vez, el “psycho killer” maduro ofrece, entre catorce piezas de enorme sensibilidad, dos arias operísticas que confirman la vigencia de su riqueza vocal.

 Por Eduardo Fabregat

Un hombre maduro al que le gusta cantar, que trajina las calles y de pronto se detiene, saca un grabador de microcasete de la mochila y se pone a tararear melodías. Un hombre al que no le alcanzó con sólo el ejercicio de la vanguardia artística, y cuando dejó de ser un talking head y cuando dejó aflojar su apasionamiento por las formas musicales centroamericanas se dedicó al difícil arte de perseguir a la canción, construir climas frágiles como las alas de una mariposa y a la vez sólidos como un muro. Un muro de emociones: David Byrne titula a su nuevo disco Grown Backwards, algo así como “crecido al revés”, y dice que “como escribió Bob Dylan, antes era más viejo, ahora soy más joven que entonces”. Y le da curso a catorce piezas de enorme sensibilidad, donde las cuerdas y la percusión ponen el tono y Byrne pone la voz, y su voz suena mejor que nunca.
“Lo que hago ahora me hubiera resultado imposible cuando estaba empezando”, relata este escocés de 51 años, que fue a poner la nota más sofisticada en la escena punk neoyorquina de mediados de los ‘70 con Talking Heads. “No lo podría haber hecho en lo emocional y menos aún en el aspecto técnico. No puedo creer que mi garganta tenga más capacidades ahora que entonces. Pero cantar, como muchas otras cosas, está en tu cabeza, no en el equipamiento.” El riesgo de sonar soberbio le impide decirlo a Byrne, pero el agradecido oyente de Grown Backwards bien puede poner en palabras esas “otras cosas”: el talento, el buen gusto, la orfebrería melódica, la delicadeza instrumental, tampoco son opciones que aparezcan en los botones del ProTools.
Bajo ese concepto de alteración temporal, esta vez el músico decidió recorrer el camino de la composición de modo opuesto al que utilizó en otras obras destacables como davidbyrne (1994), Feelings (1997) o Look Into the Eyeball (2001): dejó las texturas sonoras para el final y empezó murmurando melodías, un esqueleto que fue exigiendo su propia y personal carnadura. De a poco, y mientras Byrne se enterraba en una montaña de microcasetes para limpiar el camino, el proyecto sumó a The Tosca Strings, un sexteto de cuerdas para el asombro que ya había trabajado con Byrne en vivo, e incluye en su curriculum el haber encontrado el tono justo para la densa psicodelia de Richard Linklater en Despertando a la vida. El bajista Paul Frazier y el notable percusionista brasileño Mauro Refosco, ya viejos colaboradores del escocés, garantizaban el sabor para rodear esa voz personal y cada vez mejor entrenada. Así, el sexto disco de David (sin contar sus varias bandas de sonido) empezó a mostrar el juego, a encontrar su orden natural y su par de curiosidades.
Y las curiosidades no son menores: en una demostración de elasticidad y valor para un cruce cultural plagado de riesgos, Byrne dio un salto de siglo y medio para cantar dos arias operísticas: una es Au fond du Temple Saint, escrita en 1863 por Georges Bizet para la ópera Los pescadores de perlas, que propicia un ajustado dueto con el francocanadiense Rufus Wainwright. En la otra, el ex psycho killer redobla la apuesta y cierra el disco (antes de un bonus track con una versión extendida del ya conocido Lazy) con Un di felice, Eterea, final del primer acto de La Traviata de Giuseppe Verdi (1850)... escrita para una soprano. Y el resultado es de ésos que detiene los relojes. “Sabía que corría riesgos, pero también que podía llegar a las notas, así que no me preocupé demasiado”, señala el protagonista.
Nada, de todos modos, que haga huir espantado a quien espera ciertas cosas de David Byrne. Grown Backwards se revela de a poco y trranquilamente, encabezando con el climático Glass, Concrete & Stone, un cover de los oscuros Lambchop (The Man who Loved Beer), el aria de Bizet, el melancólico Empire –poética pintura del estado de las cosas pos 11 de setiembre– y el dulce Tiny apocalypse. Recién con She Only Sleeps, coproducida por Morcheeba, parece abrirse un bloque de canciones de tono más luminoso, que incluye las ironías de Dialog Box (“Me resulta gracioso que cuando una computadora te pregunta algo se lo llame diálogo. Hablamos sobre una máquina y usamos las mismas expresiones que para las expresiones humanas”, señala Byrne), y el encantador trabajo de los Tosca en The Other Side of this Life. Aquí y allá, en tanto, aparecen esas típicas piezas-Byrne en las que clima y voz conspiran a la perfección, como Why, Civilization y Astronaut, donde el theremin de Pamelia Kurstin da el tono espacial justo. Aquí y allá, el tenor de Dumbarton toma el micrófono y provoca eso que sucede con los grandes: contagia. Grown Backwards, David Byrne en general, dan ganas de cantar. El equipamiento no importa.

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Byrne, lejos de la vanguardia neoyorquina, sigue derrochando talento.
Lo suyo es perseguir canciones perfectas, que contagian buen gusto.
 
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