ESPECTáCULOS › “PARE DE SUFRIR”, UN FENOMENO QUE CADA VEZ TIENE MAS ADEPTOS EN LA ARGENTINA

Cuando la fe mueve montañas... de dinero

La telerreligión ha desembarcado a full en la Argentina, de la mano de la Iglesia Universal. Copó las medianoches de los canales Azul y América, dice presente en dos radios y una señal musical, y va por mucho más en el negocio de la comunicación de masas. ¿Comprará una parte de América TV?

 Por Mariano Blejman

El show del obispo Roberto está por comenzar. Un pragmático encuentro con Dios sin escalas sobre el cierre de transmisión. “Pare de sufrir”, dice la promo con un corazón rojo en la medianoche. Pero la maquinaria de los sueños a través del diezmo se graba temprano: a las 11, en el segundo piso del antiguo cine de Lavalle 940, pleno microcentro porteño. Un grupo de fieles espera la apertura del auditorio. Otros entonan una canción de esperanza sobre el escenario del cine-teatro; levantan los brazos y gritan al cielo “sale, sale” colocando sus manos detrás de la cabeza. Lo que “sale, sale” es el diablo, dicen. El obispo Roberto todavía no aparece. Página/12 estuvo de incógnito en la grabación de “Pare de sufrir”, un bizarro clásico de las medianoches.
Si bien no es demasiado difícil hacerlo, para ingresar hay que conocer ciertos códigos:
–¿Qué cadena sigue usted? –demanda una mujer en la entrada.
–La de los martes.
Esas preguntan hacen saltar al intruso rápidamente. Todos son bien recibidos: todos los que tienen fe y participan seguido. La prueba queda superada y viene el programa. La demora en comenzar no es algo que a Paulina le preocupe demasiado. “Hoy no tuve trabajo y he venido aquí para no perder el tiempo, para aprovechar. Yo había probado ir a otras iglesias, pero en ésta las cosas se me dan mejor. Se me dan más rápido.” El estudio tiene las luces a medio encender. Aparecen Alberto y Rosa, testimoniantes, y una chica los maquilla. Su historia es la de miles, dirá luego el obispo Roberto, de buen porte y verdaderamente brasileño, “no como otros que pretenden serlo”. Roberto ingresa al estudio y comienza a orar con acento marcado, dándole fuerza a cada palabra. Sabe cómo cerrar los ojos para ser creíble. Tiene una puesta escénica que le permite tener el vaso de agua sin temblar. Roberto es un eslabón de la iglesia fundada por el autoproclamado obispo Edir Macedo en Brasil, hoy millonario, que hasta tiene representación parlamentaria. La iglesia opera en 46 países y acaba de abrir sucursales en Rumania y Japón.
Es la institución eclesiástica que más creció en el país, de la mano de una ferviente campaña mediática. Tienen dos programas de televisión de medianoche: uno en Azul y otro en América que se repite en la mañana, por el que pagan cerca de $ 100.000 mensuales por el espacio; un programa de radio en la noche de Rivadavia, otro en Libertad, un diario de testimonios semanales y una señal musical que se emite por Telecentro, propiedad de Alberto Pierri. Los brasileños cuentan con una ofensiva campaña diezmista –en Brasil son seguidos por 100 millones de personas– donde utilizan la siguiente ecuación: “ofrende lo que quiere cobrar por mes”. Palabra de Roberto. Palabra de Dios. Y van por más: en medio de la mayor crisis económica de la televisión argentina, negocian desde octubre pasado con Carlos Avila comprar un paquete accionario de América, que está en convocatoria de acreedores. Además, ofrecieron entrar en CVN y estuvieron a punto de cerrar un acuerdo por Radio América. Ahora, según subraya un empresario que participó en las negociaciones, “están esperando para comprar porque les conviene la devaluación”.
Paulina espera los testimonios de la televisión. Ella concurre diariamente a uno de los 99 templos del país, casi todos ex cines privatizados por el reino de Dios. Si existe un paralelo entre la religión y el cine puede ser éste: ambos rubros ofrecen un espacio para materializar el deseo imposible. Una vida de película, quien sea que haga de sponsor. Tal vez por eso La Iglesia Universal del Reino de Dios está en un cine.
–¿Cómo recaudan tantos fondos?
–Mire mi’jito..., ¡Dios da!. Yo, desde que vengo a esta iglesia, pongo diez pesos en un libro y cuando lo abro tengo cien –dice Paulina.
Creer o reventar. Dios da. El obispo Roberto acaba de sentarse en la silla donde habla cada día a la teleplatea. De fondo, el papel de una ciudad que podría ser Buenos Aires o cualquier otra. Alberto y Rosa están sentados a la espera del obispo. Las luces se encienden, Roberto saluda afectuosamente y todos quedan quietos. El testimonio que van a dar Rosa y Alberto tiene los ingredientes necesarios: el martirio es producto de la falta de Fe. No hay duda. El hombre perdió una mano por una explosión y unas esquirlas se le incrustaron en la piel dándole dolores cervicales insufribles. Su mujer también tenía dolores que pudo curar en la Iglesia Universal. Pero el obispo Roberto ni está enterado. “¿Cuál era su problema?”, interroga segundos antes de ir al aire. El esquema es simple: el tratamiento contra el dolor, el sufrimiento y la malaria económica llevan un buen tiempo curar. Sólo es cuestión de tener fe. Tal vez años de fe, tal vez años de diezmo. Por eso, es probable que al fin de todo, cuando esté comprobada la fe, Dios dé.
La Universal apunta a un público cada vez más extendido: aquellos sectores marginales que ni siquiera quedaron atrapados en el corralito. Más de catorce millones de personas bajo la línea de pobreza están en la mira. Todas las religiones son bienvenidas, pero aquí se trata de encontrarse con Dios en soledad. Dios atiende mejor en esta iglesia, o en sus sucursales mediáticas. En Argentina, por ejemplo, la filial consiguió adquirir la Radio Buenos Aires, aunque la transacción fue suspendida por el Comfer al no poder acreditarse los fondos. Era una compra de 14 millones de pesos, cuya primera mitad iba a ser entregada por una persona que había hecho un convenio con un prestamista uruguayo a sola firma, de un día para el otro, sin garantía ni acreditación de bienes. La resolución del Comfer –apelada en primera instancia por una cuestión de jurisdicción– iba a ser confirmada por un decreto en los últimos días de Fernando de la Rúa, aunque el trámite quedó en el olvido por obvias razones. En esos mismos días, los testaferros de la Iglesia habían comenzado a negociar la compra de una parte de América, detenida por la crisis. Las conversaciones siguen avanzando, aunque temen que el Comfer no avale la compra como la anterior gestión.
De cualquier modo, hay algo cierto: los sufrimientos resueltos con la fe existen. Como Alberto y Rosa, que hace 7 años vienen a esta iglesia y ahora tienen sus minutos de fama. Y la fama cuesta. La producción de “Pare de sufrir” tiene preparada una teatralización: imágenes de su barrio, su casa, sus vecinos y un halo de blancura listo para envolver la esperanza. Y vuelve el piso con Alberto y Rosa que aprovechan para relatar en detalle su paso infructuoso por curanderos, magia negra, parapsicólogos, hechiceros y otras satanidades que visitaron por falta de fe. Pero el obispo Roberto sabe que ahora es tiempo de promocionar el próximo encuentro. Se trata de la reunión de diezmistas. Por eso en el corte Roberto le pregunta a Alberto si él ha pasado por esa reunión.
–Sí obispo, yo fui a esa reunión.
–OK, entonces le voy a preguntar y usted va a contestarme qué le pareció.
Pero Roberto corta la grabación dos veces hasta que consigue lo que quiere: un testimonio fuerte sobre las bondades de la reunión diezmista y no una recaída en detalles innecesarios. La fe se acomoda al lenguaje televisivo. Para que Dios dé es necesario que el mensaje sea efectivo. Por eso, antes de terminar Roberto observa la teleplatea y los invita a todos a rezar de pie. Tiene un vaso de agua en su mano y pide a Dios por los desesperados, por aquellos que no tienen nada y pueden buscarlo en el más cercano reino de Dios. Sin intermediarios, la Iglesia Universal conecta y funciona. Antes de irse, Roberto pregunta “¿alguien más va a dar sutestimonio?”. No es cuestión de andar despilfarrando fe en tiempos de crisis.

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“Pare de sufrir” se graba todos los mediodías en un ex cine-teatro del microcentro porteño.
“Yo había probado ir a otras iglesias, pero en ésta las cosas se me dan mejor”, dice una asistente.
 
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