SOCIEDAD

Balazos, pánico y muertes en la guardia de un hospital de Adrogué

Un grupo comando liberó a un preso que la policía llevó al Hospital Meléndez porque se había producido heridas. Un agente y dos delincuentes murieron, y un médico y un paciente resultaron heridos.

 Por Horacio Cecchi

Según parece, “el Mati” Larco Benítez era imprescindible. Por eso hicieron lo que hicieron. Para ellos, un acto de arrojo. Para el resto, entre damnificados y testigos, un aberrante ejemplo de la estupidez en grado de desesperación. Desde el 12 de junio pasado “el Mati” estaba detenido en la comisaría de Burzaco por un secuestro express. El domingo por la noche, se cortajeó ex profeso. Lo trasladaron al Hospital Lucio Meléndez, de Adrogué, custodiado por tres policías. A la comitiva la esperaban tres de la banda del “Mati” dispuestos a rescatarlo. Entraron a la guardia, desarmaron a dos de los uniformados y fusilaron al tercero. “Una estupidez. Se echaron a toda la policía encima”, dijo un investigador. Se desató un tiroteo con otros policías. Un médico y un paciente quedaron heridos. Dos muertos del lado de la banda. Larco y el sobreviviente secuestraron a dos jóvenes y su Fiat 128. Los liberaron en Monte Grande y al 128, incinerado, en Ezeiza. “El Mati” sigue prófugo.
El 12 de junio pasado, Carlos Aló, de 35 años, y su pareja viajaban en un Peugeot 206 azul. En Alcorta al 600, de Burzaco, un Polo bordó los interceptó. Dos hombres armados obligaron a bajar a la mujer y subieron al Peugeot. Con Aló como rehén, el dúo fue detectado en Adrogué. Los persiguió un patrullero sin ahorrar balas. En Seguí y Guatambú, el conductor murió de un balazo y el auto terminó su carrera contra una columna. Aló había recibido un disparo en la mano. El otro asaltante fue detenido. Era Matías Federico Larco Benítez. Fue trasladado a la primera de Burzaco. La investigación continuó sin novedad durante un mes y ocho días, a cargo del fiscal de Lomas de Zamora, Domingo Gualtieri.
Además de ser de Monte Grande y tener 27 años, Larco Benítez es dueño de un prontuario. Pasó cinco años de cárcel por robo a mano armada. No era conocido en la zona de Almirante Brown, al menos no para la Bonaerense de la zona. “Es una banda de marginales, nada profesionales –reveló un investigador a Página/12–, tipos que robaban en la calle y que los cambios en el mercado los obligaron a variar de rubro. Le encontraron el yeite al secuestro express al voleo. No tienen nada que ver con la profesionalidad de una banda como la de Valor. Son marginales, pero audaces.”
No se sabe si Larco es el cabecilla. Pero su importancia para la banda se dedujo por lo que ocurrió a los 38 días que llevaba detenido. El domingo pasado, a eso de las diez de la noche, “el Mati” se cortajeó el cuerpo con una hojita de afeitar. Tan profundo como para justificar su traslado en una ambulancia policial a la atestada guardia del Hospital Lucio Meléndez. El agente Martín Adrián Rodríguez, de 23, se le pegó como una estampilla, mientras que un patrullero con dos policías hizo las veces de apoyo.
Al llegar al Meléndez, la comitiva se dirigió a la guardia. En la puerta de la sala quedaron como consignas los dos hombres del patrullero, mientras que Larco entraba a la sala para su atención, esposado y con Rodríguez. En ese momento, tres hombres preguntaban a una mujer dónde quedaba la guardia. “Aquella”, señaló la mujer y los vio avanzar hasta no poder creer lo que siguió: el trío desenfundó armas, desarmó a los dos policías de la puerta. Uno quedó a cargo de los sorprendidos vigilantes. Cuando los dos restantes entraron a la sala se toparon con las espaldas uniformadas de Rodríguez que nunca se enteró de su suerte: lo mataron de un balazo en la cabeza.
“Fue una estupidez aberrante que lo mataran. Podrían haberlo desarmado y huido. Se echaron a toda la policía encima”, señaló un investigador. En medio del Meléndez se desató un tiroteo con otros policías. Un proyectil atravesó la espalda del médico Sebastián Balbo, y salió por su hombro. Un paciente, José Valdez, recibió un disparo en el pie y otro en el hombro. El chico había pedido atención por una golpiza que le dieron unos patovicas. Uno de los del operativo rescate cayó muerto en la explanada del hospital. El resto corrió hacia el Mercedes Benz en el que habíanllegado. La escasa profesionalidad siguió dejando rastros: en la corrida perdieron las llaves. Escaparon como pudieron. Uno murió al trepar un muro. Larco y el restante entraron en una casa donde dos muchachos, Daniel González y Norberto Beliz, festejaban el Día del Amigo. La banda redujo sus pretensiones y subió al Fiat 128 del dueño de casa, con los dos amigos como rehenes. Poco después, los abandonaban en Monte Grande. Más tarde, en el barrio La Unión, de Ezeiza, aparecía el 128 de los amigos, incinerado.
El caso quedó a cargo del fiscal Andrés Devoto. De Larco, por ahora, quedan una voluminosa acusación (triple homicidio, atentado y resistencia a la autoridad, tentativa de homicidio, robo de automotor, robo agravado, privación ilegal de la libertad y lesiones) y los rastros que dejó su endeble mito.

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Matías Federico Larco Benítez, de 27 años, estaba detenido hacía 38 días por un secuestro express.
 
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