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Domingo, 31 de enero de 2010

TEATRO › PEPE SORIANO Y AGUSTIN ALEZZO TRABAJAN JUNTOS POR PRIMERA VEZ EN CONTRAPUNTO

Un duelo verbal cargado de trampas

El reconocido actor protagoniza junto a Leonardo Sbaraglia la obra del inglés Anthony Shaffer. Se trata de un thriller psicológico con humor negro y muchos efectos técnicos, que para el director significó un desafío especial.

 Por Carolina Prieto

En Contrapunto, Sbaraglia, Alezzo y Soriano se metieron con la humillación y la venganza, en un juego de máscaras sucesivas.

La vitalidad de Pepe Soriano, dentro y fuera del escenario, es asombrosa. A los 80 años, transmite un entusiasmo por la profesión que varios actores jóvenes envidiarían. En este verano sofocante, el actor, de gran trayectoria en cine, teatro y televisión, se transforma de jueves a domingo en un personaje complejo, en apariencia suelto y canchero: un escritor de novelas policiales enfermo de narcisismo y ambición, manipulador en extremo. Es uno de los personajes de la obra Contrapunto, del inglés Anthony Shaffer, que protagoniza junto a Leonardo Sbaraglia. Es cierto, en la sala Multiteatro hay buen aire acondicionado, pero, aun así, el intérprete es pura energía. Maneja distintas velocidades, bailotea y habla durante los dos actos con potencia asombrosa. Encarna a Andrew Wike, quien sostiene con el amante de su mujer, Milo Tindle, un duelo verbal cargado de trampas y consecuencias insospechadas. Todo recubierto por un halo de buen gusto inglés, rebosante de ironía, en una casona bucólica y refinada que esconde unos cuantos bajos instintos.

Soriano asume el rol que en cine hicieron nada menos que Laurence Olivier y Michael Caine. Precisamente, fue durante el estreno porteño de la segunda versión fílmica, conocida acá como Juego macabro, con dirección de Kenneth Branagh y adaptada por Harold Pinter, que el argentino conoció la historia y comenzó a imaginar la versión teatral. “No había muchas obras de corte policial en cartelera, la tendencia era más bien la problemática familia. Me pareció una buena posibilidad de hacer algo distinto”, comenta el actor en diálogo con Página/12. El productor Julio Gallo se sumó al proyecto y pensaron en Agustín Alezzo para encarar la puesta. “Es una obra muy difícil, un thriller psicológico con humor negro y muchos efectos técnicos. Explosiones, disparos, dispositivos, elementos con los que no estaba acostumbrado a trabajar. Esa complejidad me gusta verla en escena, pero no tenía mucha experiencia en hacerla”, advierte el director, responsable de éxitos como Master Class (con Norma Aleandro), Yo soy mi propia mujer (Julio Chávez) y Rose (Beatriz Spelzini).

Este nuevo trabajo cabalga sobre esos dos ejes, el enfrentamiento entre los protagonistas y el despliegue técnico. Milo, un joven actor de origen ítalo–judío (Sbaraglia), visita al escritor para conseguir el divorcio de Maggie, su mujer, y desde ese momento el encuentro deviene una lucha que excede con creces al botín en cuestión. A cambio del divorcio, el escritor envuelve al amante en un plan que en apariencia beneficiará a ambos, pero que esconde fines perversos. Pero, claro, el muchacho no es ningún santo y redobla la apuesta. Egocentrismo, afán de humillación, resentimiento, discriminación y venganza, en un juego de máscaras sucesivas, es el resultado. “Mi mujer es psicoanalista y me ayudó a entender un personaje con tantas aristas. Tuve que rescatar y potenciar lo que uno tiene dentro, porque la vida en sociedad y la salud mental nos llevan a reprimir aspectos que tipos como éste ponen afuera sin problema. Además de la mano maestro de Alezzo, que me dirige por primera vez”, explica el actor, que desde el año ’75 alcanzó popularidad con el unipersonal El loro calabrés.

–El personaje de Soriano dice que “la humillación es el camino más directo al corazón de un hombre”. ¿Coinciden?

Pepe Soriano: –Es entendible viniendo de Andrew, que tiene un ego excesivo, destructor.

Agustín Alezzo: –La humillación es la forma más terrible de herir a alguien, de penetrar en un desconocido. Milo está tratando de ascender socialmente, Andrew lo percibe de entrada y pone el cebo del dinero. Andrew ve esa rendija, por ahí se mete y Milo cae, padece la humillación y redobla la apuesta. Todos van por más.

–¿Qué dificultades supone hacer un thriller?

A. A.: –Intentamos respetar los parámetros del autor, cómo cuenta la historia, cómo va tejiendo la relación entre los dos hombres y cómo ésta se va modificando permanentemente, manteniendo esa combinación de tensión y descarga que sobreviene con el humor.

P. S.: –La escenografía de Alberto Negrín y las luces del Chango Monti ayudaron a crear ese living fuera de tiempo, lleno de texturas, con un gran bosque de fondo, donde sucede todo. En las películas, la movilidad es otra: hay secuencias en otras partes de la casa.

–¿Hay algún tipo de atracción entre los protagonistas?

A. A.: –En la película que adaptó Pinter hay una atracción que no estaba en el texto original, ni en la primera película, dirigida por Joseph Mankiewics. Nosotros respetamos al autor: en realidad es algo mucho más seco, más duro lo que se juega entre ellos.

Para Alezzo, el verano es bastante movido. Mientras Rose hace temporada en Mar del Plata, dirige Contrapunto (jueves a las 20.30, viernes a las 21.30, sábados a las 20 y 22.30, domingos a las 19.30 en la sala de Corrientes 1639) y está por reponer la comedia dramática Cena entre amigos en su sala El Duende. “Cada quince días Agustín viene a vernos y ajustamos detalles. De todas formas, con Leo charlamos mucho después de cada función y seguimos buscando y probando cosas”, destaca Soriano. ¿Las claves de una buena dirección? “Tener una visión totalizadora de la obra, saber a dónde se quiere llegar y transitar con los actores distintos caminos para llegar a ese punto. Acompañarlos, guiarlos, pero no forzarlos. El director es como un puente entre la obra, el personaje y el intérprete”, confía Alezzo, que desliza que le gustaría dirigir “una obra de un autor nacional con una buena estructura”.

Desde hace años, Alezzo se desdobla en el circuito independiente y en el comercial, al igual que directores como Rubén Szuchmacher y Daniel Veronese. “Toda mi vida trabajé en salas chicas y salas comerciales. Recorrí todos los teatros chicos, hicimos cooperativas. Esta doble vertiente es una buena manera de mantener la actividad pero siempre teniendo la posibilidad de elegir a los actores. Con un buen reparto, uno tiene la mitad del trabajo ganado. Nunca me han impuesto a nadie”, aclara. Por su parte, Soriano seguirá buceando en búsqueda de materiales nuevos. “Tenía dos sueños: hacer una obra muy cómica de Neil Simon, The Sunshine Boys, pero ya la tiene Pablo Kompel para hacerla con Alcón y Francella; y Todos eran mis hijos, de Arthur Miller, que la tiene Daniel Grinbank. Así que voy a seguir buscando. Pero tenemos un gran problema: los empresarios quieren elencos chicos, no más de seis u ocho personajes. Si digo que quiero hacer Ricardo..., me frenan antes de que diga tercero.”

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