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Sábado, 30 de marzo de 2013

TEATRO › FINAL DE PARTIDA, DE SAMUEL BECKETT, CON DIRECCION DE ALFREDO ALCON

Los desgajados de la naturaleza

El director también compone admirablemente al paralítico y ciego Hamm, en una versión que le hace honor a esa desesperada búsqueda del dramaturgo irlandés: intentar hallarle sentido a la vida, la más humana de las tareas.

 Por Hilda Cabrera

Morir de hambre y de soledad sin siquiera haber saldado cuentas con la imagen congelada de un niño, hijo perdido, real o fantaseado, hijo que muere, que es otro o aquel que lo inventa, altera la sensibilidad del espectador atento a las réplicas socarronas y a los giros poéticos de Final de partida, obra que el irlandés Samuel Beckett escribió, inicialmente en francés, entre 1954 y 1956. Los estudiosos alertan e insisten en afirmar que se trata de un juego y para no perderse en el laberinto de las interpretaciones, ellos echan mano de las aclaraciones del autor: “De enigmas y soluciones, ni una palabra. Para cosas tan serias están las universidades, las iglesias, los cafés”. Claro que la obra arroja líneas, y es suficiente que se diga “abro la puerta y me voy” para saber que a los personajes se les han acabado las estrategias ante el “viejo final de una partida perdida”. ¿Es que no hay opción frente al acopio de los “instantes vacíos”? Autoritario y sarcástico, el paralítico y ciego Hamm, que compone admirablemente Alfredo Alcón, alternando matices y dando sentido a la ironía y la duda, será el que responda: “Ya que esto se juega así, juguémoslo así”.

Faltos de abrigo, luz y alimento, enfermos e impedidos, los cuatro personajes de Final... son los desgajados de la naturaleza, para entonces añorada. No se sabe por qué ni por quiénes, pero sí que ésta es la última “jugada”, y tanto más dolorosa y exigida porque apremia el miedo. “Lejos de mí la muerte”, dirá Hamm en un tono apenas burlón, como si supiera que no se cumple un deseo sólo por haberlo pedido.

Este personaje, al que ningún otro perdonó sus tropelías, presiente que el agonizante es él, que la “diversión” está acabando y lo demás es vacío. De ahí, tal vez, su pregunta al joven y tiranizado Clov, que compone Joaquín Furriel, exacto en las secuencias de orfandad y en las de estallido emocional. Clov no sabe si fue feliz y Hamm no se atreve siquiera a formularse el mismo interrogante.

A su turno, disciplinados, como jugadores capaces de medir el tiempo que les resta ante un tablero, los personajes se aferran a lo vivido antes de entregarse a la nada más absoluta. Nell, interpretada por Graciela Araujo, actriz de bella voz, graciosa en su papel de madre aún coqueta, aunque esquiva a los lances del esposo, baldado como ella, aplaza su final con risueña cotidianidad, desaparecida casi dentro del tacho de basura al cual la confinó el hijo. Nagg, papel que desempeña con acertado humor negro el excelente Roberto Castro, es también un prisionero que, desde su tacho, exige su ración de sopa y galantea a su mujer como si estuviera en el mejor de los mundos. Ellos son, junto a Clov y Hamm, piezas dispuestas en un tablero donde el gran adversario juega a otro nivel: La muerte ha estado presente desde siempre y no se le conocen flancos débiles.

Intentar hallarle sentido a la vida sigue siendo una tarea humana, apremiante para los que saben que están próximos a morir, y esto subyace en Final..., donde el exterior observado por Clov es un espacio inanimado. “Todo es cero” más allá de ese escenario que se presenta a los ojos del espectador como una pintura en gris (o “negro claro”), con algunos toques vitales. Un logro del escenógrafo Norberto Laino que profundiza el iluminador Gonzalo Córdova y acompaña la vestuarista Mirta Lineiro.

La idea de una tierra diezmada incide en el clima de este montaje que cuenta con un equipo comprometido con la puesta. La traducción de Francisco Javier (director, profesor e investigador) es afín al contenido de la obra y a los tiempos que requiere cada una de las frases, desde “ahora me toca a mí, trapo viejo”, alusión al lienzo que Hamm coloca sobre su rostro, hasta “uno llora por nada, por no reír” o “el final está comprendido en el principio, y sin embargo uno continúa...”. La “diversión” acabará y el frío que cala los huesos se adueñará de los personajes, pero antes el autor les preparó este recreo, en el que hubo tiempo para bromear y exigir, para cuerpearle o no a la derrota, para que el padre acepte, vapuleado por el hambre, escuchar una y otra vez la fábula inventada de su hijo a cambio de la promesa de un mísero confite. Ese hijo que quiere ser y estar en el centro del tablero, o de una historia que sigue sorprendiendo y hasta desata risas en la platea, cuando la malicia de Hamm queda al descubierto.

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El clásico de Beckett puede verse de miércoles a domingo en el Teatro San Martín.
 
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