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Sábado, 13 de junio de 2015

TEATRO › EL GEORGIANO ROBERT STURUA DIRIGE LA TEMPESTAD, DE SHAKESPEARE

La venganza y el arrepentimiento

El célebre director visita nuevamente Buenos Aires, esta vez con los actores rusos de la Compañía Et Cetera, de Moscú, que conduce Alexander Kaliaguin. “Las adaptaciones no deben destruir el tejido original de la obra”, señaló Sturua, sobre su puesta en el San Martín.

 Por Cecilia Hopkins

“No lo sé bien... el amor no tiene explicación posible”, responde a Página/12 el director georgiano Robert Sturua cuando se le pregunta por qué dice que viviría en Buenos Aires. Si la vez anterior había venido al Teatro San Martín a dirigir actores locales para su puesta de A Electra le sienta bien el luto, de O’Neill, hoy se manifiesta feliz de estar de vuelta, para el estreno de La tempestad, de William Shakespeare, esta vez con los actores rusos de la Compañía Et Cetera de Moscú, que dirige Alexander Kaliaguin, quien estará a cargo del rol protagónico. De esta forma comienzan las actividades del Año de la Cultura Rusa en Argentina, según iniciativa del presidente Putin, en el marco del 130º aniversario de las relaciones diplomáticas bilaterales. El espectáculo se ofrece en ruso y cuenta con sobretitulado en español.

Nacido en 1938 en Tbilisi, capital de Georgia, Sturua se hizo famoso por su visión poco convencional del teatro, por su originalidad a la hora de adaptar textos clásicos. En este caso, la puesta que se ve en la Sala Martín Coronado tiene carácter minimalista. No solamente porque los cinco actos originales fueron condensados en uno solo, sino por su apuesta visual. “En vez de vivir en una cueva, apelando a su magia Próspero se construye un laboratorio”, explica el director. Es por este motivo que tres paredes blancas hacen de la isla de Próspero una habitación prácticamente vacía. Y sobre ese soporte se proyecta el paisaje insular o el mar embravecido, cuando tiene lugar el momento clave de la tempestad. Mientras esto ocurre, el barco de los náufragos es apenas un modelo a pequeña escala pendiente de un hilo, moviéndose sobre el fondo de la escena marina.

Representada por primera vez en Londres, en 1611, La tempestad es la historia de una venganza y de un arrepentimiento. También la historia de un exiliado político. Su protagonista es Próspero, el legítimo duque de Milán que fue confinado a una isla a causa de las intrigas de su hermano Antonio, que asumió el poder. Luego de años de destierro, Próspero se vuelve un experto en magia para concretar su venganza: con la ayuda de Ariel, un “espíritu del aire” a su servicio (aquí interpretado por una joven, Natalya Blagikh), provoca una tempestad para conseguir que el barco de su hermano se hunda y sus ocupantes lleguen a las costas de su isla. Pero el protagonista cambia sus planes inesperadamente. La última escena, en la que se lo ve renunciando a la magia, fue interpretada por los críticos como el adiós del dramaturgo al mundo del teatro. El mismo Sturua, quien puso en escena más de una veintena de obras de Shakespeare, dijo en ocasión del estreno de este montaje: “Shakespeare ha decodificado en esta obra todo su pensamiento sobre el hombre. Próspero no es sino una imagen alegórica a través de la cual Shakespeare habla de sí mismo. Porque después de haber alcanzado el conocimiento teatral, el pico de la maestría, de repente abandonó el teatro, tal vez porque entendía que no podía cambiar nada con sus obras. Comprendió que todo había terminado para él y, a través de Próspero perdona a todos y se despide”.

Sturua subraya, entonces, la frustración que siente el protagonista al constatar que le es imposible cambiar a los hombres, viendo que los náufragos, cuando llegan a la isla, tienen la tendencia de comportarse igual que lo hacían en tierra firme, luchando por imponer su voluntad sobre otro y generando intrigas: “Próspero conoce la magia que le permite dominar el curso de la naturaleza –reflexiona el director–, pero no puede cambiar la sustancia de la naturaleza humana.”

Tal vez junto con Hamlet, La tempestad sea la pieza de Shakespeare que haya brindado más motivos de hipótesis o interpretaciones. Así, fue considerada una obra que habla acerca de la relación entre colonizador y colonizado, habida cuenta de que fue escrita cuando comenzaba la colonización británica de lo que hoy es Estados Unidos. Y para esto se puso especial énfasis en interpretar el vínculo entre Próspero y Calibán, habitante originario de la isla, reducido por el primero a la esclavitud. En otros análisis más interesados en vincular la obra con la historia contemporánea, Ariel y Calibán representan el refinamiento y la espiritualidad, por un lado, y el materialismo, por el otro, refiriéndose a las culturas originarias de Latinoamérica y al desarrollo industrial de Estados Unidos, dos cuestiones que Shakespeare sin duda no pudo tomar en cuenta.

La primera vez que Sturua vino a Buenos Aires fue en 1987, con Ricardo III de Shakespeare y El círculo de tiza caucasiano, de Bertolt Brecht, en gira con el Teatro Rustaveli, institución que dirigió desde 1979 hasta 2011, cuando fue destituido a causa de una severa crítica del director hacia el gobierno central de Georgia. Un año después, luego del cambio de autoridades, Sturua fue repuesto en su cargo. En otras visitas a Buenos Aires, montó Madre Coraje en el Teatro Cervantes, dirigiendo a Cipe Lincovsky; puso en escena Las visiones de Simone Machard, de Brecht, y más tarde Shylock, una controvertida versión de El mercader de Venecia, de Shakespeare. Luego vendría con otro Brecht, La resistible ascensión de Arturo Ui. “Todas las puestas que hice en Argentina fueron estrenos”, dijo en su última visita. “Las adaptaciones –advirtió– no deben destruir el tejido original de la obra.”

–¿La Tempestad es una obra sobre el perdón y la reconciliación?

–Sí, es así. Luego de convertirse en un hombre sabio y poderoso, al ver que la naturaleza humana no cambia, Próspero decide quemar sus libros porque siente que su vida ya no tiene sentido.

–¿El perdón es siempre posible?

–No, me parece que en muchos casos es imposible, como un milagro. Si a mí me matan a toda mi familia, eso es imposible de perdonar. Pasan cosas como éstas en muchos lugares. Verdaderamente nuestra vida en el siglo XXI se está haciendo muy difícil. Sin embargo, nadie lo esperaba, todos creíamos que iba a ocurrir lo contrario.

–Existen muchas interpretaciones acerca de la relación entre Próspero y Calibán. ¿Cuál es la suya?

–El de Próspero es el deseo del hombre culto de salvar a un ser humano. Es un deseo natural. Es por esto que le enseña el habla humana y le muestra cómo funciona el mundo. Pero cuando Calibán intenta violar a su hija, comprende que los conocimientos no pueden cambiar la esencia de un salvaje.

–Entonces, ¿Próspero también actúa por venganza con Calibán?

–Sí, porque en vez de convertirlo en un ser humano decide convertirlo en esclavo. Pero cuando los náufragos llegan a la isla Próspero siente culpa de haber obrado de esa forma y no puede finalizar sus planes. Ariel también lo ayuda para que no sea vengativo.

–Ariel es, en su versión, una mujer...

–Sí, y surge entre ellos un amor que finalmente no es posible porque uno es un ser humano y el otro, una criatura aérea. Es una historia bien triste porque Ariel ama a Próspero pero también quiere su libertad.

–Siempre se habla de la libertad que usted se toma en sus adaptaciones. ¿Qué puede decir sobre su modo de trabajo?

–La dramaturgia no es como la pintura. Si yo interviniese un lienzo ya pintado haría un daño irreparable, me convertiría en un bárbaro. Pero con las obras de teatro es posible. Y como no me gustan las puestas largas (risas) los cinco actos de esta obra los condensé en una hora cuarenta.

* La tempestad, Teatro San Martín (Corrientes 1530), de martes a domingo a las 20.30. (Sábado 20, sin función). Hasta el jueves 25.

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Sturua se hizo famoso por su originalidad a la hora de adaptar textos clásicos.
Imagen: Pablo Piovano
 
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