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Domingo, 25 de septiembre de 2011

HISTORIETA  › HORACIO ALTUNA Y SU EXPERIENCIA CON LA EDITORIAL ORSAI

La búsqueda de otro camino

A pesar de las dudas que abrigaba sobre un proyecto que en principio le parecía “muy alternativo, hasta delirante”, el legendario dibujante acaba de lanzar Cuadernos Secretos en la editorial de Hernán Casciari, con un atípico contrato de derechos.

 Por Leonardo Ferri

“El editor finge que dice la verdad y uno finge que le cree.” Así, como si todo anduviera en piloto automático, como parte de una historia ya escrita y que no acepta modificaciones, la relación autor-editor nunca sufrió grandes cambios. Las reglas del juego son conocidas y aceptadas en un silencio cómplice que pocos se animan a romper. Y así pasaron años y años en que las cosas se hicieron de una manera, sin cuestionamientos. Horacio Altuna conoce bastante de contratos indignos y liquidaciones de honorarios injustas pero, aun con eso, no es de los que se conforman con lo que hay. Por eso cuando el dibujante se cruzó con el escritor Hernán Casciari y se enteró del proyecto Orsai, tuvo el impulso de poner el pie para que la puerta no se cerrara, aunque en un comienzo el proyecto le pareció “delirante”.

Cuadernos Secretos es el primer libro que Altuna publica con la Editorial Orsai, y el primero que la editorial publica en sí, por fuera de su conocido proyecto de editar una revista sin una página de publicidad ni intermediarios que lucren con el trabajo de otros. “Hernán me vino a hablar del proyecto con la intención de que me sumara, y la verdad es que yo lo veía con desconfianza porque era muy alternativo”, explica Altuna desde la calurosa Cataluña, donde vive desde hace casi 30 años, y con una voz tan suave y amable que poco se condice con su imagen de “bravo”. “Trabajé más de 40 años de la manera tradicional con las editoriales, por lo que vi esta propuesta como demasiado alternativa, y hasta en algún punto, delirante”, admite. Cuando dibujante y editor cerraron el acuerdo, Altuna todavía seguía sin sacarle la ficha a Casciari. “Todavía estoy viendo si es un visionario, porque chanta sé que no es.”

–¿Cómo es que usted aun con esa duda cedió su material para que lo publicara?

–Tengo casi 70 años, pero me siento joven en muchos sentidos. La biología no miente, y yo soy un tipo muy activo, estoy siempre en la búsqueda en todo lo referente a derechos de autor y luchas profesionales. Si bien Orsai no es un proyecto completamente revolucionario, sí es muy distinto de lo que se hace masivamente. La sola posibilidad de apoyar un proyecto donde hay honestidad y hay riesgo me seducía.

–Y ya con tres números de Orsai en la calle y a un par de meses de la salida de los Cuadernos Secretos, ¿cómo viene el termómetro del riesgo que eligió tomar?

–Los hechos me demuestran que Hernán no se equivoca, ni yo lo hago al seguirlo. No es ambicioso en guita, pero sí en posibilidades. El hecho de que haya varias editoriales intentando copiar el modelo ya es un punto de partida. Soy un tipo muy desconfiado, llevo muchos años siendo cagado por las editoriales. Lo que veo es que Hernán responde a las preguntas que yo le hago.

Esas respuestas básicamente apuntan a que ambas partes armaron un contrato inédito, en el que todos los beneficios son para el autor y las responsabilidades, del editor (el video de la firma del acuerdo puede verse en http://bit.ly/firmaorsai). Entre los puntos más sobresalientes del contrato se indica que el autor recibirá el 50 por ciento de las ventas (contra el 20 habitual) y que podrá verificar de algún modo la cantidad de ejemplares vendidos. Otra novedad es que los derechos pertenecen al autor y no a la editorial, y que el contrato es por un año, con opción a renovar o a renunciar “sin dar explicaciones”. A Altuna le cuesta llevar a los números cuánto le robaron las editoriales: “Debo haber trabajado para 24 editoriales en el mundo, y sólo cuatro me demostraron limpieza, me han respondido y me han liquidado derechos como yo pensaba que lo tenían que hacer”.

–¿Antes del proyecto Orsai usted luchaba por cambiar la situación, o estaba resignado a que las cosas fueran así?

–Las cosas son así, no hay en este momento formas alternativas que puedan ser absolutamente distintas. Sé que hay editores honestos, los conozco y los puedo nombrar, pero no puedo trabajar con ellos porque son pequeños o pagan muy poco, o porque tienen tirajes muy cortos y no les queda un resto económico como para que uno pueda instalarse y trabajar con ellos. Yo peleo mucho mis contratos y, por lo menos en el papel, las condiciones son dignas. Pero si yo sospecho que se vendió mucho más que lo que ellos me dicen, tendría que hacer un juicio para que haya una auditoría y meterme en un bolonqui legal. Y yo soy dibujante, no quiero hacer eso.

–¿Pensó que puede haber otros autores que lo sigan en esta cruzada?

–Es presuntuoso decirlo de esa manera, pero a mí me parece que si las cosas se hacen bien, se abre un camino. Cada vez que firmé contratos que para mí eran modelo, los difundí porque pensaba que era bueno que los colegas supieran que se pueden firmar contratos como los que yo firmo. Y aunque algunos me digan que yo puedo hacerlo porque soy Altuna, siempre fui igual, siempre me peleé. Me fui de Columba por eso, renuncié a Dargaud de Francia cuando me iba bien... Igualmente no creo en el tipo solitario, creo que cuando las luchas son colectivas es cuando realmente tienen valor y éxito, y es por eso que estoy en organizaciones en las que se trabaja muy orgánicamente para defender los derechos de autor.

“Cuando dibujo me río, sonrío y lloro. Aprendo y enseño, protesto o me resigno, amo y odio, me siento feliz y triste, me excito y me deprimo. Dibujar es una pulsión erótica encubierta y sublimada” ilustra Altuna en el prólogo de sus Cuadernos Secretos, libro poco apto para leer en el transporte público por su contenido erótico, esos conocidos minones marca registrada del autor. Y aunque Altuna haya hecho mucho más que eso –El Loco Chávez, Las puertitas del Sr. López, Charlie Moon, Ficcionario, Tragaperras, El Nene Montanaro, Familia tipo, entre otros– el haber dibujado 500 páginas para Playboy lo marcó de manera definitiva. “Muchas veces me preguntan por esas minas, y la verdad es que yo las veo en la calle, no invento nada, están ahí”, dice, como para explicar la doble moral que existe al escandalizarse por un libro que muestra lo mismo que se ve en la calle o en la TV en horario central. Para Altuna la indecencia parece pasar por otro lado y otras épocas, años en los que el autor se dedicó a hacer crítica social desde sus obras. “Basta con leer El Nene Montanaro para darse cuenta, no hablaba con nombres propios, pero todos pueden darse cuenta de que hablaba de Macri padre, Macri hijo, de la farándula pornográfica que rodeaba al poder”, recuerda. “En la época del caso Cabezas, había un capítulo en que los buenos eran los ladrones y los malos eran policías. Hay muchas cosas que hice en esa época que ojalá un día se vuelvan a publicar.”

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“Cada vez que firmé contratos que para mí eran modelo, los difundí porque me parecía bueno para los colegas.”
Imagen: Bernardino Avila
 
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