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Lunes, 26 de abril de 2010

MUSICA › RECITAL DE JOSé CARRERAS EN EL ESTADIO LUNA PARK

El equívoco de un clásico

Publicitado como “concierto clásico”, el del tenor español resultó finalmente un show “popular” en términos de repertorio. Carreras ofreció un cóctel de canzonettas napolitanas y arias de zarzuelas, para deleite de un público incondicional.

 Por Diego Fischerman

José Carreras regresó a Buenos Aires. Lo hizo con sus mejores armas, en el formato que mejor le queda y del que fue uno de sus creadores. Su voz conserva la belleza del timbre, el fraseo cuidadoso y un manejo preciso de los recursos expresivos. Apenas se le ha sumado un vibrato más amplio y pronunciado. Y el uso de micrófono, forzado por las características de una sala como el Luna Park, donde actuó el sábado frente a una multitud que lo ovacionó, es, además, absolutamente funcional tanto al repertorio que recorre como a sus posibilidades técnicas actuales. Más allá de la dignidad del espectáculo y de la calidad con la que fue realizado, su recital de canzonettas napolitanas y arias de zarzuelas puso en escena un equívoco interesante.

Publicitado, obviamente, como “concierto clásico”, y con un costo para las plateas que hablaba a las claras de una supuesta distinción mayor que la de los shows “populares” (800 y 700 pesos, a cambio de lugares donde una respiración profunda ya implicaba golpear en la nuca al asistente sentado adelante), el concierto fue un clásico recital popular, y no sólo por su popularidad –un hecho que ya casi ni se tiene en cuenta cuando se habla de estos temas– sino por la manera en que desnudó las ideas de “gusto alto” y “gusto bajo” y las formas en que la sociedad se clasifica a sí misma a partir de ellas. La utilización de la palabra “clásica”, para la música que circulaba como artística en los siglos XVIII y XIX, sus herederas y sus satélites, no es inocente, desde ya. Remite a lo que el tiempo ha probado; a lo que no se rige por modas. A lo que posee valores capaces de trascender sus circunstancias. En definitiva, los argumentos con los que la aristocracia y las burguesías cristalizadas en Europa en esos siglos fundaban su propio valor y, sobre todo, con los que se distinguía no ya de los pobres (distinción evidente) sino de quienes consideraba sus peores competidores, los nuevos ricos. Había cosas que se adquirían con dinero; lo “clásico”, en cambio –modales clásicos, vestimentas clásicas, el “buen gusto”, en suma–, sólo se obtenía con el tiempo.

Algunos de los atributos del “arte alto” –grandes orquestas, la técnica vocal lírica– comenzaron a utilizarse, con el advenimiento del concierto burgués, en repertorios “bajos”. Se crearon entretenimientos, sin las pretensiones del Gran Arte (esa idea de complejidad fijada en el Romanticismo por Beethoven y sus epígonos), con muchos de sus rasgos aparentes aunque con argumentos más livianos y accesibles y músicas que no buscaban alejarse de lo ya aceptado por el público. Hubo óperas populares –la zarzuela, la opereta–, piezas orquestales ligeras e, incluso, mucha de la ópera del siglo XIX, que revistió con el discurso del arte los entretenimientos de las clases altas, dándoles una coartada de distinción también a sus pasatiempos menores. A partir del interés de las clases ilustradas por las tradiciones –la idea de saber del pueblo traducida en el concepto de folklore–, de los abundantes cruces provocados por la aparición de medios masivos de comunicación y de la utilización frecuente que artistas “altos” hicieron de materiales “bajos” y que artistas “bajos” realizaron de materiales y procedimientos “altos”, estas distinciones perdieron sentido. Es decir, lo perdieron desde el punto de vista estético –nadie duda de que Los Beatles, Björk o Thelonious Monk problematizan el lenguaje, lo exploran y lo extreman mucho más que Donizetti o Johann Strauss–, pero lo conservan intacto en relación con su posibilidad de fijar lugares sociales. Y un recital como el de Carreras, dedicado a lo más menor del repertorio pero investido, sin embargo, con las galas de lo mayor, pone de manifiesto esa funcionalidad.

El concierto, que comenzó con la orquesta (un combinado de músicos locales) haciendo la bombástica “Suite Farandole”, de La Arlesiana, de Georges Bizet, se internó en una sucesión de canzonettas cantadas con autoridad por Carreras y con cierta gracia por la soprano mexicana Rebeca Olvera que, con buena coloratura y facilidad para los agudos, dio la cuota de variedad necesaria para el show. “L’ultima canzone’, de Francesco Paolo Tosti, “Pecchè”, de Francesco Pennino, “Silenzio cantatore”, de Gaetano Lama, dieron el tono de lo que sería todo el recital. Las incursiones de Olvera, por ejemplo en la canción “Les filles de Cádiz”, de Bizet, y los intermedios de la orquesta –el de “Cavalleria rusticana”, de Mascagni– fueron puntuaciones en el paseo de Carreras que culminaría, ya en la segunda parte, con el único dúo junto a la soprano –el de la zarzuela “La africana”– y, en los bises, con una lavada rendición de “Lejana tierra mía”, aquella canción que Carlos Gardel había cantado en la película Tango Bar. El director David Giménez, por su parte, condujo con justeza y sin brillo a una orquesta eficaz, en un marco en que la correctísima amplificación hizo lo demás.

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Carreras regresó a Buenos Aires con sus mejores armas.
Imagen: Alejandro Leiva
 
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