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Sábado, 25 de octubre de 2014

MUSICA › FERNANDO OTERO PRESENTA EL MATERIAL DE SU DISCO PRIMA DONNA

“Arreglar es algo fascinante”

Hace más de veinte años partió a Nueva York por amor, pero fue la música lo que lo hizo quedarse. Desde entonces, Otero fue ampliando sus horizontes y encontrando nuevos caminos, donde llegó a cruzarse con monstruos como Quincy Jones y Paquito D’Rivera.

 Por Cristian Vitale

Se puede ingresar a su universo por dos vías: una puntual, directamente relacionada con Prima Donna, su último disco, y otra extendida, vinculada con un pasado que se pasa de prolífico: veintidós años radicado en Nueva York, catorce discos en tal período, un promedio de cincuenta conciertos por año y confluencias directas con Quincy Jones, Kronos Quartet, Eddie Gómez y Paquito De Rivera. “Es una celebración de la carrera de mi mamá”, lanza él, Fernando Otero, empezando por la primera vía. “‘Prima Donna’, el tema, equivale a lo que ella hubiera escrito cuando se sentaba al piano e improvisaba una canción para mí. Los otros son los que yo hacía y a ella le gustaban... digamos que el disco lo armamos entre los dos, e incluso la selección de las piezas la hizo ella”, extiende este pianista, compositor, arreglador e intérprete, sobre el nodo del disco que presentará esta noche, a las 21, en la Usina del Arte (Caffarena y Pedro de Mendoza), y que apela a la figura de su madre, la actriz, pianista y cantante de ópera Elsa Marval. “Ella fue la que siempre me estimuló; la que, de chico, me compraba todo tipo de instrumentos y me hacía saltar de una cosa a la otra, jugar a grabar todo el tiempo en grabadores de cuatro canales. Era un consentido espantoso”, se ríe Otero, que subirá a escena junto al cellista Patricio Villarejo.

Prima Donna, publicado por Soundbrush Records, está poblado de obras para piano, piezas orquestales, una sonata para violín solo, más una versión de “El porteñito”, viejo tango de Angel Villoldo, y otra de Quincy Jones (“The Pawnbroker”) que el músico grabó bajo la sugerencia y la supervisión directa del destacado productor y compositor de Chicago. “Quincy me pidió que arreglara ese tema, uno de los que más quiere, con aires de Buenos Aires, y de paso me devolvió a algo que me encanta, que es hacer arreglos... hacía mucho que no lo hacía”, señala el músico. “Con el tiempo fui yendo por otro lado, pero arreglar me parece algo fascinante, porque implica un desafío para la imaginación, ver de qué manera vas a colorear esa pintura cuyo croquis ya está hecho. Puntualmente, a esta pieza de Quincy no le cambié nada, porque nunca cambio nada, ni acordes ni melodías. Sólo me meto con la cosa del color, que fue lo que me pidió él. Ya me había pasado algo parecido con Mercedes Sosa y su versión de ‘Distancia’, de Alberto Cortez, o con Paco de Lucía.”

No sólo fueron ellos quienes descansaron en el inquieto talento de Otero, claro. Y de aquí parte el ingreso a la vía dos, a su prolífico universo por el lado de la historia. En 1992, luego de veinte años de vida intensa en Buenos Aires, el pianista migró a Nueva York siguiendo un amor. Y se quedó. “No sentía que me podía ir bien o mal, incluso siempre pensé que Argentina es un lugar excelente para los músicos. No me fui por trabajo, quiero decir, pero pasó que llegué; las cosas se fueron enlazando y me quedé. La sensación es que vivo a una estación después de Ezeiza, e incluso, parece que me fui ayer”, se ríe Otero, frente a la exposición de ese largo ayer. Del desarrollo de una estética instrumental que hace confluir música clásica contemporánea, improvisación y sonidos inconfundiblemente ligados a su cuna porteña, en diversos formatos: orquesta sinfónica, cuartetos de cuerdas, quintetos de vientos y conciertos para piano, bandoneón y cello, además de músicas para cine y teatro. “Yo creo que hay una continuidad en todo lo que hago, y es la música de Buenos Aires, que en parte es intencional y en parte espontánea. Pero hay otra cosa y se relaciona con el momento en que conocí las músicas de Piazzolla, Gismonti y Fattoruso. Me las mostró un profesor, Marcelo Braga, y me dijo ‘en vez de intentar tocar igual que Bill Evans, fijate que ellos tres están usando el lenguaje de su infancia para manifestarse’. Fue una guía permanente para mí, porque hasta ese momento yo quería ser Stravinsky, Jarret y Hendrix juntos”, se ríe.

–Un punto de inflexión, sin dudas.

–Claro, porque me llevó a mi origen. Yo nací en Corrientes y Callao, y lo primero que vi fue Zivals. Ahí descubrí todo. Al Bocha Muñoz recomendándome discos todo el tiempo. El me hizo descubrir a Dino Saluzzi, al Chango Farías Gómez, en fin, y después Domingo Marafiotti, un amigo de mi mamá, que una vez le dijo a ella “prometeme que este chico no va a ir nunca a un conservatorio” (risas).

–Todo esto entra en el marco de las continuidades respecto de sus obras. ¿Y las rupturas cuáles serían?

–Que me fui poniendo más viejo, y fui conociendo otra gente, otros medios. Un día dije: ¿Y si hago un disco con piano y violín para hacer una gira enorme? Y fue un acierto, porque a uno de esos conciertos vino a verme Paquito D’Rivera y me dijo: “Esto está bárbaro, pero sería mejor si yo tocara en él” (risas). Fue por 2005 y, luego de varios acercamientos, me invitó a grabar en su disco Funk Tango, además de tocar en vivo cuarenta mil veces y en muchos formatos: trío, quinteto, cuarteto, todo, hasta que armó un dúo con una arpista paraguaya. Son como noviazgos musicales... De vez en cuando nos volvemos a juntar, y para mí es como volver a escuchar esos discos que amás, después de mucho tiempo.

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“Yo creo que hay una continuidad en todo lo que hago, y es la música de Buenos Aires.”
 
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