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Lunes, 1 de febrero de 2010

LITERATURA › LUISA PELUFFO HABLA DE SU NOVELA NADIE BAILA EL TANGO

Escribir, ese murmullo de la memoria

La historia, que estuvo entre las finalistas del premio Herralde, recorre la vida de Inés, que tiene un hermano desaparecido, y de su esposo Julito, un típico “chanta” que aprovecha la bicicleta financiera de Martínez de Hoz.

 Por Silvina Friera

Cuando Inés era chica, no le gustaba que le cortaran el pelo. Iba a la peluquería con un sentimiento de catástrofe, como quien va al matadero. Ahora, muchos años después, en los ’90, acaban de cubrirle la cabeza con una gorra de baño color turquesa. Supone que debe quedar ridícula. La enfermera busca una vena en su mano, clava la aguja y conecta el suero. Con el claro propósito de esquivar la sentencia de muerte de un cáncer de mama, el suave murmullo de la memoria comienza a cuchichear hacia el pasado, pero en el “aquí y ahora” de la antesala del quirófano. La entonación de los recuerdos se modula al compás de la infancia, entre el Delta del Tigre, la casa en el barrio de Palermo y el colegio de monjas de la tía Albertina. La madre enferma ni se acuerda de que tiene otro hijo, Fernando. Tampoco se entera de la “revolución libertadora”, que para esa nena de familia de “buena cuna” –casi sinónimo de antiperonista– implicó que su papá fuera a buscarla al colegio en mitad de la clase. Los recuerdos se detienen un instante en la “lluvia de vidrios” del bombardeo a la Plaza de Mayo, en 1955.

Pero bracean y patalean con de-sesperación por el túnel del tiempo: el primer libro robado con su amiga María Teresa, su gusto por el tango, aunque cuente historias “espantosas”; el viaje de quince años a Río de Janeiro y el abortado affaire con el camarero italiano; la muerte de su padre, profesor de biología, pocos meses después de la Noche de los Bastones Largos, y el descubrimiento de la relación entre su madre y el tío Alberto. Entonces irrumpe en la escena Julito, diez años mayor que Inés, un embustero que se hace pasar por contador, de quien espera un hijo y con quien se casa, embarazada, justo el día en que Perón regresa al país, después de dieciocho años de exilio. La vida íntima y la vida política son como espejos reflejando espejos en Nadie baila el tango (Gárgola), de Luisa Peluffo, novela finalista en el XIX premio Herralde de Novela.

En paralelo con el desmoronamiento de una concepción romántica del amor, Inés se sobrepone a los engaños, robos y traiciones de Julito, cuyo leitmotiv en la vida parece ser “soldado que huye sirve para otra batalla”. En una de esas huidas de Julito, Inés vive un romance con Santiago, un exiliado chileno que recita poemas de Lorca y Hernández. Pero Julito regresa, Perón muere, ella queda nuevamente embarazada y tiene a Mariana pocos días después del golpe de Estado de 1976. Julito, entusiasmado con la posibilidad de hacer guita fácil, se sube a la bicicleta financiera de Martínez de Hoz. Especular es mucho más rentable que trabajar. Pero la conciencia de Inés se despierta de la larga siesta. Ya no puede ser indiferente a la violencia que acecha en cada esquina y decide separarse de Julito. Fernando, el hermano, cada vez más comprometido políticamente, desaparece. La tercera parte de la novela se trata de cómo Inés llega a soportar el dolor de esa pérdida gracias al cable a tierra de la escritura. “Al principio había pensado en una saga familiar, pero después me comió el personaje de Inés, a quien le presté cosas mías, como me pasa siempre que escribo una novela”, dice Peluffo a Página/12. “El material más autobiográfico es la infancia y la adolescencia de Inés. Después, no tiene nada que ver conmigo. No enganché la literatura de la manera en que lo hace Inés; empecé a escribir mucho más joven. Siempre se mezcla cierta realidad que uno vivió con otras realidades; y ahí entra también a funcionar la fabulación. No tengo un hermano desaparecido, pero la escritura toma temas prestados no sólo de lo que vivimos como individuos sino de lo que padecemos como sociedad.”

Aunque Peluffo nació en Buenos Aires, y de sus incursiones en el periodismo brilla su paso por la revista Panorama –cuya redacción estaba integrada por poetas como Juan Gelman y Francisco “Paco” Urondo–, hace más de treinta años decidió rumbear hacia el sur. Cuando la situación se hizo insostenible, en 1977, optó por el exilio interior en Bariloche. “Antes de irnos, recuerdo haber discutido con mucha gente muy conservadora que no quería ver lo que estaba pasando. No tuvimos conciencia, al principio, de la sistematización de la represión”, subraya la escritora. El trabajo con la doble moral de Julito –ese empleado municipal, huérfano de chico y criado por una abuela sorda, que deviene en “misterioso” empresario–, pero también de los padres de Inés, sobre todo la madre, no fue un asunto que la obsesionara desde que empezó a garabatear sus primeros poemas: “Nunca pienso deliberadamente los temas; me voy dejando llevar por la escritura. Mi proceso es más bien intuitivo, lo cual no quiere decir que no sepa lo que estoy haciendo. Tengo una visión, pero a medida que tomo distancia, voy descubriendo más cosas que pueden funcionar. El personaje de Julito es un sinvergüenza, un atorrante, el típico seductor; al final no se sabe si es el malo de la película. Y prefiero que no se sepa, que cada cual haga su lectura”.

El título de la novela responde a una frase trunca: “Nadie baila el tango como Julito”. “Pero también –aclara Peluffo– sugiere que en momentos duros del país nadie baila el tango; el título es una metáfora porque el tango es emblemático de una manera de ser argentinos.” Le encanta el tango por su origen marginal, orillero, “aunque sea muy machista y todas las mujeres sean prostitutas o abandonan al hombre, excepto la madre. Cuando escribo, prefiero el silencio porque la música me distrae. Pero en muchas partes de esta novela, cuando estaba corrigiendo, escuchaba un CD de Arminda Canteros, que murió en 2002, y aunque tocaba música clásica en piano, aprendió a interpretar tangos para complacer a su padre. En los ’30 la contrataron para tocar tangos por radio, pero como era mujer tuvo que ponerse un seudónimo de varón, Juancho. Después tuvo un accidente que la dejó al borde de la muerte”.

Peluffo asume que en las primeras obras “se quiere poner todo lo leído, tal vez por ansiedad o por necesidad de compartirlo”. Pero apunta orgullosa que eso ya lo hizo, como quien superó una prueba con la máxima calificación. “Me gusta trabajar con el lenguaje coloquial porque creo que da una proximidad, una intimidad con el lector. Me resultó muy cómodo narrar en primera persona”, agrega. “La literatura es un juego de espejos o una carrera de postas. Siempre hay un diálogo entre obra y vida que se da de un modo inconsciente, pero se da.” No es la primera vez que la sombra de la dictadura militar se cruza en el camino de su narrativa; ya aparecía, oblicuamente, en sus novelas Todo eso oyes, premio Emecé en 1989, y La doble vida. “Me preocupa que tenga eco el discurso de mirar al futuro y no pensar más en la violencia de los ’70. Sólo si no nos olvidamos de lo que nos pasó podremos preservar la democracia”, afirma Peluffo, que al poco tiempo de llegar a Bariloche buscó reunirse con otros poetas y narradores para leer poemas y escuchar historias, y conjurar, reunidos, el estado de sitio que regulaba las noches del país y dejaba a la mayoría encerrados en su casa, ovillados en mil temores. “El suave murmullo de la escritura es la memoria”, susurra la escritora, con la voz alisada, como pulida por la experiencia.

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“Sólo si no nos olvidamos de lo que nos pasó preservaremos la democracia”, afirma Peluffo.
Imagen: Daniel Dabove
 
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