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Jueves, 11 de agosto de 2016

LITERATURA › LA ESCRITORA ANA MARIA SHUA Y SU NUEVO LIBRO, HIJA

“En las novelas no hace falta que todo tenga sentido”

La autora de Los amores de Laurita propone una ficción compleja sobre la maternidad en una situación extrema: qué pasa cuando una hija, educada correctamente por sus padres –exiliados en París durante la dictadura–, no es lo que se desea o se espera.

 Por Silvina Friera

El amor de Esmé por su hija Natalia es desaforado e irrevocable. ¿No hay acaso una dosis de locura en el amor de los padres a los hijos? Al final de la historia, cuando le dicen que el cuerpo de ella pudo ser arrojado al mar desde una avioneta por un enfrentamiento entre bandas, ese amor –que se expande junto al dolor y el horror– deviene llanto por esa hija a la que se refiere como “una mujer de negocios, muy exitosa, directiva de un laboratorio de nombre austríaco”. Hija (Emecé), de Ana María Shua, es una novela compleja sobre la maternidad en una situación llevada al extremo: qué pasa cuando una hija, educada correctamente por sus padres Esmé y Guido –exiliados políticos en París durante la dictadura cívico-militar–, no es lo que se desea o espera. No se trata de la distancia abismal que puede haber entre las expectativas depositadas en el destino de esa niña-adolescente-joven. El problema es la maldad. Natalia –voz que casi siempre aparece referida desde la perspectiva materna– es una mala ambigua y habilidosa, perturbadora y sorprendente. A veces suena aterradora y con un dejo sutil de presunta inocencia.

Novela mestiza, Hija es la historia de Esmé y Natalia, narrada en tercera persona según pasan los años, intercalada con 22 diarios en primera persona, donde la voz de la escritora, a medida que va narrando la trama principal, despliega sus temores, sus vacilaciones, los obstáculos que enfrenta y los libros que va leyendo mientras escribe. “El final de la novela es ambiguo y no se sabe lo que pasó. La hija puede reaparecer o no. Al principio no sabía cómo iba a terminar. No quería que terminara con un castigo para la hija ‘mala’ porque me parecía demasiado obvio. En este mundo no siempre los malos son castigados ni mucho menos. Pero la verdad es que a lo largo de toda la novela a la hija no la escuchamos, no sabemos qué piensa, sabemos muy poco de cómo es por dentro porque sólo la vemos a través de la mirada de la madre”, advierte la escritora en la entrevista con Página/12.

–Los lectores se quedan con la sensación de que esa hija es más mala de lo que parece, aunque tiene cierta forma de honestidad hacia los padres. Pero la sensación es que ella miente. ¿Por qué cree que ocurre esto?

–Ella miente, el narrador la hace mentir; es una novela acerca de la maternidad, acerca de lo perturbadora que es para los padres esa idea tan aparentemente “normal” de que los hijos no son como uno se los imagina, que son personas independientes que tienen su propia vida, entonces llevando eso hasta las últimas consecuencias, me dije qué pasaría si una pareja de padres normales, con sus cosas buenas y sus cosas malas, de pronto se dieran cuenta de que su hija es mala persona. No mala con ellos, no es una hija rebelde, contestadora, sino mala persona. Que me parece una cosa muy terrible que le puede pasar a los padres. Quise ver eso desde el punto de vista de la madre. Y tenía mucha necesidad de expresar mis propios sentimientos y sensaciones acerca de la maternidad, pero al mismo tiempo no quería escribir nada que pudiera ofender o molestar a mis hijas. Entonces necesitaba un personaje muy extremo, a quien le hubieran pasado cosas completamente diferentes, que tuviera otra historia. Y que fuera como el polo opuesto de lo que son mis hijas en la realidad.

–¿Por qué aparece con tanta persistencia la culpa en Esmé?

–Ser madre es una tarea culpógena, sobre todo desde que existe el psicoanálisis (risas). Antes no se atribuían tan claramente a los padres los problemas de los hijos. Pero en los últimos cien años parece muy definido que cuando una persona es mala o dañina o irresponsable o perturbada inmediatamente se les pone a los padres un sellito de culpable en la frente. Y me parece un poco injusto porque es tan poco lo que uno puede predecir en cuanto a lo que van a hacer sus hijos.

–Por qué la hija es así es una pregunta que no se puede responder en la novela. ¿En la realidad habría respuestas?

–En la realidad, en el mundo, no es analizando a los padres como se va a encontrar el germen de todo lo que somos. Una persona es muchas otras cosas, además de lo que sus padres pusieron en ella. Si el tema fuera simplemente los padres, los hermanos serían todos iguales y sabemos que no es así. Todos conocemos personas malas en nuestros mundos personales, y a veces los padres no son gente mala o dañina, sino que otras circunstancias de su vida fueron combinándose y encadenándose con la crianza y con la historia.

–Por primera vez incluye el diario de la escritura de la novela como parte de la novela. Hay un texto fundador en este sentido, que aparece mencionado en “Hija”, que es “HHhH” de Laurent Binet, que también escribe acerca de las frustraciones y avances de la escritura. ¿La única diferencia sería que Binet está haciendo una investigación y escribiendo una novela, en cambio usted sólo está escribiendo una novela?

–Cuando leí el libro de Laurent Binet, me fascinó cómo va llevando la investigación, el ritmo de novela, y simultáneamente el diario de lo que él va haciendo, el diario de la investigación al mismo tiempo que cuenta la historia. La diferencia es que como aquella es una historia real está limitado más en algunos aspectos. Él puede hablar del futuro, de lo que va a pasar con los personajes porque de todas maneras el lector ya sabe lo que pasó. En el caso de una novela, el lector se va enterando; entonces cuando escribía el diario podía hablar de algunos problemas que tenía con respecto al futuro, pero no podía hablar de lo que le iba a pasar a mi personaje, no podía anticipar, que era algo que sí podía hacer Binet al trabajar con un tema histórico. Yo disfruté mucho de los diarios y los fui escribiendo simultáneamente con cada capítulo. En ese diario fui poniendo las cosas que iba leyendo, los sentimientos y sensaciones y los problemas que se me iban planteando a medida que escribía.

–En uno de esos diarios afirma que Los amores de Laurita está escrita en tercera persona, pero que muchos creen que es una primera persona porque está muy pegada al personaje, como pasa con Hija. Y dice también que aunque le encanta la primera persona narrativa, la utilizó para narradores hombres como en Soy paciente y La muerte como efecto secundario. ¿Por qué no usa la primera persona cuando hay una narradora o personaje muy cercano a usted?

–Necesito imponer distancia para que no se mezcle el narrador con la autora. Sin embargo, mi intención original fue escribir esta novela en primera persona, pero después entraron los diarios. Al aparecer los diarios, que sí están en primera persona porque los diarios son lo que yo pienso acerca de lo que estoy escribiendo, se me hubiera confundido con la primera persona del personaje. Entonces traté de evitar esa mezcla, esa confusión. Me gusta la primera persona para ponerme en la piel de un hombre y contar desde ahí. Cuando hago eso, siempre trato de que inmediatamente aparezca muy claro que se trata de un hombre, que aparezca algún adjetivo o algún participio masculino para que quede claro que es un hombre y no una mujer. Con La muerte como efecto secundario, una vez un señor me increpó en una charla y me dijo: “yo lo conté perfectamente y hasta la página 14 no aparece marca de género, entonces es muy confuso para el lector”. Le mostré cómo en la quinta línea empiezan las marcas de género porque en ningún momento me propuse confundir al lector. Al contrario, tengo muy mala opinión de los cuentos en que se hace ese juego, aunque sean de Fogwill (risas). Creo que en “La larga risa de todos estos años” hace ese juego y la verdad que no me gusta eso: qué sorpresa, al final era un hombre o una mujer… A mí me gusta que sea claro.

–Esa claridad no está reñida con la ambigüedad. En uno de los diarios de Hija defiende las novelas en la que no todo cierra y encaja perfectamente. ¿Qué encuentra en esa ambigüedad?

–No me gustan hoy las novelas de tramas cerradas. A lo largo de mi historia de lectora, fui pasando por diversos intereses. Supongo que cuando empecé, las novelas de tramas cerradas eran las que más me gustaban. Pero hoy me gustan más las novelas abiertas, en las que no todo cierra y que no hay ningún secreto que al revelarse le da sentido a lo demás. Es una crítica que le hago a las novelas de John Banville, que me gustan mucho, pero siempre me provoca un pequeño fastidio esa especie de revelación final que le da sentido a lo anterior y que para mí no hace falta. En Antigua luz me molestó el hecho de que la mujer tuviera que estar enferma y por morirse para que tuviera esa relación con el chico. Me parecía que no hacía falta. No me gusta esa idea de escamotear un detalle que le da sentido a todo. No hace falta que todo tenga sentido.

En el capítulo titulado “El desgraciado accidente” la maldad de Natalia, todavía adolescente, parece extremar los límites cuando atropella y mata a un hombre de 52 años, padre de dos hijos varones. “Yo quería que la chica hubiera hecho algo tan grave como matar a alguien en un accidente. Pero necesitaba algo más que un accidente; entonces le pasa dos veces por arriba al pobre tipo y además la culpa a la amiga –explica la escritora–. Eso es lo que me parece más terrible: que no se hace responsable y la culpa a la amiga.”

–Más terrible es el viaje de Esmé a Estados Unidos para encontrarse con su hija, supuestamente una estudiante universitaria, y de pronto descubre que la hija está embarazada y hay detrás de ese embarazo una historia complicada...

–Ella está dispuesta a aceptarlo todo, está feliz cuando se encuentra a su hija embarazada, lo que no se imagina es lo que sigue. Para la madre es un shock violentísimo. Las cosas que hace esta chica son terribles (risas).

–¿Por qué no quiso que Esmé fuera escritora?

–No me interesaba, no me gusta trabajar con personajes que sean escritores. Me da fastidio leer novelas en las que los personajes son escritores. A mi marido le pasa otra cosa: odia las novelas en las que los personajes son publicitarios, como Esmé (risas).

–¿Siente aburrimiento o hartazgo por la autorreferencialidad de las novelas con escritores?

–No sé exactamente por qué, pero no me gustan las novelas de escritores. Prefiero a la gente que vive en su propia realidad y no esas realidades alternativas en las que vivimos los escritores. Cuando uno está escribiendo una novela, uno vive en el mundo real y simultáneamente en el mundo de la novela. Hay que estar permanentemente en ese otro mundo porque si no se pierden los hilos.

–¿Cuesta salir del mundo de la novela para volver a la realidad?

–Uno no sale del todo… Esta novela me llevó tres años; a lo mejor escribo cinco líneas, diez líneas, una página en el mejor de los casos, pero todo el día estoy alternando el mundo real con el mundo de la novela, lo tengo todo el tiempo en la cabeza porque si no cuando me siento a escribir no sé qué escribir. Tengo que estar pensando qué es lo que va a pasar a continuación, cómo voy a seguir en lo inmediato, y hacia dónde estoy yendo. Es algo que te acompaña permanentemente. Por eso cuando uno termina la novela se siente esa extraña sensación de vacío, que en realidad no es un vacío en el sentido de que algo desapareció adentro de uno, sino que es al revés: desapareció aquello que a uno lo rodeaba. Uno estaba en un mundo y de repente la novela terminó y ese mundo te expulsa y te quedás solo en la realidad. Uno está deseando terminar la novela, pero cuando la termina te sentís rara.

–En el diario escribe: “ninguna historia inventada es tan fascinante y tan poco convencional como la realidad”. ¿Por qué una escritora de ficción afirma que la realidad tiene más poder que las historias inventadas?

–Las historias inventadas, cuando son buenas, están armadas en base a trozos de lo real. Lo que uno llama imaginación es un arte combinatorio, el arte de unir hábilmente elementos que toma de la realidad. Cuando era chica y quería escribir mis primeras historias, pensaba inocentemente que había que inventarlo todo, que no valía contar cosas que a uno le hubieran pasado. Que los escritores de verdad inventaban todo. Yo trataba de inventar todo, pero lo que me salían eran cosas muy parecidas a lo que leía. La invención por sí misma no existe. Sólo cuando se vuelve a mirar otra vez el mundo real uno puede tener elementos nuevos o diferentes.

–¿Qué está escribiendo ahora?

–Sólo cosas para chicos. Hace dos años que no estoy escribiendo para adultos. No sé qué quiero escribir, no sé cómo quiero escribir en este momento… Siento que necesito algo diferente, que necesito cambiar y no sé todavía qué es lo que quiero hacer. Me perturba mucho la nueva literatura argentina, que es muy buena, muy interesante. Me gustaría que lo que escriben los jóvenes pudiera influirme como en su momento me influyeron mis maestros, la generación anterior. Me encantaría poder copiarme de los más jóvenes (risas).

–¿Qué escritoras y escritores más jóvenes la entusiasman?

–Los que ya están muy reconocidos como Samanta Schweblin, a la que le tengo enorme admiración, Hernán Ronsino, Hernán Vanoli, Federico Falco, Gabriela Cabezón Cámara… Las listas son siempre injustas porque seguro que no me acuerdo de alguno. Nunca hubo un semillero de escritores tan grande y tan interesante como hay en este momento.

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“Ser madre es una tarea culpógena”, señala Ana María Shua.
Imagen: Guadalupe Lombardo
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