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Sábado, 14 de agosto de 2010

CINE › PELICULAS ARGENTINAS CON TEMATICA GAY EN CARTELERA

¿El inicio de un cambio global o un amor de verano?

Plan B, que ya se ve en el Malba, y Otro entre otros, que el jueves se estrenará en el Gaumont, reflejan historias a las que el cine argentino no acostumbraba prestar atención. “Ahora el público está más abierto”, reconocen directores y críticos.

 Por Ezequiel Boetti

El tiempo no lo puede todo. Los tres siglos que atravesó el cine no lograron quitarle su extraordinaria capacidad de manifestar los distintos estadios emocionales de la sociedad que lo concibe. Resulta inevitable que, aun en aquellos exponentes donde prima la valoración mercantilista antes que la artística, los miedos, alegrías, tristezas, paranoias y costumbres se cuelen en cada fotograma: toda película es, ante todo, un retrato cargado de temporalidad. En esa acepción del arte como legado sociológico difícilmente resulte casual el estreno de dos films con temática homosexual en la coyuntura actual. La ley de matrimonio igualitario da espacio a un cine otrora marginado del sistema y que ahora está allí, en la cartelera comercial, al alcance de cualquier espectador. Avidez por un material que difícilmente trascendía la experiencia personal del rodaje o el trabajo facultativo, modelo de familia en crisis y una nueva visión del rol del homosexual marcan apenas el comienzo. “Es el inicio de un cambio global importantísimo”, coinciden las voces del ambiente. La tendencia comenzó en octubre pasado con Vil romance, donde José Campusano retrató con vísceras y corazón la relación homosexual entre Roberto y el cincuentón Raúl, en el conurbano bonaerense. Le siguió Adopción, el falso documental de David Lipszyc que ficcionaba el largo periplo de una pareja gay para adoptar a un hijo. Ahora llega el turno de Plan B y Otro entre otros, donde lo gay adquiere una nueva dimensión.

Estrenada el mes pasado en el Malba, donde se exhibe los sábados a las 20 y los domingos a las 18.30, Plan B narra el intento de un joven por reconquistar a su ex novia, quien soslaya su soledad en los torneados brazos de un fotógrafo (Lucas Ferraro). “Cuando la dejaste, me llamó como seis meses. Si le decís, seguro va a volver”, lo alienta su mejor amigo. Pero el amor no sabe de lógica y Bruno vuelve con alma y orgullo heridos. Le aseguran entonces que su competidor tiene la “mente abierta” y tuvo relaciones homosexuales por el puro fin de la experimentación. Así surge el plan B de Bruno (Manuel Vignau) y título de la ópera prima de Marco Berger: enamorarlo para que él la deje a ella y así allanarse el camino para la recomposición amorosa. Pero la idea se sale de los carriles y la amistad artificial se torna un enamoramiento. “Quería darle otra visión a una historia de amor donde se plantea que al final de todo no es tan grave ni tan terrible. La película apunta a un público popular con desconocimiento del tema y a que el espectador haga el proceso mental de los personajes”, explica el director a Página/12. Más allá de la temática y la carga homoerótica latente en el metraje, Plan B se vale de los resortes clásicos de la screwball comedy adosándole una reversión genérica: si en aquéllas la trama gira en derredor de “chica conoce chico”, aquí es “chico conoce chico”. “Hago las películas que no encuentro o creo que no hay. No lo hice como catarsis personal sino desde la catarsis cinéfila: querer ver lo que nadie hace. Veo todas comedias de varón-chica; bueno, ésta no, varón-varón”, explica el también guionista, para quien su film busca naturalizar la situación y “que el público entienda que nadie se convierte por ver una película así”.

A diferencia del clasicismo ficcional de Berger, Maximiliano Pelosi utiliza el documental para inmortalizar su militancia LGBT en Otro entre otros, que se estrena el próximo jueves en el cine Gaumont. La idea surgió cuando él, católico, conoció a su actual pareja proveniente de una familia judía ortodoxa. “Me crucé a la madre en un local y nos pusimos a hablar. Ella no sabía nada de él, y eso me pareció injusto no para mí sino para ella. Sentí que se estaba perdiendo la vida de su hijo, no sabía lo que pasaba delante de sus narices, no se daba cuenta”, confiesa el director a este diario. El film articula el relato de cuatro homosexuales pertenecientes a la comunidad Judíos Argentinos Gays (JAG). “Hay una doble mirada. La película plantea una otredad dentro de otra otredad, una minoría dentro de otra minoría. La película no sólo apunta a judíos, porque todas las religiones tienen en común las estructuras míticas donde se fundan”, explica.

Ambas son películas comprometidas en una cartelera usualmente pacata, pero los directores no creen que el actual panorama favorable para la comunidad gay incida en la viabilidad de proyectos de estas características. “Plan B hubiera sido imposible años atrás, no por su temática sino por las condiciones por fuera del sistema con que la hice. Quizás un tiempo antes sí hubiera sido difícil, pero ahora el público está más abierto”, arriesga Berger. Pelosi tiene más experiencia en el ambiente. Formó parte de la compañía Wap, que en 2001 produjo Lesbianas de Buenos Aires, de Santiago García, y Un año sin amor, que narraba la historia de un escritor gay con tendencias sadomasoquistas. “Me doy cuenta de que hay un proceso de cambio y que estos productos se reciben de diferente manera. No sé si hubiera sido imposible en la década del ’90, pero sí distinto”, arriesga.

Este par de films son los últimos exponentes que pugnan por un cambio de paradigma. “Son personajes con conflictos porque son humanos, no unidimensionales. Muestra lo negativo y positivo del ser, de la identidad. Tanto la idea de bisexualidad como la relación entre la sexualidad y religión se ponen en circulación en un marco determinado: la barrial en Plan B y la judía en Otro entre otros”, analiza Diego Trerotola, redactor del suplemento Soy de este diario y programador del Bafici. Es una figura distinta, extraña para una cinematografía local siempre tan cómoda en la caricaturización de las minorías. “Es la forma que tiene la sociedad de sobrellevar a ese otro, enmarcándolo en ciertas características para que le sea fácil soportarlo y sobrellevarlo. Y mostrar que ese otro no es así tiene que ver con la sociedad en general, con el acostumbramiento a ver cosas diversas y el aggiornamiento social”, arriesga Pelosi. Por eso resalta Plan B, porque se permite un desenlace poco común para dos personajes de una comunidad maltratada y estereotipada no sólo en las calles sino en el cine: un final feliz. Treinta años atrás era una entelequia. “El homosexual siempre tuvo un rol lateral y tenía una función servil dentro de la narración, sin jerarquía narrativa. No solamente eran personajes secundarios sino también degradados”, afirma Trerotola.

Treinta años de cambio

La liberación artística que trajo el retorno democrático en 1983 no excedió la faceta política: la sociedad, aletargada por la fajina, necesitaba ver plasmado el horror en pantalla, experimentar una catarsis colectiva en el cine. La representación abierta de las orientaciones sexuales alternativas debió esperar recién hasta abril de 1985, cuando se estrenó Adiós, Roberto. El film de Enrique Dawi, protagonizado por Carlos Calvo, Víctor Laplace y Héctor Alterio, narraba la historia de un hombre que, luego de divorciarse de su esposa, empezaba a compartir la casa con su primo, homosexual declarado. Un año después llegó una película histórica por una supuesta apertura, que vista hoy resulta puro humo. Otra historia de amor, de Américo Ortiz de Zárate, contaba el devenir del romance entre Raúl (Arturo Bonín) y Jorge (Mario Pasik), y aun hoy se la recuerda por la escena de la bañera donde ambos sellan el amor con un beso que, sin embargo, no se muestra: apenas se sugiere. “Está filmado detrás de una botella no sólo por pudor sino por el miedo a la aceptación o no del público. No se podía ver a esos dos personajes supuestamente masculinos con la dimensión que podía tener un gay. Era la política de la no-diferencia: el gay sin rasgo ni cultura propios. No hacían nada que les diera una dimensión social: eran oficinistas, personajes desdibujados”, recapitula el periodista, quien ensaya una justificación amparándose en la autocensura de la época y en un error fundamental de apreciación: “El cine debía representar a las mayorías para que se identifiquen. A los gays les borraban cualquier cosa que pudiera molestar y terminaban como personajes decorativos. Otra historia de amor no tiene dimensión, es un proyecto sin vida que se queda sólo en el gesto”.

Hubo que esperar hasta el nacimiento del Nuevo Cine Argentino para que el homosexual adquiriera un espesor dramático y narrativo hasta entonces inaudito. La piedra fundamental la colocó Adrián Caetano con el personaje gay de Héctor Anglada en Bolivia, un buscavidas que flirteaba con Freddy, el protagonista. Desde ese momento el gay ya no fue una realidad aislada sino que adquirió una dimensión social antes que sexual. Le siguió el corto de Albertina Carri, Barbie también puede eStar triste, un corrosivo melodrama de animación que narraba el triángulo amoroso entre la blonda, un Ken sadomasoquista y la mucama latina. “Hay una idea de la diversidad sexual nueva: la travesti, la lesbiana, el heterosexual conviven de manera orgánica. Esas películas que tienen que ver con los nuevos realizadores ponían al gay en un lugar totalmente distinto”, asegura Trerotola. El público, tímido, respondió y aceptó la diversidad en la pantalla. Fuera del circuito comercial, los directores empezaban a militar desde su oficio al tiempo que la ausencia de espacio para exhibirlo arrastraba las películas hacia el olvido. La temática LGBT pedía a gritos un espacio propio.

Fue Gabriela Waisman quien en 2004 puso manos a la obra y creó el Festival Internacional de Cine Gay, Lésbico y Trans de Argentina: el Diversa. “La primera intención era que ese material llegue y circule para generar espacio y que se produzca más material acá. Fue la primera actividad puramente cultural masiva que tuvo una participación distinta, más de invitación que de confrontación”, recuerda. Mal no le fue: pasó de las seis películas nacionales que agrupó en la primera edición a las quince de 2010, cuando se premió a Plan B. Fueron seis años nada fáciles donde no faltó el apoyo moral, ni la palmada en la espalda, pero sí el dinero. “Todos trabajamos ad honorem y es muy difícil sostener un equipo estable porque es una temática muy específica que demanda mucho tiempo. El festival no se hace no porque le haya ido mal sino porque es muy dificultoso”, explica la directora.

El Diversa allanó el camino para que varios festivales latinoamericanos recogieran el guante y agruparan cortos y largos con esta temática. La ciudad chilena de Valparaíso será sede del primer Festival Internacional de Cine de Diversidad, en enero de 2011. Una de las secciones estará dedicada al cine nacional y será programada por el periodista Juan Pablo Russo. “Hay una tendencia que habla sobre la homosexualidad masculina y muy poco de la femenina, sobre todo en los largos. En los cortos no hay una sexualidad explícita sino que se trabaja una faceta más ambigua”, señala el editor del portal escribiendocine.com. Más próxima en tiempo y espacio está la cuarta edición del Festival Internacional de Cine sobre Diversidad Sexual y de Género del Uruguay Llamale H, a comienzos de septiembre.

La ley y el cine

La declaración de la ley de matrimonio igualitario se vislumbra como punto de quiebre para el cine de temática gay, pero también genera la incertidumbre propia de lo novedoso y desconocido: hacia dónde irá el modelo cinematográfico de familia, qué rol ocuparán los homosexuales ya no en los films temáticos sino en el industrial y de aspiraciones más comerciales, son algunas preguntas que encontrarán respuesta en los próximos meses. “No sé si seguiré haciendo películas de este estilo, pero sí que me gusta experimentar distintos géneros. Siempre busco que la presencia de lo gay esté justificada”, señala el director de Plan B. La inclusión de relaciones homosexuales en historias que hace décadas se rigen por la vinculación amorosa entre un hombre y una mujer dependerá también de la existencia de un mercado con capacidad de sostenerlo. “El cuento chica-chico es el que se cuenta siempre, es el común, y no creo que se pierda, aunque ciertas películas sí pueden abordar cosas más genéricas y no tan particulares”, arriesga Pelosi. Por lo pronto, el aumento se corporiza en un interés por las filmografías y temáticas de diversidad sexual. “Creo que van a aparecer más películas porque otros directores van a querer mostrar su historia. Es apenas el inicio de un cambio global importantísimo de muchos años”, dice Waisman. En algunas semanas se estrenará Lengua materna, de Liliana Paolinelli. Allí una madre (Claudia Lapacó) descubre que la mejor amiga de su hija (Virginia Innocenti) no es sino su pareja. Será una buena medida para saber si existe un auténtico interés o es apenas una moda pasajera, un amor de verano.

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“No hice Plan B como catarsis personal, sino desde la catarsis cinéfila: querer ver lo que nadie hace”, asegura el director Marco Berger.
 
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