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Jueves, 23 de febrero de 2012

CINE › EL TOPO, DE TOMAS ALFREDSON, CON GARY OLDMAN Y JOHN HURT

La Guerra Fría, pesadilla burocrática

El director de Criatura de la noche encara su versión de la clásica novela de John Le Carré como un film de época, capaz de dar cuenta de un momento en el que lealtades y traiciones –a una causa, a una amistad– tienen que ver con el espíritu de su tiempo.

 Por Luciano Monteagudo

Cuando John Le Carré publicó la primera edición de su novela El topo, en 1974, y cinco años después, cuando la BBC hizo una primera adaptación para la televisión, protagonizada por Alec Guinness, la Guerra Fría era un tema caliente, y los espías que se pasaban de bando, un problema contemporáneo. Visto con la perspectiva de hoy, ese mundo luce irremediablemente remoto y ése es el enfoque que privilegia esta nueva versión del clásico relato de espionaje de Le Carré: el de un film de época, capaz de dar cuenta de un momento en el que las lealtades y traiciones –a un país, a una causa, a una amistad– tenían que ver con el espíritu de su tiempo.

Hay algo de desafío no sólo en la puesta en escena, sino en la concepción de todo el proyecto de este nuevo Topo: hacer hoy una película deliberadamente anacrónica, como las que ya no se hacen, alejada por completo del efecto de espectacularidad, donde la acción física se reduce al mínimo indispensable y la tensión es esencialmente psicológica, una suerte de perverso juego de ajedrez entre hombres tan solos y opacos como peligrosos. La soledad, de hecho, era un tema central en Criatura de la noche, el estupendo film previo del director sueco Tomas Alfredson, que renovó la mitología vampírica, y se diría que ahora en El topo ese destierro del alma vuelve a ser un leitmotiv fundamental.

Es el caso de George Smiley, el legendario espía del Servicio Secreto británico creado por Le Carré y que aquí cobra nueva vida en la excelente caracterización de Gary Oldman. Tan gris y sombrío como su entorno, el Smiley de Oldman casi no tiene emociones a la vista, si no fuera por lo que el actor es capaz de expresar apenas con la mirada, atenuada a su vez por las gruesas gafas detrás de la que se oculta. Jubilado durante una purga interna, Smiley vuelve sin embargo al ruedo como un agente encubierto cuando desde las más altas esferas le piden ayuda para descubrir a un traidor, a un topo soviético que estaría infiltrado en la cúpula del Servicio Secreto británico y que su jefe (John Hurt) no alcanzó a descubrir antes de su muerte.

A diferencia de los films de espionaje habituales, que viajan vertiginosamente por el mundo, El topo apenas si se desplaza más allá del centro de Londres. Hay una operación fallida en Budapest, que desata la trágica rueda de acontecimientos, y otro paso en falso en Estambul, donde la KGB secuestra a una agente soviética a punto de pasarse al bando occidental, pero Smiley no está en ninguna de esas ciudades. Su investigación la lleva a cabo desde la sórdida habitación de un hotel londinense, desde el cual va moviendo con maestría las piezas que necesita para desenmascarar al enemigo y ganar la partida. Para ello, él también necesita infiltrar a su propio topo en el Circo, el cuartel general del servicio secreto, que Alfredson filma un poco a la manera en que Orson Welles encaró su versión de El proceso de Kafka: como un laberinto fútil de pasillos, escritorios y carpetas.

Todo en ese ambiente es plomizo, triste, apagado, no muy diferente de cómo los británicos a su vez podían imaginar las catacumbas de la KGB. Y no parece difícil que en ese lúgubre nido de víboras, en las inmediaciones del Covent Garden, pudiera haber alguien que pensara que del otro lado de la Cortina de Hierro existía quizás una causa por la cual todavía valía la pena luchar, o siquiera vivir. En esa guerra de voluntades que plantea el film, nadie parece que haya sido o pudiera ser feliz, empezando por el mismo Smiley y siguiendo por todos y cada uno de sus sospechosos. Una sorda corriente de homosexualidad reprimida tiñe a su vez de frustración a ese conjunto de hombres trajeados y ligeramente ridículos.

Si evidentemente algo se le puede cuestionar al film de Alfredson es que en su necesidad de sintetizar una novela larga y compleja –que en la primera versión para televisión demandó cinco capítulos de una hora– la trama por momentos se vuelva farragosa y oscura. Es una queja repetida cuando se trata de películas de espionaje, de la que esta versión de El topo no se salva. A cambio, ofrece un elenco de primera línea, una puesta en escena muy meditada –tan gélida y distante como sus personajes– y una visión de la Guerra Fría como lo que quizá fue: un asunto de oficina, una auténtica pesadilla burocrática.

7-EL TOPO

(Tinker Tailor Soldier Spy, Gran Bretaña/Francia/Alemania, 2011).

Dirección: Tomas Alfredson.

Guión: Bridget O’Connor y Peter Straughan, basado en la novela de John Le Carré.

Fotografía: Hoyte van Hoytema.

Música: Alberto Iglesias.

Intérpretes: Gary Oldman, Colin Firth, Tom Hardy, John Hurt, Toby Jones, Mark Strong, Ciarán Hinds, Kathy Burke, David Dencik, Svetlana Khodchenkova.

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Gris y sombrío como su entorno, el Smiley de Gary Oldman casi no tiene emociones a la vista.
 
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