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Lunes, 28 de mayo de 2012

CINE › PAULA MARKOVITCH Y EL PREMIO, SU ELOGIADA óPERA PRIMA

“La crueldad y el nazismo se respiran”

La película, que se exhibe hoy en el marco del Festival de Derechos Humanos, describe el modo en que la dictadura influía en la vida familiar cotidiana. Y hasta en la rutina de una niña de siete años. La que fue Markovitch. El film fue premiado en Berlín.

 Por Oscar Ranzani

Radicada en México desde hace más de dos décadas, la argentina Paula Markovitch no se olvidó de su tierra a la hora de debutar como cineasta ni tampoco de su infancia: su ópera prima, El premio, tiene fuertes tintes autobiográficos y transcurre en la Argentina. Relata la historia de una mujer y su hija de siete años, quienes, en la época del terrorismo de Estado, viajan a San Clemente del Tuyú a refugiarse de los represores. La niña debe fingir toda información que haga sospechar a cualquiera de que sus padres son militantes. Cecilia le pregunta a su madre por qué tiene que mentir, pero le hace caso. Hasta que un día, en la escuela, los militares organizan un concurso literario y Cecilia participa. Pero ante la inminencia del anuncio del ganador, las cosas se complican. El premio –que se exhibirá a las 22 en el Espacio Incaa Km 0 Gaumont (Rivadavia 1635), como parte de la programación del Festival Internacional de Cine de Derechos Humanos– viene con un galardón importante: obtuvo el Oso de Plata a la mejor aportación artística en la 61ª edición del Festival de Berlín.

“Yo viví cuando era niña en San Clemente, estuve en esa playa, fui a esa escuela donde está contada la historia, incluso a la misma aula donde filmamos. Y me pasaron muchas cosas de las que cuento en la película, pero no todas”, aclara Markovitch en diálogo telefónico con Página/12, desde México. Sus padres eran artistas plásticos y de ellos heredó el placer por el arte y la cultura. Así fue como Markovitch comenzó a escribir sus primeros textos con tan solo ocho años. Su infancia, marcada por la dictadura, dejó un recuerdo tan horrible como imborrable: su prima fue asesinada por los genocidas. “Mis padres estaban semiclandestinos, como cualquier artista o persona inteligente. En realidad, cuando hablan de la clandestinidad, yo creo que el país entero estaba clandestino. Yo enterraba libros con mis padres”, dice comparando la realidad con una escena de la película en la que la madre de Cecilia entierra libros “comprometedores” en la arena de la playa de San Clemente. “Mi padre tenía muchos amigos militantes, sobre todo en el PRT, pero no militó activamente; es decir, cuando sus amigos empezaron a pasar a la clandestinidad, él eligió apartarse. Y la única ayuda que prestaba, y que era muy peligrosa, fue que escondía a algunos amigos en la casa”, recuerda Markovitch.

–¿El film busca mostrar cómo la perversidad de la dictadura influía hasta en lo más cotidiano de la vida familiar?

–Si eso sintió al verlo, me alegra, porque es la sensación hasta en lo más íntimo de la vida de cualquier persona. No existe un contexto histórico separado de la vida privada o íntima. Estoy convencida de que en la dictadura no hubo una guerra sino una persecución de Estado. Cuando hay guerras o dictaduras, como en el caso nuestro, la crueldad de la dictadura se inmiscuye hasta en una amistad entre dos niñas de siete años.

–¿Por qué decidió contar cómo se reflejaba el terrorismo de Estado sin alusiones explícitas?

–Porque quise contar mi experiencia frente al terrorismo de Estado. Por suerte no tuve contacto directo con la sangre, la muerte y la tortura. No tuve la experiencia directa. En realidad, la tuve porque a mi prima la asesinaron, pero me refiero a que yo nunca vi una tortura. Por suerte nunca la vi. Pero por supuesto que vi las consecuencias de eso. No es algo sutil o metafórico: es obvio. Por eso, el terrorismo de Estado, la crueldad y el nazismo (para mí el Estado terrorista argentino lo aprendió del nazismo) se respiran. No hay manera de verlos. Es como si estás afuera y llueve, y no te explicaron lo que es la lluvia, pero te estás mojando. No es algo que haya que entender racionalmente, es algo que se vive en el cuerpo cotidiano todos los días.

–¿Cecilia es consciente de por qué tiene que mentir fuera de su casa o se lo toma como un juego?

–Ambas cosas. Cuando uno tiene siete años, todo se lo toma como un juego. Hasta el peligro de muerte se lo toma así. El personaje de la niña es consciente porque su madre le comunica que está en riesgo su vida, que sus familiares están desaparecidos. En esa época, los padres tenían que tomar una decisión: comunicar las cosas o no. A mí me las comunicaron y a la niña de la ficción también. Pero eso no significa que en el camino a la escuela no se olvide de todo eso y se ponga a jugar.

–¿Y puede asimilar palabras como “exilio”, “miedo” y “soledad” una niña de siete años?

–Puede vivir el exilio, el miedo y la soledad. Y las palabras también puede entenderlas. Yo, a esa edad, era escritora, y de hecho, creo que, a veces, los niños entienden mejor el exilio, el miedo y la soledad porque los perciben sin ningún filtro, sin ninguna lucubración mental ni sofisticación. Cuando se sienten solos, se sienten solos y cuando tienen miedo, tienen miedo.

–¿Y cuánto de usted tiene Cecilia?

–Como una vez le decía a Paulita Galinelli Hertzog, la pequeña actriz: para mí ella es mucho mejor de lo que yo fui. Hay muchas cosas de mi vida que están, como, por ejemplo, la pasión por la literatura, que nació cuando era muy chica, el amor por ese paisaje, por ese viento, por esa desolación que, al mismo tiempo, siempre me resultó tan fascinante. Y, por otro lado, creo que Paulita le puso al personaje una dignidad y una vitalidad que no estaba en el texto y que me parece muy hermosa.

–¿Puede haber belleza y alegría en un contexto tan difícil y complicado? ¿La película busca dar respuesta a esta pregunta?

–Sí, tal cual. Escribí en algún texto que mi propósito era contar cómo la alegría y la belleza, justamente, florecen en cualquier contexto, incluso en los más de-sérticos. Y mi propósito al mostrar a esas niñas corriendo en el desierto era mostrar cómo esa alegría florece como una flor exótica, aun sin agua. Creo que la vida encuentra la manera de aparecer aun en los lugares más desérticos. La vida y el arte son las formas de resistencia más naturales y genuinas porque aparecen siempre. No hay ningún período histórico, por más cruento que fuera, que no haya tenido arte.

–Por cómo se bajaban ideas del régimen a las instituciones educativas, se sabe que a los chicos, si bien no les aplicaban picanas, se los torturaba de otra manera, ¿no?

–Exacto. Mi recuerdo es que desde las escuelas primarias se alentaba la delación y el señalamiento de lo diferente. Y yo creo que la sociedad argentina no ha quedado inmune. Cuando alguien dice: “Ya pasaron 35 años, hay que olvidar”, yo creo que se puede seguir adelante, pero lamentablemente siento que el fascismo atraviesa toda una sociedad, después queda impregnada de eso. Siempre pienso que lo primero es juzgar y castigar a los culpables. Y luego, toda la sociedad debe revisarse, a ver qué ha quedado en nuestras almas. Es decir, tenemos que preguntarnos que quedó de esa manera de pensar en nuestras costumbres más cotidianas. Para mí, ése es el gran desafío de la sociedad argentina de hoy.

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Markovitch cuenta su experiencia durante la dictadura.
 
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