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Jueves, 27 de junio de 2013

CINE › RITMO PERFECTO, DE JASON MOORE, CON ANNA KENDRICK, BRITTANY SNOW Y ANNA CAMP

Una sorpresa con formato de musical

El film se apropia de la premisa básica de “chica universitaria quiere triunfar en lo suyo” –ser DJ, en este caso– para subvertir los posibles prejuicios del espectador mal predispuesto a fuerza de incorrección, gracia y algunos de los mejores oneliners del año.

Es cierto que el estreno de hoy –o de este mes, o inclusive de este año– es Antes de la medianoche, pero Ritmo perfecto pide a gritos –o con canto a capella– al menos un poco de atención. Ok, el poster y el título local no ayudan mucho. Más bien generan el efecto contrario, emparentándola con uno de esos musicales del mercado televisivo norteamericano destinados a púberes y adolescentes. El primer gran mérito de este tal Jason Moore (de amplia experiencia en Broadway, con alguna nominación a los Tony incluida) es la plena conciencia de lo anterior, proceso que se manifiesta en la apropiación de una premisa básica de “chica universitaria quiere triunfar en lo suyo” para subvertir los posibles prejuicios del espectador, mal predispuesto a fuerza de incorrección, gracia y algunos de los mejores oneliners del año. Si se le adosa la honestidad de una película deportiva, se completará un combo notable. Tanto como para hacer de ésta una de las grandes sorpresas del año.

Ya desde la primera escena queda claro que no se está frente a un trampolín para vender CD. O quizá sí, pero al menos Moore se preocupa por hacer una película en serio. Todo comienza con una competencia de canto a capella en la que los chicos de Treblemakers se imponen frente a las chicas de Barden Bellas, cuya líder termina... vomitando a la platea. Y esa secuencia en algún momento se verá en primer plano, con salpicaduras y todo. La acción se traslada a casi un año más tarde, cuando Beca (Anna Kendrick, la novata con cara de ratón de Amor sin escalas) llega a la universidad para estudiar algo que nunca queda del todo claro qué es, pero que definitivamente no le importa: ella quiere vivir en Los Angeles y ser DJ. Razón más que suficiente para trabajar como chepiba de una disquería, pasarse días enteros mezclando sonidos e integrar, menos por voluntad que por imposición, el grupo musical derrotado. Para esa época también se instala en el campus Jesse (Skylar Astin, protagonista de otra buena comedia como 21, la gran fiesta), al que, claro está, le gusta cantar. Y lo hace tan bien que termina formando parte de los Treblemakers, a la vez que es compañero de trabajo de Beca.

Todo lo anterior abre el camino fácil a la parodia, ya que no hace falta mucho para entrever un interés romántico entre los protagonistas, postergado por la pertenencia a sus bandos. Bandos que, por otra parte, se enfrentan en duelos callejeros de canto cada dos por tres. Pero lo cierto es que Moore le hace pito catalán al camino fácil, evitando el refrito de greatest hits del género para, en cambio, construir un mundo cuya referencialidad constante al universo pop (el leitmotiv es la icónica “Don’t You Forget About Me”, de El club de los cinco) no impide la autosuficiencia de sus mecanismos. Llegado este punto, es inevitable pensar en Glee. Y sí, el film sigue la línea de reivindicación de la marginalidad imperante en la serie de Fox, pero lo que allí era humanismo y corrección política, acá se corrompe con la acidez y el desparpajo de la Nueva Comedia Americana. En ese sentido, el universo poblado por jovencitas, todas ellas partes iguales de superficialidad, tontería, honestidad, inocencia y bondad, encuentra una filiación más directa en el amor infinito de Dulces y peligrosas antes que en la vacuidad aséptica de, por ejemplo, High School Musical.

Ritmo perfecto podría resumirse, entonces, como una conjunción entre el tono calculado y naïf de Disney y la comodidad bienpensante de Glee rebozados con la complejidad del movimiento apadrinado por Judd Apatow. Ver si no la notable perversión subyacente al laconismo de la integrante oriental del grupo, las motivaciones de la gordita para autodenominarse Fat Amy (Rebel Wilson, reversión genérica de Jonah Hill) o la necesidad constante del desubique de los comentaristas de las competencias encarnados por el misógino John Michael Higgins y la calentona Elizabeth Banks. O si no el derrotero del coordinador de las audiciones (Christopher McLovin Mintz-Plasse), víctima confesa de un bullying que trasciende el insulto, la gaseosa en la cara o el empujón para convertirse en una auténtica aventura. Aventura que incluye una mochila de Dora, la exploradora y la visita casi en bolas al vestuario de mujeres.

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Moore le hace pito catalán al camino fácil evitando el refrito de greatest hits del género.
 
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