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Martes, 24 de agosto de 2010

PLASTICA › LA MUESTRA DE BERNI QUE EL MUSEO NACIONAL DE BELLAS ARTES OFRECE POR EL BICENTENARIO

Antonio Berni, citas con la historia

A través de una treintena de obras cruciales de Berni, la exposición Narrativas argentinas establece conexiones y contextos precisos para iluminar las relaciones entre el pintor y los momentos históricos que le tocó vivir.

 Por Fabián Lebenglik

Algunos piensan que lo que define a un clásico (que a su vez sería el motivo por el cual su obra se sostiene, crece y atraviesa la flecha del tiempo) es que su sentido quedó congelado porque la posteridad coloca el sello de “clásicos” a las piezas que por tan transitadas se agotaron y ya no ofrecen rispideces. De modo que sus posibles aristas se fueron puliendo para transformarse en terminaciones romas. Algo así como la transformación de un plato indigesto en papilla predigerida para incluir en el Reader’s Digest.

Otros piensan lo contrario: que los clásicos son inmunes al desgaste; que lo que mantiene vivo a un clásico es la multiplicidad y complejidad de lecturas, que puede y debe continuar siendo objeto de debate; que los clásicos son el campo de disputa de ideologías en pugna por imponer sentidos y que la lucha de sentidos produce tensiones interpretativas, puntos de vista variados.

En este sentido a Antonio Berni (1905-1981) no hay que ir a buscarlo ni se puede ya descubrirlo, porque está siempre ahí. Cualquier exposición antológica sobre su obra debe ofrecer un plus, una mirada lúcida para superar la mera arqueología y generar, en cambio, lecturas pertinentes y productivas.

La muestra Narrativas argentinas, con curaduría de Roberto Amigo y Martha Nanni, que propone el Museo Nacional de Bellas Artes en el marco del Bicentenario, presenta un recorrido, según se afirma, “en torno a un destacado conjunto de su pintura, realizada entre los años treinta y los ochenta, en la que se entrecruzan decisiones estilísticas, cambios formales dentro de la figuración narrativa y la pervivencia de tópicos iconográficos. La muestra, que no se atiene a una lectura cronológica, evidencia la afirmación personal de un hacer creativo atento a la vida de los sectores populares, los obreros y los marginales. La exhibición da cuenta de un artista que unió sus intereses plásticos a su postura ideológica, cuestiones presentes en el carácter político y social de su producción. Recorrer su pintura invita a reflexionar sobre algunos tópicos de la historia y la plástica argentinas del siglo XX”.

El título de la muestra indica la condición discursiva de la pintura de Berni, junto con una pertenencia territorial y geopolítica.

El curador Roberto Amigo, en su texto para el catálogo, se para en los principales procesos históricos del siglo veinte y toma la categorizacón del historiador británico Eric Hobsbawm. “Es posible agrupar la obra del artista –apunta Amigo– dentro de aquellos bloques que señaló el historiador británico en su clásico Historia del siglo XX. 1914-1991, para interpretar el pasado siglo (‘era de las catástrofes’, 1914-1945; ‘edad de oro’, 1945-1973, y ‘derrumbamiento’, 1973-1991).”

La formación artística, desde el siglo XIX y hasta las primeras décadas del XX, no se consideraba completa en la Argentina sin el canónico viaje a Europa –el viaje hacia la pintura–, que Berni consigue gracias a dos becas. En 1925 llega a Madrid, en tiempos en que España –ya extinguido el furor de las vanguardias– pasaba por una etapa cultural relativamente pobre de la cual el artista rosarino rescata una ineludible tradición pictórica (en el texto citado se anotan cinco pintores que marcaron en distintos sentidos a Berni: El Greco, Goya, Velázquez, Zurbarán y Murillo). El joven pintor argentino decide entonces ir a París, donde vive cuatro años. Allí se especializa en grabado con Max Jacob y se pone en contacto con la aristocracia surrealista y dadaísta: Louis Aragon, André Breton, Marcel Duchamp, Tristan Tzara, Salvador Dalí, Paul Eluard y Luis Buñuel. Era el período de entreguerras, cuando la realidad parecía moverse frenética, de crisis en crisis, hacia una nueva, inevitable, guerra mundial. En París los códigos de ruptura de las vanguardias funcionaban como señal clave y salvoconducto de los artistas e intelectuales europeos, relacionados todos entre sí, que presentían en sus obras el horror inminente. Berni había sido absorbido de manera apasionada por todo aquel abanico de estéticas y se aboca a pintar cuadros surrealistas, hacia fines de la década del veinte.

Se conecta también con los argentinos residentes en Francia y expone junto con los que formaban el “Grupo de París” (Badi, Basaldúa, Butler y Spilimbergo). Por esa época se introduce en dos de los sistemas de pensamiento que tendrán enorme influencia en la historia de las ideas del siglo XX, el psicoanálisis y el marxismo: el inconsciente y la conciencia de clase conforman un sustrato futuro de su obra.

El año de la vuelta de Berni a la Argentina, 1930, coincidió con el inicio de la historia siniestra de medio siglo de golpes militares y dictaduras. Es el año que hace bisagra en su pintura, porque el pintor abandona el surrealismo poco tiempo después. “El artista está obligado a vivir con los ojos abiertos –decía Berni–, y en ese momento la dictadura, la desocupación, la miseria, las huelgas, las luchas obreras, el hambre, las ollas populares, eran una tremenda realidad que rompía los ojos.”

El comunismo (primero como afiliado y luego como alguien cercano) es el prisma desde el cual Berni interpretaba la política. Amigo liga con detalle el contenido iconográfico de cada una de las obras con las discusiones y estrategias del PC y su adaptación a estas pampas.

También se señala su indefinición respecto del peronismo, lo cual no impidió que siempre intentara comprenderlo. En su texto, Amigo profundiza en cada obra, en su técnica, sus sentidos, su relación directa, oblicua o cifrada con el contexto; en el marco de las discusiones políticas, ideológicas, religiosas, reconstruyendo el marco histórico y las posibles claves interpretativas de la época. El diálogo con cada momento, las polémicas y luchas (por ejemplo en confrontación con la Acción Católica en los años treinta); así como la puesta en imagen de los puntos de vista del PC sobre la cuestión nacional, la autodeterminación, los pueblos originarios, la situación obrera, las consecuencias de la crisis del ’30, etcétera.

En el cruce de las técnicas (temple, óleo, técnicas mixtas), imágenes, luchas políticas y simbología religiosa de Berni, el catálogo cita un fragmento furibundo que los obispos argentinos lanzaron en 1931: “Los tiempos son duros para las almas: el paganismo de las ideas y de las costumbres se va enseñoreando de los pueblos y de los gobiernos, de las leyes, de la prensa, de las cátedras y de la vida social, de las diversiones públicas y de las relaciones domésticas [...]. No podremos luchar contra los nuevos enemigos y contra la nueva táctica, con las armas de antaño y con la táctica de otros tiempos. Sería deplorable la suerte del más intrépido caballero, si cometiese la imprudencia de presentarse ante una ametralladora moderna, con la lanza de Alejandro, con el escudo de Julio César y con la espada del Cid. No restamos ningún mérito a los antiguos paladines, pero sabemos que aquellos héroes se valdrían hoy en día de otra clase de instrumentos y de táctica diferente, conservando el mismo valor y desplegando igual maestría. La nueva organización del apostolado seglar, denominada Acción Católica, es un regalo que nos envía la Divina Providencia, para ayudarnos a triunfar con mayor éxito, en las nuevas batallas del Señor”.

También la muestra resulta elocuente respecto de la obra berniana de las década del cincuenta y sesenta, en contrapunto con el peronismo y luego la invención de los personajes Juanito Laguna y Ramona Montiel y sus itinerarios ideológicos. En los años sesenta Berni ya es un artista consagrado.

Un terreno delicado es la posición de Berni durante la última dictadura, en la que sus temas siguen siendo críticos, pero no sus gestos ni su actuación pública.

En este punto, respecto de la actitud de Berni durante los años de la dictadura que le tocó vivir, el curador sostiene que “el artista mediático Antonio Berni acepta un pacto: exposiciones oficiales, fotos en la prensa, honores institucionales, pero no ocupa ningún cargo en el régimen y continúa en algunas de sus pinturas con la denuncia al sistema represivo, sin siquiera apelar a las metáforas para evitar la censura; son obras tan explícitas como las de los años cincuenta, que no necesariamente deben ser expuestas. Para ello estaba su obra histórica, sus Juanitos, su pintura neoyorquina, obras como Contraste o Tailor, donde la denuncia –resuelta en contraste de color/blanco y negro para las figuras “sociales”– es de la sociedad de consumo americana”.

La producción de Berni es un yacimiento artístico y si el Bicentenario ofrece la posibilidad de la reflexionar retrospectivamente sobre el país, su pintura permite muy especialmente una mirada política. Así, los procesos históricos y sociales establecen vías de lectura privilegiada, que en alguna medida podrían perderse si no se recuperara el contexto en el cual fue hecha. En este sentido, la treintena de obras que conforman la exhibición están muy bien elegidas para pensar el siglo XX argentino a partir del cruce de coordenadas artísticas y políticas.

En MNBA, Libertador 1473, hasta el 3 de octubre.

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Desocupados (218x300 cm) y Manifestación (180x250 cm), dos temples de Berni de 1934.
 
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