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Viernes, 2 de marzo de 2007

PLASTICA › MURIO EL PINTOR ALBERTO CEDRON

Adiós al brujo que pintaba

 Por Lautaro Ortiz

Con el huracán en el pulso. Así pintaba Alberto Cedrón, “el negro” o, como lo bautizó para siempre Miguel Briante, “El brujo que pinta”. Había regresado a Buenos Aires hacía sólo tres años, después de una larga y exitosa estadía en Lisboa: “Viste cuando estás en la cama y no hay forma de acomodarse, cuando sentís que la noche está maldita... toda una noche maldita que me llevó muchos años, por eso estoy acá, no aguanté más, extrañaba el humor argentino y la luz de esta ciudad, sabés qué distinta es la luz allá”, confesaba. La reedición de su mítica historieta La raíz del ombú (2004), escrita junto a Julio Cortázar, era una buena excusa para recalar otra vez en la ciudad que siempre quiso.

Hermano mayor del músico Juan “Tata” Cedrón y del cineasta el Tigre Cedrón, el brujo Alberto siempre creyó en el poder de sus manos: “Desde pibe estas manos me dieron de comer y mirá ahora las cosas que hacen”, decía en largas y alegres conversaciones telefónicas matutinas cuando andaba enchufado en una serie basada en las memorias de José Paz (el “manco” bajo un cielo de empanadas) o bien cuando atacaba escenas de un erotismo brutal, “tal como debe ser el amor”. El regreso a Buenos Aires le había deparado algunos sinsabores, el silencio de algunos ghettos, la vista derruida de aquel imponente mural de hierro y aluminio fundido que construyó en los ’70 en la plaza Roberto Arlt. Sin embargo, el humor le daba fuerzas. Alberto era una usina de ideas, “las ideas si no se llevan a la práctica te las espanta el viento”, repetía, y cada ocurrencia las llevaba a cabo, como aquella última cuando publicó en los clasificados del diario un aviso inquietante: “Compro máscara sin pasado. Pago bien”, y después se puso a esperar (gente que le ofrecía máscaras mapuches, egipcias, etc.) para terminar con una conclusión: “Cómo le cuesta a la gente de este país entender la imaginación”.

A pesar de sus largas estadías en Brasil (donde convivió con los indios en Alto Xingú en el Mato Grosso), Venezuela y en varias ciudades europeas, donde realizó murales e infinidad de pinturas y esculturas, su huella no se borró: pintores como Gorriarena, Alonso y Broullon nunca pudieron olvidarse de ese trazo de tinta negra y colores violentos que arrastraban a sus figuras (perros, tigres, cabezas, calaveras y letras) hasta el límite de la deformación. Hacía tiempo que Cedrón estaba feliz en su casa-taller de la calle Azopardo; un nuevo proyecto junto a su amigo, el gran grabador Benavides Bedoya, lo tenía apasionado. Y por eso su repentina ausencia duele. Con la misma intuición que solía arremeter a sus cuadros, Alberto, el negro o el brujo, dijo una vez, acaso una de las más bellas definiciones sobre su oficio: “Cuando sos chico no te das cuenta, te piden que dibujes un caballo y vos agarrás el carbón y lo hacés. Te creés que eso es un caballo. Pero después tomás conciencia de que realmente no es un caballo, que nada de eso existe. Hasta que te avivás pasa mucho tiempo, porque la verdad... el dibujo es sólo un soporte para que aterrice el alma”.

Los restos de Alberto Cedrón fueron velados ayer en Iturri 1344 (Chacarita) y hoy a las 11 serán traslados al crematorio de Boulogne.

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