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Sábado, 16 de febrero de 2008

LITERATURA › OPINION

El niño y la escuela

 Por Ana Maria Shua *

Además del éxito, le envidio a su genial autora el talento, la comodidad con que maneja el suspenso, la firme tradición anglosajona de novela que la respalda, la libertad y la promoción. Pero admito que, contra lo que supone la mayoría, no es la promoción lo que hace un éxito, sino el éxito lo que desencadena la promoción. Cuando un autor se vuelve caro, la editorial invierte más para defender lo que está en juego. Con respecto a la libertad, el mercado editorial argentino todavía tiene mucho que aprender en cuanto a lo que se puede y no se puede en materia de literatura infantil. Los autores argentinos estamos encorsetados por las buenas intenciones de la censura, que empieza siempre por ser autocensura.

La literatura infantil argentina tiene una amiga maravillosa: la escuela. Y un terrible enemigo: la escuela. Gracias a que el libro infantil entró en la escuela, la literatura para chicos está viviendo en el país un florecimiento como el que no tuvo nunca en la historia. Pero entonces los docentes se convierten así en el primer y principal público de los autores infantiles. Ya no se concibe la lectura infantil fuera del ámbito escolar. La escuela deja un espacio bastante amplio para que pase la literatura infantil pero, como es lógico, pone sus límites. Y las editoriales reducen un poco ese espacio, para asegurarse de que el libro va a entrar. En ese contexto, celebro la aparición de Harry Potter, que vino a demostrar a los padres, maestros, escritores y editoriales que existen chicos dispuestos a comprar un libro aunque no se lo pidan en la escuela.

Hablemos de la tradición de novela anglosajona. Desde ese punto de vista, Harry Potter es una historia de aventuras en serie, clásica, impecable. Tiene misterio, magia y suspenso. Y un gran conocimiento del mundo de los chicos de hoy. No ha aportado ninguna revelación en el arte de contar historias, no es experimental, no juega con el lenguaje, no es de vanguardia. Tiene la estructura clásica de la novela que suele llamarse “del siglo XIX”, pero que en realidad aparece ya perfectamente delimitada por Defoe un siglo antes. Quienes consideran un pecado atenerse a esa tradición se indignarán. Como no tengo ningún prejuicio contra el clasicismo, Harry Potter me parece una serie perfecta y encantadora. Me recuerda al Príncipe Valiente, a Tarzán, a Bomba, el niño de la selva. O, por qué no, a las muy clásicas novelas de Stephen King.

* Autora de Miedo en el sur y Los monstruos del riachuelo.

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