El parto tecnológico e industrial del mundo no echó a correr solamente furiosas locomotoras seguidas por estelas de humo o impulsos fluidos de un sistema nervioso urbano basado en la electricidad. A la par de artefactos multiuso y extensiones protésicas –tecnologías de confort y narcotización hogareña– que invadieron la escena pública y los espacios de intimidad, brotaron sensibilidades afines, nuevas configuraciones imaginarias y también resistencias: como las de los ludditas del siglo XIX que veían en las máquinas el fin de su forma de existencia y como las de los nuevos detractores del progreso –los tecnófobos–, enemigos de la cibernética, la robótica, Internet, los organismos genéticamente modificados y la clonación, que predican su rabia y desconfianza apuntando a la supuesta insalubridad de las nuevas tecnologías y celebrando un pasado bucólico frente a las incertidumbres del futuro.