Mudar a la Tierra de órbita; envolver al planeta con millones de minisombrillas para contrarrestar los rayos solares; cubrir desiertos e islas con un plástico aislante para que la luz rebote hacia el espacio; fertilizar el mar con hierro para producir plantas devoradoras de dióxido de carbono. Alocadas, disparatadas, atractivas, las propuestas de la “geoingeniería” o “ingeniería planetaria”, una flameante y controvertida disciplina científica, son cada vez tenidas más en cuenta como parte de un plan alternativo para hacer frente al calentamiento global metiendo mano directamente ni más ni menos que en la frágil e impredecible maquinaria climática del planeta.