Motor central de la ciencia e impulso inicial del conocimiento por el conocimiento mismo, la curiosidad no siempre tuvo buena prensa: condenada por el cristianismo, que la consideró un pecado, un vicio imperdonable o un motivo de sospecha durante la Edad Media, recién mutó de perversión a virtud en el siglo XVII, dando pie al nacimiento de la ciencia moderna. Mediada por la técnica, desde entonces incide, como analiza el filósofo alemán Odo Marquard en su reciente libro Felicidad en la infelicidad (Katz Editores), por su utilidad para la autoconservación y la autoafirmación del ser humano en el mundo.
Por Odo Marquard
INTELIGENCIA ARTIFICIAL: ¿SERAN CONSCIENTES LAS MAQUINAS DEL FUTURO?