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Viernes, 24 de diciembre de 2004

ENTREVISTA

La enfermera no hace shhhhh

Luego de cinco años de ocupar cargos electivos, Vilma Ripoll, reciente ex legisladora porteña, decidió regresar a su trabajo de siempre, el que aprendió por dictado de su vocación: la enfermería. Lo hace, dice, porque le gusta, pero también para sentir “en carne propia los problemas de la gente”.

 Por Luciana Peker


Ripoll Vilma Ana - enfermera”, dice el carnet prendido al delantal blanco. La verdad es que en los pasillos del Hospital Italiano su nombre no necesita estar escrito. Vilma (de 50 años, 21 de trabajo en este hospital y 10 de delegada gremial) saluda y es saludada. Ella rompió la imagen de las enfermeras que hacen shhhhhhhhhh y entró en el circuito de la imagen más mediática. Se nota en todos lo que la notan. Se acercan, la saludan y le hacen denuncias express. Da su teléfono celular, pero aclara: “Llamame después de las tres de la tarde”. Hasta las tres de la tarde, la ex legisladora porteña está en la guardia del Centro de la Mujer del Hospital Italiano. Toma la presión, recibe a mujeres en un grito por una hemorragia o alcanza pañitos. “Ahora voy a las marchas pero después de las tres de la tarde, como todos los trabajadores”, vuelve a recalcar Vilma, que acaba de dejar su banca en la Legislatura Porteña para que la ocupe Marcos Wolman, por un acuerdo interno de Izquierda Unida.
–¿Más allá de los ideales no es duro, después de estar cinco años en la Legislatura, volver a fichar y dar inyecciones?
–Yo soy enfermera porque me gusta. Hice la carrera en la Universidad de Rosario y me encanta, especialmente disfruto de trabajar en la Unidad Coronaria, que es donde siempre estuve porque es una especialidad para una ansiosa como yo: las situaciones se resuelven rápido y tenés una incidencia directa sobre la vida del paciente. Ahora me pusieron, hasta que me adapte, en el Centro de la Mujer, porque Unidad Coronaria tiene mucha complejidad y en los cinco años que no estuve trabajando en el hospital ha cambiado todo.
–¿Mostrarte como enfermera no es una forma hacer “marketing de la honestidad”?
–Yo debía cumplir el compromiso con Izquierda Unida de irme de la banca. Y tenía dos opciones: quedarme a trabajar en la Legislatura como asesora, en alguna de las comisiones en las que estuve, o en mi bloque, o volver al hospital. Y volví porque pienso que los diputados, cuando terminan su mandato, tienen que volver a su trabajo y no quedarse viviendo de la política, porque si no se genera una casta de gente alejada de la realidad y con la piel endurecida. Por eso, pienso que si yo no soy diputada tengo que ser enfermera. Además, no voy a vivir siempre de la política, y a esta edad, y estando tan expuesta, no voy a conseguir otro trabajo. ¿Quién me va a tomar a mí? También me parece que los políticos tienen que ganar lo mismo que los trabajadores. Yo en la Legislatura me quedaba con 1300 de los 4550 del sueldo, lo mismo que ganó acá, porque no tener los problemas económicos resueltos te hace sentir en carne propia los problemas de la gente. A mí me cortaron el teléfono y tuve que hacer un plan de pagos de ABL.

Yo vi, yo acompañé
Vilma tiene zapatos blancos y planes de seguir pisando fuerte. En 2005 va a postularse como candidata a diputada nacional por la provincia de Buenos Aires. Por eso, volver a la enfermería no es un llamado al silencio. Sigue haciendo política. Por ejemplo, acaba de presentar una apelación contra elcierre de la muestra de León Ferrari y se lamenta de que en la Legislatura le haya quedado pendiente un proyecto para que los hospitales públicos realicen abortos, sin paso previo por la Justicia, en los casos autorizados por el Código Penal. “Aunque no esperaba que me lo aprueben ahora, con el revuelo que hay”, admite.
–¿Cómo es entendible que en una ciudad con leyes de avanzada, como la unión civil, no se pueda implementar educación sexual?
–Los diputados de (Aníbal) Ibarra no votaron la ley de educación sexual. Yo no lo podía creer y Elisa Carrió salió a criticar a Ferrari demostrando hasta dónde está dispuesta a llegar. Hay una ofensiva por arriba de la Iglesia, aunque por abajo hay aceptación de la educación sexual. Si se abriera la voluntad popular se expresaría a favor, lo que pasa es que hay sectores fundamentalistas que, si el poder (del gobierno nacional o de la ciudad) les abre la puerta, ocupan los espacios. Y no puede ser que la Iglesia le imponga a toda la sociedad normas morales y, sobre todo, a la mujer, que tiene que tener derecho a planificar su familia. No quieren educación sexual, pero después la salida que le dejan a la mujer es tener un aborto clandestino o un hijo no deseado. Aunque, después, de esos chicos, que muchas veces están en la calle, no se ocupa ni la Iglesia ni el poder. En mi trabajo he visto morir mujeres por aborto y chicos desnutridos.
–¿Dónde te pasó ver morir a mujeres por abortos?
–Como soy enfermera mil veces me han pedido que acompañe a mujeres o a sus hijas y mil veces las he acompañado. Pero la clandestinidad les da de comer a muchos de los médicos que dicen tener objeción de conciencia en el hospital público y que, en realidad, son dueños de clínicas y no quieren que se les termine el negocio. Ser enfermera te pone cerca del sufrimiento. Sin ir más lejos, acá en el hospital, tuve una compañera, también enfermera, que no nos dijo que se había hecho un aborto en condiciones terribles. Lo alcanzó a decir antes de morirse. La atendimos nosotros, nunca nos vamos a olvidar, porque es tan terrible la muerte: una infección generalizada, parecía un sapo, una cosa espantosa. Por eso me parece cruel que manden a las mujeres a morir a esos lugares.
“Vi mucho, vi demasiado, me pone mal”, dice Vilma, para explicar sus ojos llenos de lágrimas. Tiene ojos verdes casi escondidos, detrás de una impronta dura por venir y hablar desde el discurso de la izquierda llana, pero siempre apenas resaltados por una línea de delineador turquesa. Vilma se seca las lágrimas y pregunta si le corrieron el maquillaje.
En el pasillo que lleva a la puerta cuenta que vive en pareja, pero que nunca tuvo hijos. Podría, pero no tuvo. Ahora piensa en adoptar. “Alguno de esos chicos grandes que alguna vez vi arrodillados en una cuna porque los que adoptan siempre quieren a los más chiquitos”, describe. Y vuelve a llorar. “Soy llorona, chicas –vuelve a justificar–. En la Legislatura o en el hospital me vieron muchas veces llorar, aunque saben que cuando lloro es porque no aguanto más. Por eso, algunos les tienen miedo a mis lágrimas.”

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