las12

Viernes, 24 de diciembre de 2004

FESTIVIDADES

... y darán las 12

Las copas restallando en el brindis con reflejos robados a los ojos, las luces trepando al cielo y banquetes que despliegan colores memorables son las escenas imaginadas hasta el hartazgo en las semanas pre-navideñas. Pero en Nochebuena, ¿qué otra cosa pasa? Aquí, cuatro cuentos arriesgan respuestas.

Lo que importa es la salud

Por Claudio Zeiger
Como desinflada. Como devaluada. Así siento yo que viene esta Navidad. Y debe de ser una sensación personal nomás, porque es evidente que de la devaluación y la inflación más o menos fuimos saliendo ¿no? Y como desganada. Como un poquito inapetente. Como sin pavo ni turrón ni súper asado en la terraza. Como sin ganas de brindar demasiadas veces ni andar corriendo de acá para allá después de las 12. Y debe de ser una sensación personal, porque es evidente que hay gente con ganas de comerse el pavo y la pavita, y el asado en la terraza, y los palermos van a estar a full after twelve. Como un poquito autista, metidita para adentro, como solita y tristona pero no tanto, apenas, apenas tristona, no vaya a creer, sobre todo como con ganas de que no la jodan mucho, de que no le pregunten mucho, que la dejen tranquilita en un rincón de la fiesta, embebiéndose de a poco, con cierta profundidad, pensando en los que no están, por qué no, por qué no una vez recordar a los muertos. Así, reflexiva, siento yo que viene esta Navidad. Y debe ser algo personal, porque los shoppings estallan y los petardos también estallan como para resucitar a esos muertos que nadie recuerda y molestar a los perros, víctimas eternas de los festejadores de la Navidad. Como con la religiosidad muy cuestionada en la ciudad recoleta. Así veo que viene esta Navidad, y esto sí que no parece muy personal. Pero lo personal es que si uno se quiere replantear su propia religiosidad al margen del delirio, parecería que en esta Navidad no se puede, y así, entonces, ser un poquito religioso, no mucho, querer charlar a solas un poco con Dios para preguntarle, por ejemplo, si existe, se convierte en una cosa personal, de solitario, de apartado, en esta Navidad donde se está con Dios o el Diablo así de tajante, botón verde Dios, botón rojo Diablo.
Como ni fu ni fa, como con la cabeza fría comparada con años anteriores de cabeza caliente, como teniendo que inventarse algún conflicto para no perder la costumbre y empecinarse un poco en esa cosa del regodeo melanco, la lucha y la derrota permanentes. Así veo que viene la Navidad. Y ha de ser una sensación personal estar uno así –ni fu ni fa, con la cabeza fría que tomás y tomás y no te emborrachás–, porque gente con la cabeza caliente hay a patadas.
La Navidad es como la lluvia. Viene y se va. Cuando empieza, por lo menos se sabe que se termina. Y después viene el fin de año, que nunca se sabe si es una festividad religiosa pero por las dudas no se desarma el arbolito hasta entrado enero. Y ha de ser la sensación de uno que esta vez la Navidad vino como más rápido que otras veces y se irá más rápido, como un poco intrascendente porque, a saber, siempre es igual, lo mismo siempre, así, exactamente igual. Y ha de ser algo personal querer pedir salud para uno, para todos, para los hermanos, las parejas, los padres, porque al fin y al cabo la salud es algo muy personal ¿no?, si se enferma uno, se enferma uno, y si se muere uno, se muere uno, y el que sufre es uno y nos morimos solos ¿no? Pero en el fondo no es algo tan personal la salud, porque una Navidad sin salud es una cagada para todos, y un pueblo sin salud es un pueblo insalubre, enfermucho. Así que salud: salud en el sentido de brindis, copas levantadas y salud de la verdadera, la del cuerpo y el alma. Que no te falte.

Confesiones con final feliz

Por Marta Dillon
Ella detesta la Navidad. No es muy original, es verdad, pero no por eso su sentimiento es menos puro. A medida que avanza el mes de diciembre le empiezan a salir ronchas en la piel. Al principio son nada más que islas rojas, apenas inflamadas, que pican y pican. Con los primeros arbolitos de supermercado se empieza a poner peor, se tiene que cortar las uñas para no rascarse y sacar la televisión de su cuarto porque las barbas de Papá Noel le despiertan instintos asesinos. En su casa, el pesebre se arma cada 8 de diciembre, el día de la Virgen. Todavía se acuerda de una discusión feroz con su abuela por una película de Franco Zeffirelli que mostraba el parto con dolor de la madre de Jesús. Ella detesta a Zeffirelli casi tanto como a las fiestas, pero esa vez le tocó defenderlo de su abuela, que lo acusaba de hereje porque la siempre Virgen María no rompió su precioso himen ni siquiera en el parto. No debería haber sufrido, no había razones para que gritara de esa manera, decía la señora frente a la risa de todos los nietos. Esos son los temas de Navidad que le ponen la piel como si hubiera tomado sol en el Valle de la Luna un mediodía de enero. Le gustaría sinceramente escapar.
Ayer estuvo toda la tarde encerrada, ensayando frente al espejo. Se miraba a los ojos, subiendo y bajando el mentón para probar, y con su mejor cara de póker largaba: “Mamá, tengo que decirte algo”. Se ató el pelo, se lo recogió, se lo soltó. Se pintó los ojos, se vio mejor así. Se habló sinceramente, como si la imagen en el vidrio fuera la alumna de quinto año que escoltó la bandera con un embarazo de dos meses que nunca llegó a término. El miedo que pasó todos estos meses se fue evaporando como la humedad de su pelo con la planchita que se pasó hasta no dejar ni un rastro de su pelo ondulado.
Del otro lado de la puerta de su cuarto, la familia se preparaba para la cena. En algún momento sintió algo de pena por su mamá, más cargada de dorados que el arbolito del living, haciendo los últimos llamados de cortesía. Este año tomó un curso de artesanía en papel y toda la casa está tapizada de mensajes calados en tarjetitas españolas.
La venganza es un plato frío, pensó, aunque le dio vergüenza. No era ésa la intención, pero siempre quiso tirar del mantel, cuando la mesa está tendida y parece la mesa de entradas de un restorán de Puerto Madero. ¿Cómo podían comer tanto? Para aliviar un poco la culpa se puso a ayudar en la cocina. Preparó una ensalada de radicheta y ajo, su especialidad, con aceite de oliva y aceto balsámico. En la mesa, se sentó junto a su abuela, como para consolarla un poco de antemano. Antes de las 12, no más de diez minutos, llegó hasta el fondo blanco de una copa entera de champagne y soltó el discurso que había repetido cien veces frente al espejo: “Mamá, tengo algo que decirles, por favor”, dijo para pedir silencio. “Tengo vih, pero no se preocupen, lo sé hace mucho y estoy bien”. Los cubiertos volvieron a los platos en un solo movimiento. Alguien tosió. Su mamá fue la primera que habló: “Entonces –dijo–, brindemos por eso”. Ella también lo sabía, y hacía un año que esperaba que alguien lo dijera en voz alta.

Un milagro de Navidad

Por Alicia Plante
Enorme y majestuosa como una carabela, la mujer entró lentamente al salón lleno de espaldas como si fuera el puerto. Nadie notó su llegada, lo esperable se cumplía, la gente estaba ahí desde más temprano, todos tenían una copa en la mano y algunos comían sin avidez lo que ofrecían los mozos –contra el fondo del salón también vio una larga mesa cubierta de adornos y de fuentes. Le dio la espalda. Nadie la miraba y no le molestó, o quizá sí, pero mucho peor era llamar la atención por lo que más trataba de ocultar: su volumen. Mientras tanto, aquel indefenso rincón de su intimidad al que nadie buscaba acceder, palpitaba de soledad y falta de uso.
Eligió al azar un grupo de tres en el que podían hacer lugar para un cuarto y caminó hacia ellos. Disimulaba. Que nadie percibiera que estaba consciente de sí misma, que había elegido un perfume exquisito, un vestido negro, un collar destellante que se destacaba sobre la tensa blancura del escote interminable, que sus pies eran demasiado pequeños para tanto peso y los zapatos ceñían los empeines, convertidos en dos bolas carnosas de bordes rosados que ya le dolían.
Se quitó un largo guante para buscar un pañuelo en la cartera diminuta y lo pasó por el cuello, donde la humedad brillaría más que los diamantes. El grupo estaba formado por dos hombres y una mujer joven, delgada y muy bella en su largo vestido de seda verde agua. A ellos se los notaba pendientes de a cuál de los dos la mujer le sostenía más tiempo la mirada. A ella, en cambio, no parecía importarle nada. No la vieron llegar, o quizá se resistían a incorporar a alguien tan gordo. En todo caso, nadie reconocía que estaba de pie allí buscando agregarse al grupo, que los hombres le hicieran lugar, que reconocieran que existía.
–Ah, perdón... –dijo de pronto uno de ellos y se hizo a un lado sin mirarle más que los ojos. Para sus adentros se lo agradeció. Tenía la cara llena de cicatrices de granos y un bigotito mezquino que no lograba realmente darle un aire interesante. Los anteojos le quedaban bien, una buena elección, debió probarse docenas antes de encontrarlos. Seguramente una adolescencia penosa, se dijo, los granos podían ser peores que la gordura, quién iba a querer besarse con un chico con toda la cara infectada. Ella jamás había tenido granos... –Usted debe ser Marina, la hija del dueño... –agregaba el hombre–. Me presento, Reinaldo Juárez, gerente de Relaciones Industriales de la Empresa. Nunca la vemos por aquí, un verdadero milagro de Navidad, ¿no es cierto? Estas reuniones tan simpáticas... –dijo el hombre con una sonrisa que desmentía sus adjetivos y proponía complicidades. Cómo podía saber quién era ella, se preguntó. Los empleados de la Empresa hacían comentarios... eso era. Se miró los pies y supo que no podía seguir parada ni un segundo más.
–Disculpen, me están buscando... –murmuró con un ademán incierto en dirección al rincón donde estaban el árbol de Navidad rodeado de paquetes y la mesa alta con el micrófono. Se alejó del grupo sintiendo sus miradas en la espalda escandalosa. Los pies le dolían tanto que no pudo seguir. Con un gesto despacioso se detuvo a los pocos pasos, se inclinó y primero uno, luego el otro, se quitó los zapatos y los depositó sobre la bandeja de un mozo que pasaba. Con una sonrisa de alivio navegó hacia la mesa donde la esperaban las fuentes.

Oro, incienso y mirra

Por Juan Sasturain
Todo empezó con el fraile –un petiso de barbita recortada, sandalias y pilcha larga marrón con capucha– que apareció el sábado pasado a la mañana por la esquina de Lavalle y Florida, y se largó a caminar para el lado de plaza San Martín y a hablar en italiano con las estatuas. Hay como una docena de pibes que se hacen la diaria con el curro de maquillarse y quedarse quietos disfrazados de Carlitos Chaplin, de Rey Arturo, de Menem. Una minita hace una Gatúbela perfecta, se llena de guita con los turistas. Bueno: el cura iba, los felicitaba, les dejaba unos vistosos billetes doblados en cuatro –las liras son grandes así– y se los chamuyaba en tano. A las dos de la tarde los juntó a todos en la Pizzería Roma de Lavalle, pagó agua mineral sin gas para todos y les tiró la idea del pesebre viviente: nadie mejor que ellos –profesionales, artistas– “para representar con rigor y disciplina a las figuras del Nacimiento”, según tradujo espontáneamente un estatua nueva, El Zorro, que no se había terminado de borrar los bigotitos y parecía el más entusiasmado pese a avisar que él no podría participar “por razones de conciencia”.
Eran tres días de laburo nada más –Navidad, Año Nuevo y Reyes– haciendo el pesebre de ocho a doce de la noche. Cada vez sería en el atrio de una iglesia distinta, empezando por San Francisco, la de Alsina y Defensa, “que es la del padre Angulo”, según explicó el Zorro señalándolo con el pulgar y una sonrisa. Angulo –si se llamaba así– asintió con modestia y todas las estatuas se cagaron de risa.
Lo principal era que la guita era muy buena: como la Iglesia la juntaba con pala, con la limosna habría una luca por cabeza para las figuras principales –la Virgen, San José y los Reyes Magos– y la mitad para los tres pastores y el ángel que iba arriba del pesebre. El problema era que había laburo sólo para nueve (diez con el niño Jesús, que no contaba) y no iba a ser fácil repartir los roles. Como ya eran más de quince los reunidos en la mesa de la Roma y la discusión se hacía larga, el padre Angulo, tras disculparse con todos porque debía ir a la parroquia, le dejó quinientos pesos al Zorro para los disfraces, le encomendó que le armara él la lista y tras repartir estampitas los citó a todos a la salida de misa de nueve el domingo en San Francisco para el ensayo general.
El Zorro se mostró ejecutivo y ecuánime. La Virgen –única mina– sería Gatúbela, que aportaba también el bebé de una prima para Niño Dios; Kunta Kinte sería Baltasar por razones de piel, y el resto iría a sorteo. Se repartieron los siete papeles restantes y ahí nomás, tras la decepción de algunos, llamaron para alquilar los disfraces. Salían quinientos pesos –informó Chaplin desde el teléfono– pero había que dejar cien de depósito por pilcha. El Zorro juntó la guita y salió a buscar la ropa antes de que cerraran.
Nunca más lo vieron, claro; tampoco al padre Angulo. Mientras puteaban por lo bajo sentados en la escalinata vacía de San Francisco, Menem y el Rey Arturo se secaban la frente con liras grandes, coloridas, inútiles incluso como pañuelos de papel.

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