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Viernes, 8 de julio de 2005

PLASTICA

La artista constante

En su vida y en su obra, Diana Dowek sigue defendiendo causas que otros consideran perdidas y que ella cree justas y vigentes. Lo prueba una vez más en la muestra que se abrió en el Fondo Nacional de las Artes.

 Por Moira Soto


Mientras haya en la Argentina, en el mundo, personas como Diana Dowek podremos seguir alimentando la íntima seguridad de que no todo se ha perdido, ni se perderá, en materia de ideales de justicia y paridad, de que siempre será posible mantener con lozano orgullo ciertas banderas que diversas formas de la futilidad posmoderna pretenden descartar a fin de tranquilizar conciencias y eludir responsabilidades. Como en contados artistas locales, en Diana Dowek se fusionan inseparablemente vida personal y obra artística, retroalimentándose desde hace décadas, desde que empezó a militar en el movimiento estudiantil, entre fines de los ‘50 y comienzos de los ‘60, durante el secundario en Bellas Artes.

Muy joven, la futura artista tomó compromisos, los encarnó de forma tan orgánica y constante que para ella devinieron una visión del mundo que ha sostenido con la naturalidad de una respiración. Esa coherencia indeclinable tiene en ella algo muy pasional, una mística ligada al ejercicio de la solidaridad, a la enmienda de iniquidades que afectan a los perseguidos por causas políticas, a los desfavorecidos del poder. El Cordobazo y otras movilizaciones de los ‘70, las atrocidades del Proceso, la corrupción que se legitimaba tras la fiesta menemista, la casa en desorden del alfonsinismo, las marchas piqueteras que irrumpieron en el verano de 2001, pero también Vietnam, Afganistán e Irak figuran entre los principales hechos políticos que agitaron a esta artista con alma de justiciera y la impulsaron a representarlos en admirables series de cuadros que reescriben la historia reciente con ojo crítico y corazón abierto.

Una obra de excepcional cohesión la de Dowek, de altísimos logros expresivos, de perseverante humanismo que por fortuna se viene mostrando con cierta regularidad al público, sobre todo a partir de los ‘90 (entre otras exposiciones, vale citar la retrospectiva de Bellas Artes de 2001 y Una larga marcha, la memorable muestra del Centro Cultural Recoleta, en 2003). En estos días se ofrece una suerte de compendio imperdible en el Fondo Nacional de las Artes, Alsina 673 (4343-1590, www.fmartes.gov.ar) con curaduría –como es habitual– de Alvaro Castagnino, bajo el título Fragmentos de una historia inconclusa, 1972-2005. Esta exposición ofrece piezas de belleza sobrecogedora como El poder vulnerable y La zona (1996); ráfagas de un pasado con fuertes ecos en el presente, como Lo que vendrá (1972); el, a pesar de todo, esperanzador Atrapado con salida (1977), una de las tantas obras en las que Diana Dowek recurre al trasparente y universal simbolismo del alambrado, lo mismo que en el escalofriante Argentina 78 (1978); algunos de los cuadros de la misteriosamente lírica serie La ciudad y los amantes (1987); y desde luego, otros de La larga marcha, esa mirada cargada de afecto y comprensión sobre manifestantes piqueteros en los momentos en que son vencidos por el sueño (“sólo por el sueño”, dirá Dowek), entre los que se hace su lugar una instalación que extiende esa atmósfera de abandono y vulnerabilidad, Pausa en la larga marcha: por encima de las clásicas rayas blancas donde deben caminar los peatones (un leit motiv desde la serie La insurrección), flotan colchonetas y mantas sobre las que se proyectan los cuerpos dormidos.

La biografía esencial de esta gran artista premiada y becada en reiteradas oportunidades dice que nació en Buenos Aires en 1942 y que cursó el bachillerato en la Manuel Belgrano y la Prilidiano Pueyrredón. Durante 1964 y 1965, después de casarse viajó a Italia, donde además de estudiar en museos y academias, hizo el intento de dedicarse al cine (no por casualidad su obra remite a menudo a este arte). De regreso, formó parte del grupo La Postfiguración, con los artistas Mildred Burton, Norberto Gómez, Elsa Soibelman, Jorge Alvaro y Alberto Heredia. Ha realizado 26 muestras individuales e incontables colectivas en nuestro país –en Capital e interior– y en el exterior. Parte de su obra está en colecciones privadas y en museos oficiales y privados.

Compañera de Horacio Safons, Rosa Faccaro, Margarita Paksa, Dowek adolescente se mete en el movimiento estudiantil para luchar, entre otros objetivos, contra la intervención de la escuela. Militancia que deja a algunos fuera de la institución, pero las clases continúan en el local de la FORA, en La Boca, dictadas por Le Parc y otros profesores. Diana Dowek sigue cursando Bellas Artes hasta que el grupo del centro de estudiantes es separado de la escuela en 1964, año en que tiene lugar el antes mencionado viaje a Italia. De nuevo en Buenos Aires, la artista hace un trabajo de búsqueda, “sin la exigencia del exitismo rápido”. Ya en 1967, revela fotos de Vietnam sobre tela sensibilizada que interviene pictóricamente, un procedimiento al que sigue acudiendo en la actualidad, obviamente con otros recursos técnicos.

Por fuera de tendencias y corrientes, más allá de fenómenos de moda, Diana Dowek va consolidando su discurrir pictórico. Cual una Casandra que avisa con desastres a los que quieran ver y oír, con una intuición inquietante, anticipa el futuro, ve lo que vendrá y también lo que se derrumbará. Elige quedarse en el país durante el Proceso y, lo que es realmente asombroso, pinta y muestra cuadros que hoy siguen siendo estremecedores: esos paisajes de inocente verdor vistos a través del parabrisas de un coche mientras que en el espejo retrovisor se refleja un cuerpo sin vida entre el pasto, al borde del camino, quizás arrojado desde ese mismo coche visto desde el interior, en una toma que parece subjetiva (volvemos al cine). Pintados antes de fines de 1976, estos paisajes con autos –acaso Ford Falcon, acaso verdes– y otros con fugitivos que corren a través de grandes espacios verdes, se expusieron en Arte Nuevo.

“Desde el principio, supe que iba a quedarme aquí: así lo decidí”, dice Diana Dowek. “En el caso de alguna muestra, hubo amenazas que no pasaron a mayores. Con los alambrados tuve en el ‘82 el Premio Benson & Hedges, aunque en las propagandas de la muestra mi nombre fue borrado. Antes, en 1979, me dieron otro premio, el Internacional de Dibujo Joan Miró, en Barcelona: había mandado un bastidor envuelto en alambre roto.” Ya en los ‘80, la artista se atrevió a pintar lo que parecía impintable, a simbolizar el horror del mal, en Las heridas del Proceso: “Destruí mucha obra antes de encontrar el concepto y la forma. En general, elijo el cuerpo de la mujer porque la considero doblemente violada, sojuzgada, humillada, desgarrada... Era difícil representar la tortura sin caer en la crueldad, sin provocar el menor regodeo morboso”. En la misma década llegaron esas parejas expulsadas de la dimensión del confort motorizado, parejas excluidas que contra toda desesperanza se siguen entrelazando y encendiendo: “Esas autopistas son un poco escenográficas, algo ficticio que en un país como el nuestro no tiene correspondencia con buena parte de la realidad, aunque nos hagan llegar antes a Ezeiza. Son como la última herida de la dictadura en la ciudad: violencia sobre violencia, gente arrancada de su hábitat, arrojada a la intemperie. Pero esas parejas se obstinan en hacer el amor, el gesto más humano, también el más primario...”.

Después, en los ‘90, “el agua me sugirió las mareas, ahí vi que todo hacía agua: esos edificios neoclásicos del XIX que aparentan un poder impresionante, pero con basamento débil, de estiércol. Toda esa serie habla del poder vulnerable: la Bolsa, la Aduana, IBM, el Congreso, Tribunales, el Palacio Pizzurno, la Casa Rosada se empiezan a desmoronar. Creo que este país tiene algo trágico que nació de la traición a los primeros tipos que se jugaron, que querían otra cosa para la Argentina. También la influencia de la Iglesia ha sido tremenda”. Diana Dowek aclara que su compromiso político no sólo tiene que ver con la temática elegida: “Importa la actitud frente a esa temática para así poder ver en la realidad los elementos, las claves del conflicto y luego encontrar la forma de moverlos en la obra. Según como se lo utiliza, el lenguaje se vuelve político. Creo que cuando la actitud que tiene el artista frente a la vida se refleja en la obra, ésta se vuelve coherente. En mi caso, no se trata únicamente de estar con los desposeídos, los perseguidos. Mi posición es la de acusar al poder, su decadencia y corrupción, la represión. También me interesa rescatar una actitud heroica de la gente relacionada con la libertad, la dignidad, los derechos humanos. Yo sigo creyendo que son metas que se pueden alcanzar, aunque haya retrocesos. Y confío en que el arte puede ayudar. Pienso que cada uno en su escala puede hacer algo por cambiar el mundo, hacerlo más vivible. Por otra parte, me gusta que mi obra se pueda ver en continuidad, porque hay toda una secuencia en los temas y el tratamiento”.

Conmovida por el caso de Romina Tejerina, Dowek pintó hace dos años un gran retrato de la adolescente violada que todavía no ha expuesto: “Esta dedicado a todas las Rominas. Esas chicas despojadas de todo, hasta de la libertad de hacer con su cuerpo lo que les de la gana, no sólo sufren hambre y otras necesidades. Romina no tuvo elección, después no tuvo derecho al aborto. Hay muchas Rominas en nuestro país, chicas que nacen fatalmente marcadas, en las que la violencia contra la mujer parece multiplicarse. A esta altura de los tiempos y la comunicación, creo que hay cosas en el mundo que los artistas no pueden ignorar, negar, eludir. A partir de ciertas guerras, del 11-S es imposible no darte por enterada, si sos mínimamente consciente de que hay un poder que quiere ser único, hegemónico, que se afianza día a día. Que la brecha social es cada vez más terrible e inhumana. Podés hablar del sexo de los ángeles por un rato, pero por favor, ¿hasta cuándo?”..

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