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Viernes, 23 de octubre de 2009

VIOLENCIAS

Peor el remedio

La segunda edición del estudio Con todo al aire –impulsado por el Instituto de Género, Derecho y Desarrollo (Insgenar) y Cladem–, que monitorea las buenas (y malas) prácticas en salud reproductiva en hospitales públicos, recoge testimonios sobre la violencia que se ejerce cotidianamente sobre las pacientes, a la vez que hace hincapié en una máxima: un trato respetuoso no es un favor, es un derecho humano.

 Por Sonia Tessa

“Una paciente llega a una consulta ginecológica (por derivación) y éste la remite al servicio de salud mental con un grito: ‘Lo que a vos te pasa es que estás vieja y quejosa, andá al psicólogo’.” El testimonio recogido en un seminario realizado en Posadas, el año pasado, se suma a otros del mismo tenor y distinta gravedad. “Acompañé a una vecina ya mayor a la consulta ginecológica y escuché que el médico, después de revisarla, les dijo a otros colegas y estudiantes: ‘Vengan a ver una especie en extinción, una mujer virgen’. Mi vecina no regresó más al médico.” Recogidos en Con todo al aire 2, Reporte de Derechos Humanos sobre atención en salud reproductiva en hospitales públicos, éstos son sólo botones de muestras de las violaciones a los derechos que se producen todos los días, casi siempre naturalizados por quienes los sufren. Desde la tapa, el libro toma algunas frases que escucharon usuarias de los servicios. “Si te gustó lo dulce, aguantate lo amargo”, le dijeron a una mujer que estaba pariendo. “Yo soy la doctora, pero si vos sabés, quedate en tu casa y atendete sola”, escuchó otra. Por eso, se acuñó la consigna “un trato respetuoso no es un favor, es un derecho humano”.

El trabajo en esta temática del Instituto de Género, Derecho y Desarrollo (Insgenar) y Cladem se inició en 2001, y generó un primer informe, Con todo al aire, que se presentó en 2003. A partir de aquel trabajo y luego de distintas acciones, en octubre de 2006 se creó el Observatorio de Salud, Género y Derechos Humanos, con el apoyo de IWHC (Internacional Women Health Coalition) y Unfpa (Fondo de Población de las Naciones Unidas).

Aquel primer informe nació por una llamada telefónica a Insgenar para denunciar malos tratos a Romina, una adolescente de 16 años, en el hospital Ganem, de Villa Gobernador Gálvez, una localidad ubicada al sur de Rosario. La chica había llegado al centro de salud luego de dispararse un tiro en el vientre. La joven estaba en su séptimo mes de embarazo, fruto de la relación con un hombre de 33 años que tenía otra familia y le había prometido separarse para formar un hogar con ella. Al enterarse del embarazo, su pareja le dijo que no iba a cumplir con su promesa, ni reconocer la paternidad. Así, la chica volvió a su casa y se disparó. En el hospital, “el personal de la institución se convirtió en juez y verdugo. El relato daba cuenta de insultos, humillaciones y malos tratos por parte de camilleros, mucamas, médicos, enfermeras”, relata el libro presentado la semana pasada en Rosario y Santa Fe. Semanas después, el médico que la había atendido se quejaba de que Romina no había vuelto a los controles. Lo atribuía a la desidia y el abandono. “En ningún momento se le ocurrió conectar el trato que recibió con su decisión de no volver al hospital”, sigue el primer capítulo del libro.

“Creemos que estos malos tratos pueden ser una de las causas del aumento de la mortalidad materna en nuestro país. Los malos tratos en los servicios de salud sexual y reproductiva limitan la asistencia y consulta de las mujeres y, en algunos casos, la borran del mapa de posibilidades”, continúa la publicación. El Observatorio también difunde volantes que consignan los derechos de las usuarias. “En el ámbito de la salud, ningún trabajador/a tiene derecho a realizar comentarios ofensivos, agresivos, burlones o humillantes”, dice el volante que incluye entre los derechos de las usuarias el “tomar en cuenta las necesidades, dudas y temores, así como los saberes de la mujer sobre su propio cuerpo”.

Lo cierto es el reporte elaborado durante un año y publicado en 2003 fue sólo el punto de partida. La presentación académica del libro era acompañada de una representación teatral, que permitía acercarse al material de una manera más sensible. Enterada del contenido del informe, y ante la inquietud de Insgenar, la decana de entonces, Raquel Chiara, propuso la creación de la cátedra de Salud y Derechos Humanos, todavía vigente en la Facultad de la Universidad Nacional de Rosario. Esta cátedra se convirtió en una de las herramientas del Observatorio, y ahora la intención es que se multiplique en otras universidades del país, en distintas carreras ligadas a la salud.

“En 2004 empezamos con la cátedra, y luego convocamos a un seminario nacional, al que invitamos a trabajadores/as de la salud, referentes de programas y miembros de organizaciones sociales”, indicó Susana Arminchiardi, integrante del Observatorio junto a Susana Chiarotti, Gloria Schuster, Emiliano Casal y Viviana Della Siega. “La propuesta fue ir a distintas provincias. Elegimos a Neuquén y Mendoza por su trabajo en salud sexual y reproductiva, y a Santiago del Estero y Tucumán porque justamente no había nada”, relató Arminchiardi, que es trabajadora social del hospital Roque Sáenz Peña de Rosario.

Una de sus estrategias fue valorar las buenas prácticas, y para eso se ideó el premio Cecilia Grierson, que este año tuvo su segunda edición, en la participación de 69 trabajos de toda América latina (ver en página 11 la entrevista a una de las ginecólogas ganadoras por el trabajo del Hospital Provincial de Neuquén).

Además, el Observatorio cuenta con una página web (www.insgenar.org.ar/observatorio), donde pueden dejarse denuncias, aunque no es una herramienta de uso masivo. Por eso, a las profesionales que integran el Observatorio les quedó picando la experiencia que se realiza en Venezuela, donde hay un 0800 destinado a recibir este tipo de denuncias.

Es que los malos tratos en los servicios de salud sexual y reproductiva están naturalizados, tanto por las pacientes como por las y los profesionales. En los seminarios, una vez finalizada la obra de teatro o el video, lo primero que aparece es un largo silencio. Después, llega el alivio de poner en común experiencias silenciadas. “Es muy fuerte, pero lamentablemente es la realidad”, dijo una asistente el año pasado, en Posadas. “Yo me reía, pero me pasaban muchas cosas acá (señalando el pecho y la garganta), en verdad yo quería decir muchas cosas, en primer lugar que todo lo que se mostró es verdad y me ha pasado”, fueron las palabras de otra asistente, en Corrientes, en 2007. Para Arminchiardi, una de las expresiones más llamativas fue la que escuchó de las supervisoras de Enfermería del Baigorria. “Pensar que nosotras hacemos esto”, dijeron al terminar de ver el video. Por eso, la apuesta es convocar a alumnos de las carreras de salud, a usuarias y a trabajadores/as de la salud. “Este es un trabajo entre todos. No sirve sólo que las usuarias reconozcan sus derechos, si en los centros de salud, los que deben brindar el servicio no están sensibilizados y cambian sus prácticas”, consideró la trabajadora social, y apuntó que “se produjeron algunos cambios, pero tenemos que seguir trabajando. Si hay una mujer vulnerada en sus derechos, maltratada cuando concurre al servicio de salud, el trabajo debe continuar”.

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