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Viernes, 7 de mayo de 2010

MONDO FISHION

Una lectura política de los extravagantes peinetones y nuevos rescates de la escarapela

 Por Victoria Lescano

Derivado de la peineta española y tallado en carey o en asta, el peinetón fue entre 1832 y 1836 el último grito de la moda entre las porteñas. El litógrafo César Hipólito Bacle los documentó y los parodió en su Extravagancias del peinetón. Allí aparecen las célebres postales que exhibieron mujeres provistas de tocados colosales casi tan extravagantes como aquellos con los que María Antonieta escandalizó al pueblo francés. Sus documentos de moda reflejaron situaciones hilarantes alrededor del uso del peinetón ya sea para ir al teatro, para pasear por los alrededores de la Plaza de la Victoria o en escenas de baile donde la proa de un peinetón podía arremeter con peluquines masculinos. El libro Couture and Consensus: Fashion and Politics in Post-colonial Argentina, editado este mes por el sello de la Universidad de Minnesota (en cuya portada, la couture en cuestión remite a una mujer del 1800 ataviada con miriñaque y con peinetón), enfatiza las connotaciones políticas de ese accesorio. Su autora es la académica Regina Root, también profesora de letras en el College of William and Mary en Virginia, Estados Unidos, y editora de The Latin American Fashion Reader, quien indagó en los discursos políticos implícitos en el uso de ese accesorio en la Argentina poscolonial. Vale aclarar que su investigación de moda sobre “el peinetón look” comenzó a tomar forma en 1994, mientras ella obtuvo una beca Fullbright y otra de la Universidad de California llamada Lesley Simpson para ahondar en el tema. Dice Regina desde su oficina, en el campus de la universidad pública: “Por entonces me propuse estudiar el discurso sobre la moda y la política en el siglo XIX, pasé dos años investigando los periódicos y las revistas de moda archivadas en la Sala del Tesoro de la Biblioteca Nacional, que entonces se llamaba la Sala de Reservados y analicé obras en los archivos de varios museos históricos como el Cornelio Saavedra”. Sostiene Regina también que ante la inminente –y por momentos fagocitada por el marketing cultural– celebración del Bicentenario que resulta interesante volver al significado de la cultura independentista y repensar el peinetón “porque marcó cuerpos femeninos individuales y colectivos en el espacio público durante la época poscolonial”.

Pero, ¿acaso el peinetón de asta o de hueso –que tuvo diseñadores célebres como Manuel Masculino– fue un gesto de independencia femenina para acentuar diferenciaciones del estilo español?

Responde Root: “Según los documentos de la época, el peinetón fue un gesto de independencia femenina y un modo de marcar diferenciaciones del estilo español. Este accesorio exuberante, cuya popularidad duró casi dos décadas, se convirtió en un emblema. No hay duda de que las mujeres con peinetón se veían como partícipes de la política pública y que su presencia inquietó a varios sectores de la población. Como se suponía que las mujeres iban a asumir un rol participativo en la construcción de una nación independiente, el peinetón visualizó tal meta y aportó el reconocimiento público”.

Sobre las búsquedas en emular excesos del estilo francés, advierte la experta: “A comienzos del siglo XIX, los argentinos miraron a Francia en un intento de distanciarse de las costumbres españolas. Porque la rebelión romántica en Europa había influenciado a la moda y, en especial, a los peinados de mujeres. Los diseños de la corte de Versailles que habían llegado a alturas dramáticas evolucionaron para crear estilos más libres y fluidos. En 1820, quizá como un gesto nostálgico de los tiempos de la monarquía, apareció el chignon –léase rodete– en las litografías de modas francesas. El estilo incorporó peines y por eso algunos historiadores de la moda sugieren la conexión con el peinetón”.

Pero los lazos entre el gobierno de Rosas y el peinetón suelen ser tema de conferencias de Root (lo fue hace unos años en la cátedra Fiorini-Wichmacki de la Universidad de Buenos Aires). Continúa la estudiosa al respecto de tales cruces: “En 1830, el régimen rosista trató de asociarlo con la ‘buena mujer federal’ y varios artículos comenzaron a mencionar la inundación de peinetones en las calles de Buenos Aires. Muy pronto, sin embargo, se comenzó a criticar la estética del peinetón en los periódicos de la época, pensando que su altura se yuxtaponía demasiado con los delicados atributos femeninos. Es evidente que el peinetón amenazaba porque cambiaba el rumbo (la autora alude a lo visual y al espacio físico) reservado a los hombres que circulaban por la ciudad. Para varios, los peinetones representaron un tipo de poder explosivo e invasor que desafió los papeles domésticos tradicionales de las mujeres. Finalmente fue el mismo régimen rosista el que hizo a circular las imágenes y la poesía popular que terminaron con el peinetón”, concluye Root.

Lejos del análisis político, aunque con anclaje arty y actual en Buenos Aires 2010, Las Penélope, una tienda de accesorios situada en Ayacucho y avenida Alvear, brindó en la última semana de abril con champagne y con macarrons en tonos blanquicelestes. Fue en ocasión del lanzamiento de una línea de collares, pulseras, aros, cinturones, carteras, vinchas y anillos. Hubo además cadenas entrelazadas, tejidas y trenzadas, realizadas en colaboración con la artista Nora Iniesta, todas con representaciones de la patria. El disparador fueron las memorias de Iniesta acerca de los próceres de papel, la historia, la bandera y los blancos delantales que, como el peinetón, quedaron entre los atavíos emblemáticos en los actos escolares.

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