Comer yogur por pastel con crema, tomar agua por cerveza, desear (un cuerpo sexuado) y ser deseada pero no desear (alimento que redunda en cuerpo redondeado), mirar con avidez (el patrón a seguir) para comparar (y concluir que no hay caso). No renegar, nunca, de la sacrosanta misión: ser parte de ese ejército de cuerpos cada vez más perfectos, más tensos, más lustrosos. Porque la obsesión por la belleza no es novedad, pero la presión por fabricarla cada vez viene peor.