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Lunes, 20 de mayo de 2002

ENTREVISTA

Un profeta del odio

Babylon Babies, la novela de Maurice Dantec que acaba de distribuir Mondadori, es un raro ejercicio de literatura de anticipación y filosofía postestructural más o menos digerida a los apurones. ¿Un chantaje a la teoría? ¿Una intervención crítica? A continuación, una entrevista en la que Dantec muestra que, además de razón, tampoco tiene pelos en la lengua.

Por Alejo Schapire

Leer a Maurice Dantec (Grenoble, 1959) es una experiencia tan estimulante como irritante. Por un lado está el novelista místico, el autor de culto de la trilogía de romans noirs cyberpunks La sirena roja (1993), Raíces del Mal (1995) y Babylon Babies (que distribuye en estos días Mondadori). Habitado por los fantasmas de Nietzsche o Deleuze –cuyos textos ha musicalizado con su grupo electrónico Schizotrope–, este autodidacta sumerge al lector en un alucinado universo futurista poblado por neuromantes, asesinos seriales y mujeres embarazadas a punto de parir al “sucesor del hombre”. Sus tramas, que abrevan en una temática generalmente reservada a la ciencia–ficción, la filosofía oriental o la física cuántica, lo han convertido en un verdadero alien del anímico paisaje literario francés. Dantec teclea como si estuviera al mando de una topadora. Siempre excesivo –a veces indigesto–, pero con un estilo enérgico y efectivo, se abre paso con la determinación de un guerrero místico bajo anfetaminas. Hasta aquí el lado simpático del personaje. Porque en este afán de ir a contramano de sus contemporáneos, de querer pulverizar el supuesto consenso blando de sus compatriotas bienpensantes, Maurice Dantec ha cruzado definitivamente la línea roja que separa la incorrección política del reaccionarismo.
El último Dantec, el ensayista, ya no se conforma con ser un furioso antieuropeo y celebrar la salud del imperialismo norteamericano, como lo hacía en la primera parte de su diario Théâtre des opérations (2000) y reincidía hace unos meses en el segundo tomo, Laboratoire de catastrophe générale (2001). Hoy, luego de haber nombrado a sus enemigos (la socialdemocracia, los periodistas, la conciencia humanitaria, los nihilistas), adelanta el tema de su próximo trabajo, una prometedora novela sobre el Juicio Final. Según explicó, estará inspirada por la actualidad: “el racismo antioccidental fomentado desde el interior por las coaliciones anarquistas pop” y “la guerra total que los EE.UU. va a librar contra los hitlero–musulmanes”. Todo un programa. Pese a su paranoia delirante, y porque discutir con Dantec sigue siendo un adictivo ejercicio, Radarlibros entrevistó al escritor iracundo, exiliado desde 1997 en Montreal.
Sorprende, en una novela, en este caso Babylon Babies, la invocación del nombre de Deleuze o de Donna Haraway, en fin: de teóricos de las nuevas subjetividades. ¿Vivimos una época posthumana? ¿Cómo sería el arte novelesco adecuado a esa posthumanidad?
–Para responder muy claramente a su pregunta, diría que encuentro muy asombroso que tan pocas novelas actuales hagan referencia a Gilles Deleuze, Donna Haraway, o, discúlpeme, Bergson, Einstein o Von Braun. Hoy vemos surgir novelas pretendidamente “modernas” y que no parecen llevar ninguna huella específica del siglo XX. Son novelas que, exceptuando algunos detalles “típicos” (marcas de ropa o de automóviles, referencias permanentes a la televisión), no parecen cargar en nada con la experiencia del siglo XX, ni de Auschwitz ni de Hiroshima, como tampoco del desciframiento del genoma humano o de la aventura espacial, demostrando una incapacidad flagrante a la hora de encontrar una narración acorde al milenio que acaba de comenzar con, por telón de fondo, el estruendo de las torres que se derrumban.
¿Vivimos una época posthumana? Si usted se refiere a algo como el concepto de “posthistoria” evocado por Philippe Muray, diría que estoy de acuerdo, pero con la condición de que lo admitamos como un simulacro actualizado de la historia, no haciendo más que repetir una serie de samples preformateados venidos de un pasado en vías de ser literalmente disuelto en la ideología humanitaria global. Estamos viviendo en un mundo extraño donde la simulación se ha transformado en la realidad, es decir el momento en que las ficciones toman cuerpo en el mundo, por ejemplo con Internet, y, lo que es peor, a través de la revelación generalizada en quetodos corren el velo de todos, una empresa reticular de exposición permanente de nuestros “yo”. Del mismo modo, si las ficciones están en este mismo momento tomando el control operativo del mundo, debemos admitir que son de una pobreza estilística y narrativa que harían llorar a un productor de telenovelas. Porque, qué es lo que observamos. A cambio de este “modo de vida”, la vida ha sido expulsada de su propia realidad. Los comportamientos sociales son apéndices de la Gran Matriz Cultural que va tomando forma como un ídolo caníbal. Por otro lado, permítame decirle que el arte, en lo que concierne a la literatura, no está obligada a “pertenecer a una época” más que a otra, sino que de su época obtiene el material necesario para trascenderla, para hacer de la novela el teatro de una experiencia gnóstica, del mismo tipo que generan los procesos neuronales particulares que la ciencia recién empieza a decodificar, procesos que invaden la corporalidad misma del narrador, así como su espejo cognitivo reflejado por esta imagen del ser vivo devenido “código genético”. Código. Génesis.
El novelista del siglo XXI no es un “posthumano”, es decir el hombrecito universal y programable, que podrá ofrecer algunos penes u ovarios suplementarios gracias al genio genético, y que vivirá bajo la perfusión permanente de informaciones parametradas por la Red Matricial. El novelista del siglo XXI es el novelista que anuncia el regreso de lo que va a ocurrir. Se mantiene más allá de lo humano, siempre, y en todas partes. No es únicamente el después que nos están preparando. Él debe, al contrario, intervenir para decodificar–sobrecodificar esta fenomenología-mundo.
Asimismo, hoy puede ver cómo la tarea del novelista se ha vuelto la de su propia recreación. Hablo principalmente de la literatura de expresión francesa, claro, pero es probable que el fenómeno, como todos los demás, se haya europeizado, y pronto mundializado. Me refiero aquí a la destrucción del lenguaje operada por los escritores mismos, bajo el pretexto de autoficciones autopatentadas y de erotismo barato.
El novelista debe entonces concebirse como una entidad metahumana. Como una suerte de creación en movimiento de lo que lo produce mientras lo produce, un cyborg transnarrativo que hace de su cerebro el lugar–nexo donde la narración lo revela a sí mismo, y, simultáneamente, revela este proceso al lector. Máquina sí, pero metamáquina, más allá de lo vivo y de lo inorgánico –para retomar a Deleuze–, algo que vuelva operativa la transmigración del narrador en sus personajes, usando como intermediario al cerebro–lector.
Pensar la literatura post 2001 sin hacer referencia a las nociones venidas de las neurociencias, de la física de los cuantos o de las leyes de la termodinámica, y no hablo de la cibernética y de la biología celular, es simplemente una payasada. El problema es que la literatura es el “mercado cultural” por excelencia, y que de ahora en más participan generaciones enteras criadas por los Teletubbies como referencia cultural central. En el mejor de los casos creen que el rock fue inventado por un DJ en los años ochenta.

En su último libro, Imperio, Toni Negri escribe algo así como una bitácora de nuestro tiempo (un tiempo de nuevas subjetividades y de aguda desterritorialización) señalando que el imperio sería “mejor” que el imperialismo (en el mismo sentido en que Marx había, antes, señalado que el capitalismo era mejor que los regímenes precedentes) precisamente porque libera mayores energías, disponibles para el surgimiento de fuerzas anti–Imperio. ¿Es Ud. igualmente optimista sobre la posibilidad de acabar con un orden económico–político injusto? ¿Cómo evalúa el movimiento (así llamado) de manifestaciones “antiglobalización”? ¿Qué papel puede cumplirel arte, y en particular la literatura, en el contexto de esas luchas a la vez locales y globales?
–Toni Negri. El intelectual de izquierda en todo su esplendor. Después de haber ponderado los méritos de la “lucha armada” –dicho de otro modo, del terrorismo– este señor, con muy poco, ha adquirido una reputación de “universitario deleuziano” que me parece completamente usurpada. Sobre todo cuando leemos su prosa literalmente contaminada por el pensamiento historicista y dialéctico marxista que se sitúa, como usted sabe, a millones de años luz del pensamiento de Nietzsche y, subsecuentemente, de Gilles Deleuze. Imperio, que apenas hojeé, parece calcado de las alucinaciones “mesiánicas” o “geopolíticas” de Ignacio Ramonet, el único en este mundo capaz de estrechar la mano del Fidel Castro sin sentirse ensuciado por los 30 mil muertos de los que su régimen es responsable. La inenarrable prosa antimundialista de todos estos falsos situacionistas, y verdaderos nihilistas, debe imperativamente ser compilada, para la posteridad. ¡Las fuerzas anti–Imperio! ¿Se refiere a los congresistas de Porto Alegre? ¿No se trata más bien del próximo movimiento del humanismo global, tal como se esboza “dialécticamente” cada vez que tiene lugar un chisme internacional u otro, la sombra del fantasma que la mundialización nihilista lleva en ella? ATTAC, José Bové, Ignacio Ramonet, Toni Negri, y los demás, he aquí muy exactamente el rostro de la ONU del futuro: un futuro donde toda soberanía política habrá desaparecido para favorecer las redes mafiosas y la burocracia ecologista mundial, nacidos del izquierdismo revolucionario de los años setenta y que hoy ha decidido alinearse sobre el antioccidentalismo visceral de los nazis islámicos; las sinagogas atacadas a diario precedidas de la profanación de cementerios son una prueba de ello.
Entonces permítame decirle que el arte no tiene nada que ver con esto. No trabajamos cada día para no sé qué sindicato de luchas populares, y para vuestros compatriotas que quieran tener una idea precisa de lo que pienso sobre este tema, les aconsejaría leer con atención el libro de Fernando Arrabal Carta a Fidel Castro (1984). El artista no debe ponerse al servicio de la sociedad ni marchar detrás de las banderas de las “fuerzas anti–Imperio”, sobre todo cuando éstas dibujan de hecho la topología de El Imperio de la Moral. No tenemos nada que ver con las dialécticas de profesores fosilizados sobre las obras de Lenin, o de Sartre. Nosotros rompemos con el dualismo mundialismo/ antimundialismo, que no son más que las dos figuras bíblicas del Leviatán y de Behemoth. El orden. O la entropía. Que se vuelve a transformar en orden, y así sucesivamente. Es el ciclo de la muerte devenida historia, ahora que ha muerto. Por mi parte, me niego a abordar la literatura como una rama de la acción humanitaria. Desde que los escritores están esponsorizados por el Premio Nobel, es cada vez más difícil encontrar buena dinamita.

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