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Domingo, 20 de marzo de 2005

NOTA DE TAPA

Duelo de titanes

La aparición de La tentación de lo imposible (Alfaguara) marca el regreso de Mario Vargas Llosa al ensayo literario. Ahora se trata de volver a vivir las emociones y desmesuras de Los Miserables, de Victor Hugo. Radar traza el arco desde el canto del cisne del romanticismo francés a la lectura actual de un clásico de casi 150 años de existencia a cargo de un novelista atraído por la desmesura y la pasión.

 Por Claudio Zeiger

No hay nada que hacer: debajo de la parva de páginas y más páginas de Los Miserables y de la montaña de libros, monografías y artículos dedicados a la novela y al propio Victor Hugo, late aún el corazón delator de Emma Bovary.

Tanta tinta, tanto papel, para sostener esa pasión que no cesa, atemperada, pero no cesa. En este nuevo escenario para la pasión, Mario Vargas Llosa hace que Flaubert y Victor Hugo se rocen y se aparten en las fronteras mismas de la modernidad: ahí donde los clásicos mueren de pie (Los Miserables), el emergente de una nueva sensibilidad (Madame Bovary) tendrá que esperar su turno para ser reconocido o mínimamente aceptado. Sea como fuere, en La tentación de lo imposible Vargas Llosa vuelve al siglo XIX y a Francia, cuando la literatura era cuestión de Estado y los hombres, hombres-siglo.

Está claro que la pasión por Hugo no es la pasión por Flaubert. Vargas cita a Flaubert contra Hugo (“Es inadmisible pintar de una manera tan falsa la sociedad cuando se es contemporáneo de Balzac y Dickens”) y sostiene que es mucho más actual en su pesimismo social que Hugo en su optimismo ciego. En La orgía perpetua, su libro acerca de Flaubert y Madame Bovary, Mario Vargas Llosa no dudaba en considerar su apasionada relación personal con el personaje de Emma como causa y motor del libro en general y de la primera parte en particular; en esa primera parte de La orgía... ejercía una crítica impresionista, en primera persona, que lo llevaba a concluir que, “en este mundo, Emma Bovary a nadie podrá dar más de lo que a mí me ha dado”. No es este tipo de atracción la ejercida por Victor Hugo sobre el escritor peruano; de hecho, La tentación de lo imposible se trata de la ampliación y reescritura de un curso dictado en la Universidad de Oxford en abril-mayo de 2004. De origen académico, entonces, este ensayo carece de ese factor impresionista de La orgía perpetua, aunque no está para nada ausente el toque personal.

La tentación de lo imposible se abre con un texto titulado “Victor Hugo, océano” (que también es el prólogo a la reciente edición de Los Miserables lanzada junto con el libro de Vargas) y este texto se abre con el recuerdo adolescente: “El invierno, en el internado del Colegio Militar Leoncio Prado, de Lima, ese año de 1950, era húmedo y ceniza, la rutina atontadora y la vida algo infeliz. Las aventuras de Jean Valjean, la obstinación de sabueso de Javert, la simpatía de Gavroche, el heroísmo de Enjolras, borraban la hostilidad del mundo y mudaban la depresión en entusiasmo en esas horas de lecturas robadas a las clases y a la instrucción, que me trasladaban a un universo de flamígeros extremos en la desdicha, en el amor, en el coraje, en la alegría, en la vileza”. La evocación tiene el mismo aroma confesional de La orgía perpetua, y más aún cuando concluye diciendo que “gracias a Los Miserables, la vida fue para mí mucho menos miserable”. A partir de allí la presencia de Flaubert en Hugo, la marca de La orgía perpetua en La tentación de lo imposible será un poco más seca pero importante. “Aunque Madame Bovary se publicó seis años antes que Los Miserables, en 1856, se puede decir que ésta es la última gran novela clásica y aquélla la primera gran novela moderna. Flaubert mató la inocencia del narrador, introdujo una autoconciencia o conciencia culpable en el relator de la historia, la noción de que el narrador debía abolirse o justificarse artísticamente (...) Con Los Miserables el narrador llega a la cumbre de la inconsciencia, como si adivinara que el magnífico espectáculo que nos brinda es su canto de cisne, que sus días están contados.”

Atraído y tironeado por lo clásico y lo moderno, por el formalismo puro del lenguaje y el ímpetu de la narración inagotable, ¿qué lee Vargas Llosa en Victor Hugo? En principio, la desmesura. Lo titánico. La fecundidad del poeta le produce vértigo y admiración su precocidad. El narrador de Hugo tiene omnisciencia, omnipotencia, exuberancia, visibilidad, egolatría. En suma, es Dios. Y el creador como Dios –y Los Miserables como novela religiosa– ejercen una gran atracción, nos enteramos, sobre Vargas.Pensar a Los Miserables como una lucha entre Dios y el Diablo lo atrae mucho más que postular a Hugo como un realista un tanto desbordado o un Hugo romántico social, aspecto que, con justeza, no desdeña, pero no considera el quid de la cuestión. Y fiel a la convicción de que la pasión, en las novelas, es despertada por los personajes, y podría decirse, por las relaciones personales que los lectores establecemos con los personajes (lujo cada vez más limitado a los textos clásicos), Vargas retrata con agudo ojo clínico a Valjean (un estoico, un masoquista) y presiente que quizá la gran creación de Hugo haya sido el inspector Javert, el perseguidor implacable, de Valjean y finalmente de sí mismo; y es que sin dudas es Javert quien más nos puede apelar a partir del odio y su curiosa forma de entereza, tan terca y equivocada, tan a favor de la autoridad y en contra del hombre. “Qué fácil es ser bueno. Lo difícil es ser justo”, se queja Javert ante el alcalde. Y todos nos estremecemos por el concluyente fanatismo de sus palabras.

Vargas Llosa también quiere leer el sexo en Los Miserables; el problema es que no lo encuentra. Ha dicho –desde La orgía perpetua– que el sexo fue siempre un ingrediente fundamental en la literatura, y, en verdad, es factor evidente en su propio programa narrativo. Vargas Llosa no concibe que el sexo no forme parte del tinglado histórico social de una de sus novelas. Y como lector ha sostenido que “una novela ha sido más seductora para mí en la medida en que en ella aparecían, combinadas con pericia en una historia compacta, la rebeldía, la violencia, el melodrama y el sexo”.

Ahora bien: si no hay dudas de que los tres primeros elementos se hacen presentes en Los Miserables, la ausencia del cuarto elemento no es menos notable. “En lo que concierne al sexo, la moral de Los Miserables se ajusta como un guante a la moral católica en su versión más intolerante y puritana.” Sexo abolido y satanizado, nos dice Vargas, a pesar de estar comprobado que Hugo honró el sexo hasta sus últimas horas y con las más variadas clases y arquetipos femeninos, satisfaciendo un apetito sexual que era parte de su desmesura.

Desde luego la sexualidad más bien morbosa en Madame Bovary fue uno de los ingredientes que atrajo al Vargas lector juvenil; desde luego la ausencia de sexo lógicamente lo pone alerta en Los Miserables, pero no por ello deja pasar de largo el famoso recorrido de Valjean huyendo con el cuerpo de Marius a cuestas por las alcantarillas de París (“el intestino de Leviatán”). Nosotros podemos conjeturar que lo que no da el sexo al fin y al cabo lo da el cuerpo, en forma de veneno tóxico que debe ser eliminado; la merde de París es la sección de humores y sudores de Los Miserables. Y así Hugo sexualizó la novela –volviéndola fisiológica– por otros medios sin erosionar su religiosidad.

La lectura de Hugo por Vargas es bastante “lógica” a la luz de La orgía perpetua y de sus propias ideas como novelista vertidas en varios artículos y practicada en sus novelas. De ahí, entonces, el ojo puesto en la sexualidad, la atracción por las desmesuras del autor y la especial dedicación a los personajes-arquetipos. Ojo de novelista/ lector, capaz de fundir en su mirada al adolescente de los 50 y al novelista posterior, se muestra elocuente al hablar de literatura y vigoroso al hacer el retrato político-ideológico de Hugo.

Lapsus o no, afirma suelto de cuerpo: “A diferencia de los escritores que comienzan siendo revolucionarios y terminan reaccionarios, él, de joven, fue monárquico, legitimista y vendéen, como su madre, luego orleanista en tiempos de Louis Philippe; en su vejez, liberal, republicano y, en los días de La Comuna, vagamente socializante y anarquista”.

Más allá de esa observación, lo que hace Vargas en el último capítulo para poder dar en el centro ideológico del asunto es notable, un gran final; resume la crítica más feroz que haya recibido Los Miserables, la de Alphonse de Lamartine, precisamente quien acuñó la frase de donde ha salido el título de este ensayo: “La más homicida y la más terrible de laspasiones que se puede infundir en las masas, es la pasión de lo imposible”.

Vargas toma muy en serio la postura de Lamartine (no muy lejana de la de un inquisidor que para proteger a las masas terminaría prohibiendo las novelas “nocivas”) y es a partir de ella que realiza un lúcido análisis acerca del rol de la ficción en la sociedad. ¿Debe servir para algo? ¿Molestar, algo más que entretener? ¿Es político su papel? ¿Es el mismo en nuestro tiempo que en los de Victor Hugo? ¿Qué queda en nuestras sociedades, en nosotros mismos, del espíritu de rebeldía? Las respuestas no son nada tajantes pero este último capítulo ilumina retrospectivamente todo lo que vinimos leyendo.

De ahí en más quedará en nosotros volver a Los Miserables con una guía eficaz. Y sobre Vargas Llosa cabe agregar que es bueno verlo reconciliado con el ensayo literario que practicó en varias oportunidades pero que en La orgía perpetua y en La tentación de lo imposible (basta reparar en los títulos) lo hace jugar uno de sus juegos favoritos: asomarse a los abismos del deseo, a los amores imposibles y a las pasiones desmesuradas, con el entusiasmo de la primera vez aunque ya no sea la primera vez.

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