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Domingo, 31 de julio de 2005

La arquitectura del cielo

Retomando tópicos de libros anteriores, y con la arquitectura como motivo de reflexión acerca de las utopías, Pablo De Santis armó una atractiva novela de imaginación combinada con el rigor del cuento corto.

Por Juan Pablo Bertazza


La sexta lámpara
Pablo De Santis
Seix Barral
253 páginas

En su última novela, Pablo De Santis pone la mira en aquellos colosales proyectos humanos predestinados a llegar a ningún puerto; deudores tanto de la teoría platónica (que veía un abismo entre mundo sensible y mundo de las ideas), como también de un refrán no por desgastado menos vigente: del dicho al hecho hay un largo trecho.

Y como si se tratara de un tópico que verdaderamente obsesiona al autor, ya que no faltan quienes aseguran que en toda una vida no se escribe más que sobre dos o tres temas, en su obra abundan antecedentes al respecto. En Filosofía y letras, por ejemplo, había ya un cuento imposible, atribuido al enigmático y ficticio escritor Homero Brocca, que cargaba con infinidad de versiones. El cuento se llamaba –sin titubeos– “Sustituciones”, y sus innumerables variantes eran usadas por diversos bandos de críticos, exégetas y demás buitres para intercambiarse mensajes cifrados. Por otro lado, en La traducción, algunos personajes se obsesionaban por descubrir aquella lengua originaria y limpia de cualquier clase de equívocos, anterior a la torre de Babel.

Justamente, la utopía patológica con que lidia Silvio Balestri, el protagonista de La sexta lámpara, es la ansiedad por producir una especie de remake de aquella torre que, según el mito, despertó la ira de Dios y la pluralidad lingüística. Balestri, arquitecto italiano, le da a su proyecto el nombre de Zigurat (como aquel santuario escalonado de la antigua Mesopotamia) y pretende transformarlo en el rascacielos neoyorquino más alto del mundo con el plus de que parezca no estar terminado. No como una obra abandonada o inconclusa sino como si –en cualquier momento– fuera a tomar mayor altura. Como yapa, busca incorporar un nuevo sentido a las dos interpretaciones corrientes que el arquitecto lee en el mito de la torre de Babel; es decir, el castigo a la soberbia de los hombres, por un lado, y la multiplicación de las lenguas, por el otro. Pero el sentido que Balestri planea restituir es más complejo y más simple –al mismo tiempo– que los otros dos: se trata del papel del significado (o, mejor dicho, la confusión del significado) en la arquitectura. Y este significado que se quiere recuperar a toda costa, pese a pertenecer estrictamente al orden arquitectónico, alcanza densas dimensiones, como la del lenguaje (otra figurita repetida en la obra de Pablo De Santis): “La torre de Babel nos dice a nosotros, arquitectos, que construimos con el significado y a través del significado, con palabras y a través de las palabras”. En definitiva, para Balestri –tal vez, también para De Santis–, su utopía, obsesión patológica u horizonte de imposibles, todo abreviado en su Zigurat, no es más que el acto heroico que debe encontrarse para justificar lo que, de todas formas, va a ser el castigo final.

Con castigo o sin castigo, lo que le termina pasando a Balestri, mientras hace su vida de romano en Nueva York, ascendiendo y descendiendo en una gran compañía de construcciones, casándose, divorciándose, y hasta mintiendo al reconocer en un cadáver al de su mujer para librarse de ella, es que su proyecto Zigurat se topa con el rigor del Club de las Seis Lámparas, una asociación secreta de creadores de rascacielos que tienen la concesión de todo lo que haga correr plata a partir de los 50 metros de altura, y son fuertes detractores de todo principio de significado que se oponga a su funcionalismo.

El escenario de la novela va de los albores del siglo XX, pasa por la gran crisis y llega hasta la Segunda Guerra Mundial en la que, como sucedió con Albert Speer –el constructor de Hitler–, los intereses arquitectónicos de Balestri coincidirán con los del nazismo. Lo cual puede explicarse por la perspectiva inmanente de algunos artistas que, con su talento, justifican una ignorancia total y deliberada con respecto al contexto, y a las consecuencias que pueden llegar a derivarse de sus obras.

La sexta lámpara, que amaga con ser la biografía de un personaje apócrifo, está estructurada a partir de cien capítulos cortos, dispuestos a manera de pisos de una gran construcción, y su ingeniero y maestro mayor de obra logra un muy buen manejo de la incógnita, adscribiéndose a un realismo que siempre le deja alguna ventana abierta a lo fantástico. Entre la construcción clásica y concisa del cuento, y la forma detallista y con ansias de totalidad de la novela, su lectura, con ciertos atisbos del Guillermo Martínez novelista y del checo Leo Perutz (autor de culto de El maestro del juicio final), nos da la placentera sensación de estar recorriendo –vertiginosamente y en ascensor– los distintos niveles de un rascacielos. Un rascacielos que, sin menospreciar el valor de la utopía, tiene la inestimable virtud pragmática de ser –en este caso sí– un proyecto acabado.

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