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Domingo, 26 de febrero de 2006

NOTA DE TAPA

Un amor correspondido

y la obra de Stendhal en numerosos artículos, ensayos y textos dispersos en libros y periódicos. Quizá sólo se trataba de devolver un poco del amor y la devoción que sintió Stendhal por Italia. Adorable Stendhal (Adriana Hidalgo) reúne en un volumen todo ese material en una edición al cuidado de su esposa, Maria Andronico Sciascia.

 Por JUAN FORN

En dos lugares de su obra habló Leonardo Sciascia de Pasolini. En ambas oportunidades dijo bellamente lo mismo (que le era tan fraternal como lejano, que tenían una fraternidad sin confidencias y de recíprocas intolerancias). Pero aquello que en una de las citas parece distanciar sin remedio a los dos francotiradores más valientes de la literatura italiana de nuestro tiempo, es precisamente lo que en la otra parece unirlos por encima de las diferencias. “Había una palabra que nos separaba como un muro, una palabra que era clave en su vida: adorable”, dice Sciascia en El caso Moro refiriéndose a esos ragazzi di vita que Pasolini amaba y que él veía como la carne de cañón que reclutaban para sus filas tanto la mafia como las Brigadas Rojas. En Adorable Stendhal repite lo mismo, pero esta vez agrega: “Si yo he escrito y pensado esa palabra tan amada por Pasolini, ha sido para una sola mujer y para un solo escritor”. De la mujer no nos dice nada. De Stendhal escribe un libro entero.

Eso es adorar una mujer y adorar un escritor, para Sciascia. Aclaración para los puristas: en realidad, Sciascia se limitó a escribir sobre Stendhal toda su vida; la que reunió todos esos textos en un libro fue su viuda (lo que nos lleva de nuevo al mismo punto, aquel donde se cruzan esas dos adoraciones y dan como resultado este libro, que a un escritor como Julian Barnes le habría servido perfectamente para mandarse un “loro de Stendhal”). Pero Sciascia es otra clase de escritor: el insobornable maestro de escuela que se quemó las pestañas leyendo incontables expedientes judiciales y textos de historia para combatir con sus libros la epidemia de la violencia, el marasmo que ahogaba a su Sicilia natal. Sciascia encarna de tal manera al escritor cívico que, al principio, uno lo desconoce al leer estas páginas en donde dio rienda suelta a su devoción por Stendhal. Como bien dice Vincenzo Consolo en el prólogo, este libro nos revela el escritor que Sciascia hubiese querido y no pudo ser, por el mandato moral que lo llevó a enfrentar en solitario el poder mafioso-político siciliano.

En Francia abundan las asociaciones que se hacen llamar “Amigos de” ciertos escritores. Compuestas por lectores particularmente fervorosos de cierto autor, no necesariamente catedráticos pero casi siempre coleccionistas de cuanto papel impreso se refiera a su objeto de veneración, estas sectas suelen desvirtuar con su tedioso celo el espíritu del autor que creen honrar. Sciascia supo frecuentar a los stendhalianos, a su manera discreta, pero cada vez que escribió sobre Stendhal logró la proeza de ser tan divertido, descarado y brillante como el autor de Rojo y negro. Ejemplo: “Después de escribir sobre un hombre inteligente (el científico siciliano Ettore Majorana), juego con la idea de escribir sobre un cretino”, dice Sciascia, y acto seguido se pone a escribir sobre el príncipe Pedro Bonaparte. Mezcolanza bizarra de príncipe romano y bandolero corso, buen tipo pero sin mucho cerebro, de temperamento descabellado y violento, este sobrino-problema de Napoleón que protagonizó un juicio célebre en su tiempo por matar de un balazo a un periodista monárquico que había ofendido su apellido, y que solía pasearse por las calles seguido de un perro que llevaba un cuchillo entre los dientes (literalmente), atrae a Sciascia por una razón concreta: los estudiosos han llegado a la conclusión de que es el personaje histórico en el que se basó Stendhal para componer al Fabrizio del Dongo de La cartuja de Parma. Sciascia hila diferentes y delirantes andanzas de Pedro Bonaparte, buceando en los mismos archivos históricos que en los stendhalianos habituales dan como resultado soporíferos ensayos (desde las actas de aquel juicio hasta los opúsculos absurdos en los que Pedro pretendía ofrecer tratados de guerra y que más parecen memorias galantes de un duelista incurable) y por fin revela su propósito: habiendo demostrado que Pedro era un cretino, les pregunta a los stendhalianos por qué no considerar así a Fabrizio, lo que explicaría la incomodidad y hasta cierta decepción que a todos les provoca el protagonista de La cartuja...

Un retrato célebre de Stendhal lo muestra con cara de pícara complicidad y una tremenda cornamenta de ciervo. Sciascia revela el origen de este retrato: a la muerte de Stendhal, Merimeé escribió un opúsculo sobre él, con recuerdos y anécdotas, que lo pintaban tan cínicamente que los stendhalianos odian hasta hoy el librito (“una ofrenda envenenada hacia aquel que pretende honrar”). A tal punto lo odian que han logrado que, cada vez que se repite el frontispicio original de aquel opúsculo (obra del grabador Rops) se lo presente mutilado: está la cabeza de ciervo con su cornamenta y su pícara mirada de costado y están las iniciales HB (Henri Beyle, el verdadero nombre de Stendhal). Lo que falta puede encontrarse en el relato de Merimeé sobre el romance de Stendhal y Angela Pietragua en Milán. Parece que Sten- dhal aceptó instalarse en Torino por pedido de la Pietragua, para no alertar a su marido (aunque éste era el más complaciente de los hombres, según Merimeé). Cuando la dama empezó a apelar a las más ridículas excusas para no recibir a su amante, Stendhal fue furtivamente a Milán, interceptó a una de las doncellas de la casa y le preguntó cómo iban las cosas. En lugar de contestarle, ella lo hizo entrar por una puerta lateral, lo instaló en un cuartito y le dijo que comprobara él mismo, por el ojo de la cerradura, “la más monstruosa y convincente prueba”. Cuando Stendhal les contó el episodio a Merimeé y a Rops, les dijo que a duras penas pudo contener la risotada, en aquella oscuridad, “ante el singular ridículo de toda la situación”. A eso se debe la expresión del ciervo en el famoso frontispicio: según Sciascia, en el grabado original, lo que espiaba el ciervo de costado y producía en él esa mueca pícara, era una pareja amándose con absurdas contorsiones. Merimeé remata el relato (y Sciascia hace lo mismo), agregando que sólo después de un tiempo Stendhal “reparó en su propia infelicidad” y se dedicó a sufrir un tiempo, como sólo él sabía sufrir las penas de amor.

¿Fue Stendhal el verdadero autor de las memorias de Casanova (teniendo en cuenta el escaso francés que manejaba el celebérrimo amante italiano y que su obra está escrita precisamente en ese idioma)? ¿Es cierto que cuando Merimeé le ofreció a Alejandro Dumas, a la muerte de Stendhal, las incontables actas de juicios papales que éste había acumulado, pensando que servirían de materia prima para la fábrica de novelas del autor de El Conde de Montecristo y así sacarían de la pobreza a la hermana del muerto, Dumas le contestó con desdén: “Cuando necesito una crónica trágica, la invento”?

A lo largo de este libro, Sciascia nos cuenta estos y otros episodios fascinantes de Stendhal, escribiendo no como un stendhaliano sino tal como el mismísimo Beyle relataría los excesos bizantinos que han producido su vida y su obra en los fanáticos.

Es célebre el rechazo de Stendhal por los amaneramientos de estilo (eso que él llamaba hipocresía, y consideraba el peor de los pecados). Para evitarlos decía escribir con el Código Civil siempre a mano. Sin embargo, pocos escritores tuvieron tanta desfachatez como él para trenzar lo cierto con lo apócrifo, no sólo en su obra sino en su correspondencia y hasta en los documentos públicos escritos bajo juramento. Se sabe que actuaba de tal manera no sólo por discreción galante con sus amores (la mayoría de ellos no del todo correspondidos) sino por necesario espíritu conspirativo: no debe olvidarse que era cónsul del gobierno monárquico francés, aunque su corazón seguía siendo bonapartista (por esa razón no firmaba sus libros con su nombre real, y también por eso es que prefirió pasar la última mitad de su vida en diferentes lugares de Italia).

Este pozo sin fondo de medias verdades, mistificaciones, propósitos ocultos y picardías varias, combinado con el ejercicio impenitente de la anécdota, la capacidad única de observación y de síntesis que le permitían armar un relato poderoso en breves líneas y encadenarlo con otro y otro yotro más, sin respiro ni pausa (tanto en sus novelas como en sus libros de crónicas y hasta en sus ensayos) es lo que llevó a Paul Valéry a decir que “uno jamás terminará con Stendhal”, frase que encarna como ninguna otra la divisa de los stendhalianos y que Sciascia ejerce en este glorioso libro a su manera.

Cuando Sciascia dice que Sten- dhal es, sin discusión, el más contemporáneo de los clásicos, lo dice al pie de la letra, al punto que se toma el trabajo de rastrear quién fue el último en morir de las personas que conocieron a Stendhal. En su pesquisa, da por tierra con la teoría stendhaliana de que fue Eugenia de Montijo (esposa de Luis Bonaparte y ex emperatriz de los franceses, muerta en Madrid en 1920). El último de los hombres que conoció a Stendhal habría sido en realidad el conde Giuseppe Greppi, muerto en Milán en 1921 “a la edad de ciento dos años, un mes y doce días, y no por una enfermedad sino por haberse curado de ella”, según la necrológica de L’Illustrazzione Italiana. Senador, embajador, caballero de la Orden de Malta y personaje de Adiós a las armas (con el nombre de Greffi), el conde había cenado y conversado largamente con Stendhal en 1840 y había jugado al billar con Hemingway una tarde de 1917. A Sciascia el episodio le resulta digno de mención por dos motivos. Uno de ellos es aquel famoso pronóstico que había hecho Stendhal en su tiempo: “Mis lectores aún no han nacido. Me leerán verdaderamente en 1880 y en 1935”.

Así como Nietzsche leyó y adoró a Stendhal en 1880, Hemingway hizo lo propio en 1935, dice Sciascia. Y agrega que, para él, Hemingway es “el más stendhaliano de los escritores de nuestro tiempo”, junto con Giuseppe Tomasi de Lampedusa, ese otro siciliano stendhaliano. “A El Gatopardo se aplica como a ningún otro libro lo que dijo Beyle sobre La cartuja de Parma: un libro escrito por un anciano para los ancianos”, dice Sciascia (y aclara que hay que entender por anciano lo que entendía Stendhal: gente de más de cuarenta). “En su mirar al porvenir, Stendhal profetizó el advenimiento de sus lectores futuros. En su mirar al pasado, Lampedusa creyó que no podía tener lectores, y quizá por esa razón dejó inconcluso El Gatopardo.”

A Lampedusa, como a Sciascia, lo fascinaba otra de las famosas premoniciones de Stendhal: la que lo llevó a decir, después de pedir largamente y en vano el puesto de cónsul en Palermo, que jamás llegaría a Sicilia (lo que no le impidió describir un viaje inventado a la isla, que hace pasar por cierto en sus Crónicas italianas). Ese, precisamente, es el último y más central de los anillos concéntricos de la devoción de Sciascia por Stendhal: el amor que éste profesó siempre por los italianos. Que lo llevó a pedir que en el epitafio de su tumba dijera simplemente: “Arrigo Beyle, milanés. Vivió. Escribió. Amó”.

En un recuerdo de infancia de Sten-dhal sobre su ciudad natal, Sciascia descubre una descripción de “ochenta naranjos en maceta que el Condestable de Lesdiguières, último gran personaje del Delfinado, hizo colocar a las orillas de la alameda de los Marronniers, y que florecían magníficamente cada verano”. A tal punto que el niño Beyle preguntó a su tía Elisabeth si existía un país donde esas plantas maravillosas creciesen en la tierra. Existía: esos naranjos provenían de Mazzarrá, Sicilia, Italia. El lugar donde Leonardo Sciascia vivió, amó, escribió.

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