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Domingo, 1 de julio de 2007

MALLO

El policial escrito en argentino

Vuelve el ex comisario Lascano. Esta vez su investigación no se adentra en la tenebrosa realidad de la dictadura (La aguja en el pajar, 2005), sino en sus invisibles ramificaciones durante los primeros años de democracia. Y ya promete una tercera entrega de esta saga que roba el policial del laboratorio literario para devolverlo al best-seller argentino.

 Por Guillermo Saccomanno


Delincuente argentino
Ernesto Mallo

Planeta, 198 páginas

¿Qué quiere decir Alejandra Pizarnik cuando escribe: “Mañana/la carta desconocida/encontrará las manos del alma”? ¿Qué quiere decir Ernesto Mallo (1948), cabe preguntarse, cuando invoca a la poeta suicida en el acápite de Delincuente argentino? Boutade o provocación, lo que insinúa Mallo es que conviene desconfiar de las reglas fijas de un género. ¿Acaso la violencia de un poema no puede conectarse con la violencia de una narrativa y ambos, a su vez, conectarse con la violencia política? Delincuente argentino, más allá del hallazgo de su título seductor (que promete y cumple una radiografía del hampa institucionalizado) es algo más que una novela policial: una manera de narrar lo social que mucha novela local contemporánea (la psicológica, la social, la vanguardista) pareciera congelar en tics: se trate de una poética kitchosa, cumbiera o tecno/web. Delincuente argentino pertenece a un género que venía en desuso: el policial. Y en su rescate, Mallo lo cuestiona al preguntarse cómo narrar hoy lo social, una corrupción que los medios informan pero no narran. No es poco desafío escribir una policial despegando de la crónica en una época donde la ficción suele zozobrar ante la contundencia de lo testimonial.

Delincuente argentino arranca con una escena de amor: la despedida del Topo Miranda, un delincuente que sale en libertad, de Andrés, su valerio en los años que tuvo de condena. Convendría tener en cuenta para un análisis más pormenorizado de cómo circula el deseo masculino en la narración. Costado de Miranda: al salir en libertad deberá encontrarse con Fernando, su hijo homosexual. Y habría entonces que reparar que la historia de amor central que atraviesa el relato no es tanto la del Perro Lascano, el ex comisario de la Federal que se empecina en la búsqueda de Eva, la militante del ERP de la que se enamoró durante la dictadura, como la relación que establece con su Miranda, su fugitivo. Porque en la rivalidad y la simetría que encarnan el Perro Lascano y el Topo Miranda subyace, especular, una relación de admiración recíproca, en sus idas y vueltas, que no puede traducirse sino como amor viril. En la trama de Delincuente argentino hay más: el robo de dinero negro de un banco, comisarios entreverados al negocio de la droga, un mayor del Ejército que se robó un bebé en la dictadura, una serie interminable de ingredientes fuertes que vuelven atrapante la novela. Determinadas referencias como el chupadero Coti Martínez no son meros datos de color, pinceladas para entenebrecer una historia negra.

Pero hay otra manera de leer Delincuente argentino. Y es enfocarla como una pieza que problematiza el género. Y lo problematiza, en particular, en nuestro país, donde la construcción de un héroe que viene de la policía inevitablemente empuja a la asociación con la mano de obra desocupada. Enfrentando esta dificultad, Mallo asomó brillante al género desde La aguja en el pajar (2005), donde al presentar a Lascano, se metía en los entresijos de la dictadura. Delincuente argentino es otra aventura de Lascano. No es un puro, es un ex cana, se sabe. Tiene sus códigos, pero también un pathos. Si en La aguja... Lascano investigaba bajo el terrorismo de Estado y la plata dulce, ahora deberá atrapar a Miranda en los primeros tiempos de la democracia. El terror no quedó atrás y salpica con sangre. Pero lo que interesa a Mallo es la problematización. A preguntarse: ¿en qué lengua escribe Mallo? El chamuyo lunfa, el carcelario no le son ajenos. Pero lejos de la intención verista, los diálogos emblocados y en bastardilla aspiran a una retorización de novela moderna. Pero la innovación del género en Mallo no viene tanto por acá como por asumir que una novela de género policial (que en alguna época fue popular y tuvo su prestigio, ahora de culto), debe diferenciarse del español de las traducciones bestsellerescas. No se trata sólo de salirse del “tú”. También de anclar un habla, una escritura, afirmar su identidad, que no es poco mérito. En este aspecto, con la vuelta del Perro Lascano (y la auspiciosa e inminente entrega de una tercera novela que continuará la saga), en Mallo se revela la conciencia del tema y las variaciones como obsesión de estilo.

Con respecto a la escritura de Mallo Ana María Shua ha señalado con justeza: “Este hombre sabe. Sabe de armas, sabe de pizzerías, sabe de mujeres, sabe de cadáveres, sabe de autos, sabe cómo funciona una comisaría, sabe cómo funciona una máquina de hacer café y cómo funciona (o no) un asalto. Pero sobre todo, sabe contar. En la más rigurosa y perfecta tradición de la novela negra, develando, al mismo tiempo, la esencia destilada de la argentinidad, nos regala este libro para leer sin parar y sin aliento”. Porque, siguiendo a Shua, puede comprobarse que Mallo no se conforma con el saber de la experiencia vital. Tiene también otro, de oído y de voz, quizá lo más arduo de conseguir para un escritor: una voz que dentro de las reglas de un género, al violarlas, se instaura como marca.

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