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Domingo, 26 de octubre de 2008

Livin’ la vida loca

Después de la impactante memoir Recortes de una vida, Augusten Burroughs sigue contando las desmesuradas desdichas de su vida. Fiel representante de un género hijo de las tecnologías de la comunicación, es igualmente un narrador capaz de dar fuertes pinceladas literarias sobre su experiencia como adicto.

 Por Mariana Enriquez


En el dique seco
Augusten Burroughs

Anagrama
345 páginas

Tradicionalmente, los hombres y mujeres públicos (del pensamiento, la literatura, la política) publican sus memorias cuando ya son reconocidos por su obra; una forma de dar testimonio de la época vivida, de revelar el detrás de escena de una trayectoria, de alimentar la curiosidad de los lectores por la vida privada del célebre o del famoso. Pero en los últimos años, junto con la explosión de las nuevas tecnologías y de los formatos televisivos del talk show y el reality, el sujeto de las memorias puede ser un personaje perfectamente anónimo antes de la publicación narrada de su vida. Esa vida está, en lo posible, muy recargada de trauma, experiencia y renacimiento. Así surgieron en el mercado literario, especialmente el norteamericano, los memoirs: y en esa bolsa de catarsis autobiográfica (que algún crítico llamó “un período de autoflagelación”) hay desde fraudes completos (Love & Consequences de Margaret Seltzer, una supuesta chica pandillera medio blanca medio indígena norteamericana de South Central, que resultó no ser nada de eso), escritores que arrancan con la confesión y siguen hacia la ficción (Dave Eggers, Alice Sebold) y extrañas mezclas de performance, mentira y perversión (Laura Albert, alias J. T. Leroy). En este mundo, Augusten Burroughs es estrella, defensor y uno de los mejores representantes del género. Su camino es peculiar: debutó con una novela, Sellevision, pero se hizo famoso con su primera memoir, Recortes de mi vida (Running with Scissors, 2002) que relataba con gracia, destreza narrativa envidiable y una distancia increíble los acontecimientos de su infancia y primera adolescencia: una madre poeta psicótica que quiere ser Anne Sexton y un padre filósofo, violento y borracho, que entregan al hijo a un excéntrico psiquiatra, el Dr. Finch. Tan excéntrico que deja vivir a algunos de sus pacientes en su casa, incluido un pedófilo llamado Bookman que acaba siendo el primer amante de Augusten (de 12 años). Recortes de mi vida fue best seller y éxito de crítica. En los años posteriores, Burroughs se enfrentó en tribunales con la familia Finch (que lo acusó de mentir y exagerar), logró un arreglo y siguió publicando memoirs. En el dique seco es, entonces, Augusten Burroughs a los 24, gay, exitoso y alcohólico. Publicista, además, aunque detesta su trabajo: “Yo no tengo dignidad. Nunca la tuve. Por eso trabajo en esto”. La empresa que lo emplea toma la decisión de enviarlo a un centro de rehabilitación y, si él no acepta, tendrán que despedirlo. Desde ese momento, Burroughs desgrana su experiencia de recuperación con gran sarcasmo, citas pop y observaciones de pasmosa frivolidad a la Patrick Bateman. Pero bajo esa superficie, que vuelve a En el dique seco un libro predecible, laten otras historias, con mayor calado, en segundo plano. La de Pighead, por ejemplo, el amigo que tiene sida y por eso queda afuera de la vida de Augusten (egoísta, sencillamente, tiene miedo de perderlo y por eso lo aparta). O la del centro del rehabilitación exclusivo para homosexuales adonde va Augusten, que parece el colmo del consumo especializado.

Burroughs insiste en que no es un novelista –en varias entrevistas habla de su memoria como si fuera el auténtico Funes, en una carrera algo loca sobre la “veracidad”– pero tiene todos los instintos de un gran narrador. Y así, cuando uno ya está harto de este personaje insoportable, rico, deslumbrado por la hermosura de un compañero de terapia millonario adicto al crack, a Augusten le empiezan a caer las fichas. Cuando eso sucede, es tan franco, humano y potente –y está tan bien escrito– que uno le toma cierta simpatía a ese cretino anterior. Y, parafraseando a Lev Grossman, que reseñó este libro en Time, En el dique seco es menos espectacular que Recortes de mi vida, pero quizás más interesante: ya no se trata de una “rareza andante”, sino de una crónica más madura de desdichas, patetismos y valentías cotidianas.

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