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Domingo, 16 de agosto de 2009

EL EXTRANJERO

Thomas Pynchon

Thomas Pynchon, el siempre esquivo y experimental escritor norteamericano, sorprendió a todos: Inherent Vice es su novela más normal, un policial de la estirpe pulp que transcurre en esa triste frontera entre el final de los ’60 de Acuario y los ’70 de Cáncer.

 Por Rodrigo Fresán

Inherent Vice
Thomas Pynchon

Penguin Press, EE.UU.
384 páginas

El nombre en la portada –en letras de neón, brillando sobre una ilustración bastante fea y apropiadamente anticuada– es el de Thomas Pynchon.

Pero, apenas unas páginas después, comprendemos que –de no detectarse ciertos rasgos y tics y rarezas características– el nombre podría ser muchos otros.

Podría ser el de Kem Nunn (autor del clásico surf-noir Tapping the Source y uno de los creadores de la malograda pero venerable serie playera de HBO John From Cincinatti).

O el de Newton Thornburg (responsable de hitos del policial vietnamita de Los Angeles como Cutter and Bone).

O el del cantautor Warren Zevon volviendo de la muerte con una encontrada novela perdida en la garganta.

O el de un Denis Johnson pasado de revoluciones luego de reciente incursión hard-boiled con Nobody Move.

O hasta el de los hermanos Coen sorprendiendo con una prequel de The Big Lebowski.

O del mismísimo Ross Macdonald en esas novelas en las que los hijos extraviados de los poderosos se meten en líos y son arrastrados por la mareante marea de playas donde siempre ondea la bandera roja.

Pero no.

Lo del principio: el nombre ahí arriba es el del hombre invisible Thomas Pynchon.

Y Pynchon siempre sorprende y, con Inherent Vice, acaso sorprende más que nunca. Porque he aquí –después de su panorámica Google-Novela à la David Lean desaforado Against the Day, todavía pendiente de publicación en Tusquets– la que tal vez sea lo más “normal” del autor de V.

Y, claro, lo comprendemos enseguida, no hay nada más anormal que la normalidad según Pynchon propuesta –por primera vez– no desde obras que constituyen especies que empiezan y terminan en sí mismas sino, ahora, trabajando disciplinadamente dentro de uno de los géneros más rigurosos e impositivos: el policial.

Dicho esto, puede afirmarse que Inherent Vice –extraño título que surge de una figura legal que se aplica en el tribunalicio derecho marítimo– es pariente más o menos cercana de Vineland (1990) ya que explora, desde un ángulo diferente, un mismo paisaje: el entrópico derrumbe de la iniciática Era de Acuario hacia la terminal Era de Cáncer. La frontera peligrosa y sin retorno que separa a los años ‘60 de los años ‘70. El fin del sueño hippie y por ahí se menciona, una y otra vez, la pesadilla de Charles Manson y su tribu mientras un playero y fumón y casi treintañero detective privado de nombre Larry “Doc” Sportello –propietario de LSD Investigations, sigla resultante de “Location, Surveillance, Detection”– acepta uno de esos casos complicados cortesía de una ex novia fatal quien le propone buscar y encontrar a su novio actual: Mickey Wolfmann, magnate inmobiliario quien, luego de algo así como una epifanía hippie, decide liquidar todos sus bienes para financiar una mega-comuna para extraños de pelo largo mientras, entre las sombras, acecha la organización secreta-odontológica Golden Fang que, tal vez, controle a Nixon y contrabandee heroína detrás de la fachada de un puñado de dentistas.

Todo esto contado en capítulos cortos y diálogos concisos (pero muy graciosos) y en línea recta. Lo que no impide que, enseguida, comencemos a detectar inconfundibles marcas de la casa: bizarros nombres y apellidos (tomen nota: Ensenada Slim, Flaco the Bad, Dr. Buddy Tubeside, Petunia Leeway, Jason Velveeta, Scott Oof, Sledge Poteet, Leonard Jermaine Loosemeat a.k.a. El Drano, Delwyn Quight, y Trillium Fortnight), cancioncitas absurdas, un nutrido reparto de freaks que incluye a agentes del FBI y a saxofonistas que parecen estar en todas partes al mismo tiempo y a clarividentes confundidos por el aura de Las Vegas, alusiones a la baja y alta cultura, una primera y paranoica manifestación de lo que será Internet, y guiños para connoiseurs a la primera línea de El arcoiris de gravedad o a La subasta del lote 49 con ese sistema de correos en base a cocos voladores o algo así.

La crítica se ha extrañado –y ha celebrado– lo que no han dudado en definir como “Pynchon Lite” y “Pynchon Best-Seller Veraniego”. De acuerdo. Pero la cosa no es tan así por más que el tercio final del asunto no tenga nada que envidiarle al más eficaz de los thrillers. Mejor, tal vez, pensar en un “Pynchon de Vacaciones” que no por eso dejará de ser el mismo trabajador Pynchon de siempre.

Y, sí, Doc pronuncia muchas veces la palabra groovy. Pero lo que finalmente se impone en esta novela inquieta y saltarina son las parrafadas melancólicas de quien ya adivina que se aproxima el fin de la buena vida (de “ese paréntesis de luz” que fue la psicodelia) y que, levantándose las solapas de la gabardina sobre las bermudas desteñidas por el sol, ya presiente las nubes de ese invierno del descontento que sigue a todo verano de la satisfacción.

A no dudarlo: Inherent Vice es, seguro, la novela favorita del fantasma de Hunter S. Thompson y quién sabe cuál será el próximo caso a resolver por Thomas Ruggles Pynchon. Mientras tanto y hasta entonces –el epígrafe con que abre Inherent Vice es el slogan del Mayo Francés “¡Bajo el empedrado de las calles está la playa!”– no dejar pasar esta ola.

Surf’s up!

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