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Domingo, 17 de octubre de 2010

Sin perder el asombro

Hebe Uhart siempre fue una escritora de libros dispersos, difíciles de conseguir o directamente inhallables. Ahora, sus Relatos reunidos permiten acceder a gran parte de su obra de un tirón, aunque esto no significa que se la asimile a alguna forma del bronce canónico. Por el contrario, su literatura sigue siendo tan modesta, sobria y emotiva como siempre. Una mirada extrañada sobre la vida hogareña, los pueblos chicos y las migraciones se complementa, en esta entrevista, con anécdotas imperdibles de su propia vida.

 Por Mariana Enriquez

Hebe Uhart parece contenta con la consagratoria edición que ha hecho Alfaguara de sus cuentos, en el importante volumen Relatos reunidos, pero no exagera, ni hacia la euforia ni hacia el orgullo de haber sido reivindicada por la industria editorial tardíamente. Uno escribe, dice, lo hace durante bastante tiempo, y finalmente si hay talento y buena predisposición de la crítica y los colegas termina siendo reconocida más ampliamente. Uhart –hija de vascos e italianos, pura argentina inmigrante– se reconoce optimista y más bien poco dramática; y es con ese buen humor que, en ocasiones, esboza un filo astuto, de abrumadora lucidez, que recorre el listado de las primeras ediciones de estos cuentos, que va desde 1962 a 2004. El repaso revela que recién en 2004 Hebe Uhart publicó en una editorial comercial grande, y apenas un cuento en una antología. El resto incluye ediciones en Simurg, Menhir, Goyanarte, Cuarto Mundo, Pluma Alta... sus dos últimos libros, Del cielo a casa y Turistas, fueron publicados por una editorial independiente “estable”, la llama, Adriana Hidalgo, pero no fueron recogidos en esta recopilación por cuestiones de derechos. “Ahora las editoriales tienen estabilidad”, dice Uhart, una mujer que casi nunca, en conversación, parece suscribir al dicho de que todo tiempo pasado fue mejor. “Antes duraban nada. Qué sé yo dónde iban a imprimir cuando los agarraba la inflación... No funcionaban las editoriales pequeñas ni las medianas. Eran problemáticas, eran esfuerzos de seres románticos. O había otras muy raras, como Torres Agüero, que publicaba pero no difundía nunca nada. Pluma alta era de Fernando Sorrentino. Se debe haber fundido Fernando, no me acuerdo. Yo me iba de un lado para otro cuando veía que la cosa no iba más. Cuarto Mundo era de un ingeniero que sacaba libros, tenía una fábrica en Chacarita, qué sé yo dónde los ponía a los libros. Simurg es una empresa solitaria y además cambió: antes tenía a Laiseca, Gamerro, Barón Biza con ese libro extraordinario El desierto y su semilla. Ahora tienen que sostenerla. El tema de las editoriales hoy cambió totalmente, nada que ver a cómo era. Hoy hay muchísimas editoriales independientes que funcionan de forma óptima.”

Los Relatos reunidos incluyen las novelas cortas Camilo asciende (1987), Memorias de un pigmeo (1992) y Mudanzas (1995), además de cuentos extraordinarios como “Señorita”, “Guiando la hiedra” o “La luz de un nuevo día”. En todos aparece ese estilo vagamente corrido de Uhart, un extrañamiento leve, cierto asombro ante el mundo, algo de humildad, de falta de certezas y de arrogancia. Y, sobre todo, una verdadera pasión por el lenguaje y en particular las formas de decir, de hablar. Formas sentenciosas, como la de una de las ancianas protagonistas de “La voz de un nuevo día”, que afirma: “Los viejos y los jóvenes son buenos. Los medianos, no” o de la Tía Elisa en el relato “Paso del Rey”, que sostiene: “El azul es un color que hace muy fino. Los cuadros en beige hacen más delgada que en rojo”. O los dichos, el cocoliche, los lugares comunes (“son gente muy bien”) ante los que la narradora suele reaccionar o quedar maravillada. “Me llama la atención cómo habla la gente, entonces lo retengo. No anoto nunca”, dice Uhart. Hay algo de oído absoluto en ese registro, pero Uhart prefiere atribuirlo a la curiosidad, a una buena memoria auditiva, a escuchar y prestarle atención a algo que pocos colegas incluyen en su radar: “En el Río de la Plata en general, y en Buenos Aires en particular, no hay buenos escritores dialoguistas. Como si no gustara, no sé. Sacando a Manuel Puig, claro está. Para mí es un enigma por qué no hacemos bien diálogos. Tenemos pocos escritores dialogantes. Será que no nos escuchamos. Es lo más difícil de enseñar, y de aprender. Lo sé porque es lo que más cuesta en los talleres que doy. Hay algo de capricho también, porque me sucede, cuando escucho leer, especialmente a mis alumnos, que inventan palabras. Que leen otra cosa diferente a la que está escrita. Hay como una fantasía, leen lo que ellos quieren leer. Debe ser una parte de la personalidad nacional, debe ser porque siempre estamos pensando en lo que deberíamos ser. ¿Viste que siempre pensamos en otro lugar? Pensando en Suecia, en Estados Unidos. En cómo hacen los eslavos... es una fantasía de que en otros lados todo está mejor, y al hacer eso casi que se ignora cómo están las cosas acá. A lo mejor por eso en la literatura argentina lo local suele estar tan desatendido, no en general, pero en muchos casos. Los otros escritores latinoamericanos, especialmente los peruanos, saben un montón de su lugar, incluso algunos como Daniel Alarcón, que escribe en inglés pero que de Lima sabe un montón. O Rubem Fonseca, tan gracioso, que escribe con tanto conocimiento de Brasil. O la importancia que le da a las formas de hablar Junot Díaz.... Acá estamos abismados. Hay demasiados cuentos de escritores, de los problemas del escritor con su editor, o cuentos donde queda claro que el que narra es un escritor, una cosa bastante cholula. A quién le importa, eso no es un tema. Es ensimismamiento; no falta inteligencia ni talento, falta sacar la mirada para afuera”.

Relatos reunidos. Hebe Uhart Alfaguara 505 páginas

MUNDO MORENO

Hebe Uhart nació en Moreno en 1936. Sus abuelos estuvieron entre los primeros pobladores de Paso del Rey, y la suya era una familia extendida, con muchas historias y mucha memoria del lado materno italiano, y un silencio pudoroso del lado vasco, el del padre. Ella, además, siempre quería saber las historias de la familia, que le parecían apasionantes, que le daban una curiosidad insaciable, la misma que suele consumir a los protagonistas de sus relatos, que quieren saberlo todo, que van descubriendo el mundo con un asombro que nunca es pasmo sino más bien un espíritu despierto. “Cuando mis abuelos llegaron a Moreno era una villa. Hicieron la casa de material trabajando de noche a la luz de un farol, con una persona de ayuda nomás. Ahora Paso del Rey, que es al lado de Moreno, tiene siete bancos, diez escuelas, pero cuando ellos llegaron era un desierto. Cuando mejoraron, se fueron a vivir a Moreno, al pueblo, se hicieron una casa buena. Yo, sin embargo, nunca sabía si éramos ricos o pobres: a los diez años te cuentan la historia de los abuelos, que eran humildes, que levantaron todo con las manos pero la casa era linda, mi mamá, que me lo contaba, era directora de escuela, mi papá trabajaba en un banco. Habían tenido regalos hermosos del casamiento... Yo no sabía. Un chico no tiene conciencia histórica.”

El ascenso social de esa familia, que es la de Hebe Uhart y al mismo tiempo no lo es, aparece una y otra vez en los relatos y especialmente en las novelas cortas Camilo asciende y Mudanzas, donde una familia de semianalfabetos italianos termina mudándose a una casa del pueblo y adquiriendo costumbres que los desequilibran, los entristecen, los avergüenzan, al tiempo que los ubican en un nuevo plano.

Se suele decir que los relatos de Hebe Uhart son sobre pequeñas cosas, sobre lo anodino cotidiano, que bajo su estilo y su mirada adquieren trascendencia. Pero lo cierto es que esa miniaturización es más bien un efecto de lenguaje, porque sus temas son bastante pesados: los migrantes, la familia, el ascenso social, la escolaridad, las primeras veces (en el amor, la amistad). Hay, sí, como escribe Graciela Speranza en el prólogo, un movimiento, un mirar por primera vez o como si fuera de otro que permite, especialmente en relatos acabadísimos como “Guiando la hiedra”, “entrever un orden más abstracto y más esencial. De la resistencia de la hiedra, su discreción o su frondosidad se llega, por un hilo sinuoso, al peso de la vida, la muerte, la maldad”.

Moreno es ese mundo donde una chica se hace mujer, donde otra aprende sobre la diferencia y la compasión, donde una mujer cría a sus hijos y tiene que soportar los desplantes del mayor que, educado y telegrafista, no soporta verla todo el día con el delantal puesto. También Moreno asciende, y de las casillas se pasa a las quintas, y a las casas de recreo de la clase media, y hasta los campings. Hebe está allí todo el tiempo, contando la historia de su familia, a veces ella misma protagonizando; es ella y no lo es, claro, lo mismo que los integrantes de la familia tampoco son siempre los mismos.

Salvo uno, quizá. La casi famosa tía María, protagonista de Mudanzas, de “Paso del rey”, de tantos otros relatos. La tía loca que se la pasa tirando agua y prohibiendo a los vecinos que corten el cerco. La tía María es una tía real, y Hebe Uhart la visitó de los 11 a los 16 años. “Fue una maestra de lenguaje”, dice con toda seguridad. “Yo la observaba mucho y pobre, ¡la usé tanto! Ella era una cosa increíble. Por ejemplo: veía pasar a Belgrano por la calle, con un portafolio. Y te avisaba. O miraba televisión, y siempre comentaba una propaganda de jabón, ‘qué limpita esa chica’, decía, o si no, preocupada, ‘pero esa chica ya se ha bañado’. A mí me llamaba mucho la atención mi tía. Vivía en la casa de mi tío José, una casa espléndida, no sé por qué vivía ella ahí. La destrozó por completo, porque se la pasaba tirando agua. Y les tiraba agua a los pollos también, y no los dejaba salir: los pollos a veces se escapaban y no sabían ni caminar. Parece gracioso, pero la pobre estaba terriblemente mal. Tenía una astucia, sin embargo: cuando la internaban sufría tanto, lloraba tanto, que la sacaban. Nunca decía que venía del loquero o del hospital, decía `del colegio’. En serio fue una maestra de estilo de lenguaje, porque decía una cosas rarísimas. Y le tenía aversión a ciertas palabras. `inquilino’ la ponía frenética. `Chaleco’ también, porque se la habían llevado con un chaleco de fuerza. María tenía un diagnóstico de esquizofrenia paranoide, no era un chiste. Pero yo no le tenía miedo ni cuando se ponía violenta, y jugaba con ella, especialmente a la paleta. Cuando se nos perdía, nunca iba a buscar la pelota, siempre decía se fue a la casita de los jugadores. A mí me gustaba quedarme con ella cuando se ponía violenta, porque me gustaba ver el pasaje del estado de relativa normalidad a gritar y enojarse, quería ver cómo era eso.

¿La memoria familiar, entonces, es una fuente básica de tu literatura?

—Yo creo que toda la literatura es un ejercicio de memoria. A mí las historias familiares me gustan mucho, porque allí suelen estar otros temas que me interesan, desde el ascenso social hasta las migraciones. Pero en realidad creo que crecer en un pueblo es un aprendizaje literario, porque cuando uno es chico entra a muchas casas y conoce muchas realidades. Y si tiene familia extendida, más casas aún y con más confianza.

SEÑORITA MAESTRA

Cuando terminó el secundario. Hebe Uhart ya estaba decidida a estudiar filosofía en la UBA. Una carrera particular para una joven en aquellos años, pero como hija de una directora de escuela se esperaba de ella un esfuerzo intelectual. Los primeros años en Buenos Aires significaron un cambio importante, que quedó plasmado en cuentos como “Un posible marido viejo” o “El”. “Yo entré a la facultad de Filosofía y empecé a conocer una serie de personas fascinantes. Cristina, por ejemplo, tenía veinte años y ya tenía una nena de seis años, una nena con lentes gruesos. Ella la presentaba así: ‘Mi hija. Es un poco menos estrábica que Sartre’.”

Los estudios en Buenos Aires se vieron interrumpidos en el último año, cuando Uhart se mudó a Rosario para terminar la carrera: “Me fui por un tema de amores. Me enamoré de un señor que era casado, del grupo de conocidos, y dos amigos que tenía me dijeron que tenía que irme. Tenía 22 años. Hice vida de pensiones. Me iba a un café al lado del río a estudiar latín y lo alucinaba a él, lo veía venir. Eso duró un año. Al principio era medio triste porque no tenía amigos, pero después me fui haciendo amistades y era placentero, porque en los últimos años de Filosofía éramos tres o cuatro nada más. Ahí, en Rosario, edité mi primer libro, con un sello inventado por un amigo. Lo publiqué yo, lo pagué yo”.

Y al mismo tiempo que la literatura empezó la docencia. Muchísimos cuentos de Relatos reunidos visitan la experiencia docente, desde “Impresiones de una directora de escuela” hasta el extrañamente titulado “¿Ablativo en ‘e’ o en ‘i’?” que refleja los estudios de latín.

“Me gusta enseñar en general, incluso ahora, jubilada, doy taller literario. Menos jardín de infantes hice todo. En la secundaria no la pasé muy bien: por ejemplo, hice una suplencia en el Nacional de Buenos Aires durante la dictadura y la pasé muy mal, tenía un miedo terrible, sentía que todos me miraban, si tenía las medias bien, si se me notaba algo, muy paranoica.”

Ahora Uhart está escribiendo de vuelta sobre los años escolares, que tuvo literariamente abandonados por un tiempo. “Estoy escribiendo sobre la experiencia como docente en la primaria. Y mientras escribo y recuerdo, pienso que debo haber enseñado tan mal. No teníamos tanto material lindo como tienen ahora. Había libros de lectura. En Moreno fui maestra de un grupo de chicos marginales. Encima estaba con ellos en un tranvía, porque como no alcanzaban las aulas me mandaron a un tranvía que estaba en el patio. En otra escuela rural me mandaron a una salita de mapas a la que se llegaba por un camino de lajas que se inundaba. De eso ando escribiendo ahora.”

De eso, y también de su última pasión: los viajes. Pero es una pasión que ahora ejerce y siempre estuvo ahí, en algún lado, mezclada con otros de sus temas recurrentes, los migrantes y los pueblos chicos.

LA TURISTA ACCIDENTADA

En los últimos años, Hebe Uhart ha publicado libros de crónicas de viajes mezclados con relatos. Sin embargo, no tiene interés en grandes ciudades, en gestos ampulosos, en epopeyas. Ya en estos cuentos aparecen historias de migrantes que se llaman directamente por el nombre de la protagonista, como “Florinda”, “Leonor”, “Angelina y Pipotto” o el gentil joven ecuatoriano de “Muchacho en pensión”, un chico que ella conoció en Rosario. “Leonor es una señora que trabajaba en casa y me contaba todo. A mí me fascinan los inmigrantes. Con algunos tengo una particular atracción. A los paraguayos los amo. Ultimamente trabajé muchas crónicas paraguayas. Asunción es una ciudad hermosa, a mí me encantó. Me encanta cómo hablan, esa mezcla de guaraní y castellano, tanto me gusta que hasta leo los diarios paraguayos. Es interesante ver cómo se forma el lenguaje. No dicen ladrona de coches, por ejemplo: dicen la roba coche. O a una mujer que no le podés encontrar el centro, una mujer tenebrosa, le dicen mujer tiniebla. Eso es lindo en serio.”

Tanto le interesa el tema de los inmigrantes –que es trazable en toda su literatura–, que está leyendo a quien cree es el profeta de Buenos Aires: Fray Mocho. Encuentra, por ejemplo, varias de esas explicaciones que anda buscando. Ella no tiene muchos amigos escritores (nombra a Eduardo Muslip, Irene Gruss, Gandolfo, no quiere ofender al olvidarse de alguien, no tiene muchos más) porque insiste en que no le gustan mucho los escritores todos juntos, cree que tienen poca curiosidad y demasiadas internas. Y dice: “Tal vez habría que rastrear cómo se hizo esto en Fray Mocho. Ya decía él cómo era e iba a ser Buenos Aires. Como había mucha migración, había una necesidad de ubicarse, entonces la gente formaba asociaciones. Se asociaban mucho porque habían venido solos. Y como habían venido dramáticamente en muchos casos, había una necesidad de prevalecer. Entonces la ciudad es cholula. La gente cree que por ósmosis, por estar con alguien, va a ser extraordinario. El tener por ósmosis, tener un valor por contacto. Somos adolescentes de algún modo”.

Ella prefiere para sus recorridos, para sus viajes que acaban en crónicas, los pueblos chicos, mucho más que la ciudad. Ultimamente, los pueblos de la provincia de Buenos Aires. “No llego a armar más que crónicas, no llego a armar personajes, pero son tan interesantes, es otro mundo. A mí no me gusta la naturaleza plena, no me gusta el glaciar ni las ballenas, eso lo puedo ver por televisión. A mí me gustan los pueblos chicos, porque son abarcables, porque se los camina y se los conoce. Me parecen literarios, y además van con mi personalidad. Yo todavía ahora llego temprano a todas partes, todavía estoy acostumbrada a la matriz de tiempo de Moreno. Como persona y como escritora, no soy campesina ni citadina ni conurbana: soy suburbana.”

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Imagen: Nora Lezano
 
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