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Domingo, 2 de enero de 2011

A la hora señalada

Aunque es uno de los poetas más relevantes y reconocidos de Estados Unidos, Charles Simic no es muy conocido en la Argentina. Serbio de nacimiento, sobreviviente de Hitler y Stalin, emigrado a Chicago a los 16 años, pintor frustrado, poeta precoz inspirado en el surrealismo de Joseph Cornell y el fraseo del jazz, su estilo se destacó desde el principio como una voz capaz de unir de manera inesperada el lirismo y lo mundano. Ahora, la excelente antología La voz a las tres de la madrugada permite conocer buena parte de la obra de este poeta desprejuiciado y reflexivo, urbano y existencial, que camina por las calles y los bosques de una época que “es una comedia para quienes piensan y una tragedia para quienes sienten”.

 Por Guillermo Saccomanno

“Hitler y Stalin fueron mis agentes de viajes”, suele decir Charles Simic. “Y ahora, ¿a qué país emigramos?”, le preguntaba su padre. Nacido en Belgrado en 1938, el primer recuerdo dramático de Simic es una bomba que cayó frente a su casa y lo sacó de la cama. “Siento que tiemblas, memoria mía”, anotaría más tarde en un poema. El cruce de montañas a pie, el pasaje de fronteras vigiladísimas, el terror de los totalitarismos. No obstante, a Simic no le gustó nunca hacerse la víctima. Si hay un poeta contemporáneo que no se manda la parte con el dolor padecido, y es tal vez uno de los más geniales en lengua inglesa contemporánea, ese es el serbio Simic: “El humor del siglo XX es ontológico. Es una interrupción permanente, una visión del mundo y una filosofía de vida. El mundo es una comedia para quienes piensan y una tragedia para quienes sienten. Considerando lo que nosotros, los que escribimos, hacemos, no se puede excluir una de las dos: ni la comedia ni la tragedia”. La biografía de Simic incluye datos cómicos y trágicos –como la vida misma– y puede confirmarse al leerlo que, con el mismo talante que descree de los absolutos, desconfía de la solemnidad del ser poeta. Hay algo del gesto desprejuiciado de su compatriota Kusturica en su temperamento, pero con menos cornetas, más sutil y reflexivo. “Cada uno lleva a la espalda/ su carga de hechos trágicos, exactamente igual que en la tragedia, según el preciso sentido que los griegos/ pensaron de un modo, sin embargo, imposible/ de representar hoy en día”. La suya, pletórica de ironía, con una amargura que, sin ser perdonavidas, aspira a la comprensión de la comedia humana, es una poesía que tiene poco que ver con la de sus contemporáneos atribulados por cuestiones metafísicas. Es que la poesía de Simic conjuga tanto el exterminio como la ternura, el vino como el orgasmo, y es en esta alternancia donde se vuelve radicalmente vital.

En la década del ’40 el padre de Simic pudo emigrar a Nueva York como ingeniero. Pasaron diez años hasta que en 1954 pudo reunir a su familia después que su mujer y sus hijos, tras un año de peripecias burocráticas, pudieran obtener el pasaporte bajo el comunismo. Una vez en los Estados Unidos, los padres se mudaron a Chicago. Mientras empezaban a separarse, Charlie completaba sus estudios y trabajaba de corrector de pruebas en un diario. “Una vez también oí el sollozo de un niño. /Estaba tan cerca que por un momento/ pensé que era yo quien lloraba.” Alternaba el trabajo de corrector con el de pintor de paredes, librero, vendedor de camisas, hasta que en 1959 publicó su primer poema en el Chicago Review, lo que significaba haber llegado a alguna parte, pero el servicio militar lo frenó: como policía militar fue a parar a Francia y Alemania.

El pasaporte yugoslavo con que Simic llegó a Estados Unidos.

En sus comienzos neoyorquinos, a Simic le tiró la plástica, le atraían el dibujo y la pintura, se acercó a la obra y la figura de Joseph Cornell. Fracasado como pintor, comprobando que carecía de las dotes necesarias, probó en su poesía la búsqueda que Cornell, el artista pionero del surrealismo norteamericano, siguiendo a Duchamp, perseguía con sus cajas en las que incorporaba toda clase de objetos. Desde los más insignificantes y descartables hasta aquellos que podían ser valiosos ya no por su precio sino por el valor íntimo, personal. En esta fascinación por el arte de Cornell, Simic llegaría a escribir un ensayo en prosa poética sobre éste, Alquimia de tendejón, refiriéndose a esos negocitos que venden baratijas decorativas, nimiedades ornamentales, souvenirs y otras kitschadas que tanto tienen que ver con una estética de todo por dos pesos. Desde esta perspectiva, Simic empieza a darle importancia en su poesía a los objetos menos prestigiosos (sábanas sucias, chatarra, persianas, electrodomésticos), al paisaje (hoteluchos, callejones, rutas, hospitales), a sus habitantes (hombres sándwich, pordioseros, locos sueltos) y su poesía se torna de esta forma, en estrofas en superficie desconectadas, como una caja de Cornell, en la alquimia de un objeto que se presenta con gratuidad inocente y otro que, no tanto, evoca una sensación que puede provenir de un hecho que integra el propio pathos. Entonces cada uno de sus poemas puede ser leído como una caja en la que se ensamblan objetos, seres y experiencias y en su conjunción en apariencia anárquica cobran un sentido coherente donde lo real es una historia que circula subterránea, secreta y no tanto. Más que una búsqueda, su escritura es una interrogación, un pedido de socorro –ya que a veces la poesía no es otra cosa–. Y Simic lo expresa: “Ayúdame a encontrar lo que he perdido, /si es que alguna vez, aunque fuera brevemente, mío,/ tú que debes ser quien lo ha encontrado”. Si hubiera que remontar sus influencias tal vez convendría partir desde una etapa temprana donde lo marcan Neruda y Vallejo, influencias de las que se libera al asumir el sarcasmo procaz y piadoso del Villón que canta a un ahorcado y, por momentos, la percepción cruda de Dante, la expansiva actitud del prolífico Whitman. Simic es también reminiscencia de la música del jazz. Puesto a elegir entre Billie Holiday y Ella Fitzgerald, se queda con la primera, con el sentimiento por encima del profesionalismo vocal. Pero no olvida, en particular el fraseo a lo Thelonius Monk, un fraseo que pauta los cortes otorgándole a sus versos una respiración entre la emoción y lo intelectual. Lejos de quedarse quieto en la lengua inglesa, se dispuso a traducir poesía latinoamericana. Contra lo que pensaba Robert Frost, que la poesía es lo que se pierde en la traducción, Simic opina tajante que esto es al contrario, la poesía es nada menos que aquello que sobrevive la traducción. Simic ejemplifica la situación con un haikú: “Nunca antes lo leíste, pero terminaste de leerlo y ya estás listo para leerlo otra vez. No sabés por qué. Puede haber varias razones. Musicalidad, la imaginación que encendió, lo que te pregunta. Nadie, ningún crítico, ha podido explicar con precisión por qué un poema es bueno de verdad”. Desde esta concepción de la escritura poética, Simic no vacila en un apostar constante al vuelo sensual y, de pronto, al aterrizaje forzoso en la realidad más chata y escabrosa. Simic puede escribir: “Lo mejor de todo es estar ocioso, /especialmente si es jueves, /y beber un trago de vino mientras estudias la luz: su forma de envejecer, amarillear, volverse ceniza/ antes de dudar para siempre/ a las puertas de una noche/ que traerá, quizás, la primera escarcha./ Es bueno en ese momento tener una mujer al lado,/ y si dos dos, mucho mejor. Deja que murmuren entre ellas, / que te miren sonriendo desdeñosamente. /Deja que se arremanguen y se desabrochen un botón o dos/ este crepúsculo ha envejecido tan bien que se lo merece”. En la poesía de Simic impera un erotismo agradecido, distante del machismo priápico del alcoholismo Bukowski. A un tiempo, sin perder conciencia, Simic puede anotar: “Trabajo en un Gran Hotel sobre el acantilado/ en un país asolado por la guerra civil. /Mi corazón es el único botones. /Mi cerebro es el cocinero chino”.

Mientras escribo estos apuntes, me pregunto cuál es su sentido, desde dónde leo a Simic y qué leo en su obra. Es una verdad sospechosa, legislada en ocasiones de manera interesada desde círculos áulicos, que la poesía no se puede leer como la narrativa y que se trata de un oficio apto sólo para iniciados. Lo que induce a pensar que en un mundo donde hay a veces más poetas que poesía, ésta devenga una actividad sin mayores consecuencias ni riesgos para quienes piensan que tomar el cielo por asalto consiste en ser feligreses de lecturas de ghetto. El serbio Simic las pasó todas, tiene una historia para contar, la cuenta y al hacerlo es consciente de la desgracia colectiva e individual, pero también, desde una perspectiva Chejov, nos habla de los raros y a menudo culposos momentos de felicidad. Antes que endilgarle, al modo baudelaireano, la “hipocresía” al lector, empieza por casa. “¿Quién ha puesto risas enlatadas/ en la escena de mi crucifixión?”, escribe en “La voz a las tres de la madrugada”, poema cortísimo que da título a esta voluminosa antología que estoy comentando –¿por qué no confesarlo?– en un estado que vacila entre la exaltación y la humildad que inspira en la gran noche de las lecturas poéticas estándar que se encienda un reflector de lo esencial: el reflector Simic. “Lo obvio no es difícil/ de probar. Muchos prefieren/ lo oculto. Yo era de esos./ Escuchaba los árboles”.

La voz a las tres de la madrugada. Charles Simic, 359 páginas Traducción y prólogo de Martín López Vega DVD ediciones poesía, Barcelona

A Simic no le inquieta, como a Beckett, la cuestión de ser un extraterritorial. Siendo serbio, se siente estadounidense por elección: toda su obra poética la escribe en inglés. Su lengua natural, en la que se mueve como un prestidigitador, es la de adopción, la de la ciudad colmena y enjambre caótico que eligió para vivir, Nueva York, y sin la que no puede escribir una línea, porque si algo destilan los poemas de Simic es su filiación en lo urbano, tanto callejero como doméstico, humanizado en sus esplendores y miserias. “Diez mil Fords están aquí ociosos en busca/ de una tradición”, había escrito unos años antes el poseído Robert Lowell, extraviado en internaciones psiquiátricas y con intenciones poéticas que serían complementarias en Simic. Escribe Simic: “Millones de habitaciones vacías con las televisiones encendidas./ Yo no estaba allí pero podía verlo todo”. Su notable traductor Martín López Vega ha seleccionado algunos pensamientos, aforismos y chispazos que describen su perspectiva de Estados Unidos: “El Sueño Americano consiste en ganar mucho dinero sin dejar de ser visto como una víctima”. “Somos la envidia del mundo. Todos nuestros demonios van a misa los domingos”. “Nueva York es un lugar demasiado complejo como para tener sólo un ángel y un demonio”. Asimismo Simic denuncia en sus versos: “Murieron millones de personas: todo el mundo era inocente. / Yo me quedé en mi cuarto. El Presidente / hablaba de la guerra como de una mágica poción amorosa”. Sin embargo, Simic descree de la poesía comprometida: “El poeta simplemente reacciona frente al mundo y el mundo es un lugar desagradable para vivir. Incluso en los Estados Unidos. Pensemos en lo pobladas que están las prisiones, donde los negros y los latinos son mayoría, una cantidad superior que en otras partes del mundo. Todo esto deviene inexorablemente en poesía, pero no tiene por qué ser un programa político o didactismo”. Para Simic la denuncia, expresión de la tragedia, no impide, como dije, el paso de comedia. Y este es el lugar donde en un larguísimo poema, “Hablándole al techo”, le rinde un homenaje de ritmo interruptus con humor lunático al insomnio: “¡La verdad desnuda, tendrías que haber visto sus tetas!”. O bien: “El cerebro del insomne es un tren de juguete”. Y en este clima, sumido en la desesperación, se pregunta: “¿Acaso he sido nombrado vendedor oficial de fósforos de la oscura noche del alma?”. A la vez: “El siglo huracanado da vueltas en mi cama”. O: “Le gruñí al espejo hasta que me dio la espalda”. Por qué no, en este trance de iluminaciones insomnes: “Altas horas de la noche. San Juan de la Cruz/ Y Blaise Pascal, canas en un auto patrullero”. Y cerrando: “La tinta del infinito se me ha derramado encima/ y me ha dejado unas manchas enormes”. Y ya casi en el final de esta serie de relampagueos, concluye: “Sólo soy un pobre muchacho que está lejos de casa”.

El temple de Simic puede ser corrosivo en esa forma suya de abordar absolutos y solemnidades –creo haberlo dicho: Simic no se la cree– y en “Para pensar con claridad” escribe: “Lo que yo necesito es un cerdo y un ángel. / El cerdo para que meta su hocico en un tacho de mierda, el ángel para que mientras tanto le rasque la espalda/ y le diga cosas dulces al oído”.

Si un don tiene la antología La voz a las tres de la madrugada es que, exceptuando unos escasos galicismos, permite seguir la evolución de Simic en lo que va desde 1986 hasta 2001. Y en este proceso, lo que puede advertirse con precaución meditativa, es que su composición empieza a inclinarse a una conclusión sobre el mundo en la que tragedia y comedia se funden en un armisticio que apunta ya no a la salvación del alma sino a una mirada retrospectiva y agradecida que se dispone, a cierta edad, a enfrentar el pasaje al otro lado: la muerte. Por qué no la convicción de que, al modo Vallejo, cada día puede gustarte menos la vida pero siempre es hermoso vivirla. Simic escribe así “Fines de septiembre” –y vale la pena reproducir el poema entero–: “El camión de correo recorre el litoral/ transportando una única carga./ Al final de un largo muelle/ una gaviota aburrida mueve las patas de vez en cuando/ y se olvida de anotarlo. Hay una amenaza en el aire/ de tragedias a punto de producirse.// La noche pasada te pareció oír la televisión /en la casa de al lado. / Estabas seguro de que relataban/ algún nuevo horror,/ así que saliste a averiguarlo./ Descalzo, en pantalones cortos./ Era tan sólo el mar exhausto/ después de tantas vidas perdidas/ intentando salir corriendo hacia algún sitio/ sin haber llegado jamás a ningún lado.// Esta mañana parecía domingo./ El cielo cumplió su parte/ no proyectando ninguna sombra sobre el muelle de madera/ ni sobre los chalets alineados,/ y entre ellos se ocultaba una pequeña iglesia/ con una docena de tumbas grises apiñadas/ como si ellas también tuvieran escalofríos”.

Pero, atención, por más conmovido que un lector que se precie de sensible pueda encontrarse, nada que hacer, Simic no se toma en serio del todo el asunto: “Soy un filósofo medieval en el exilio”, anota. Y como para cerrar: “Rezarás a Dios pero él habrá colgado el cartel de ‘No molestar’/ No me preguntes más, esto es cuanto sé”.

Esta antología, que Simic considera su más representativa, incorpora: Blues Infinito (1986), El Libro de los Dioses y los Demonios (1990), Hotel insomnio (1992), Una boda en el infierno (1994), Paseando al gato negro (1996 ), Mikado ( 1996 ), Picnic nocturno (2001), y Poemas nuevos (2003).

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