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Domingo, 6 de febrero de 2011

Arte va

¿Cómo se define y se hace el arte contemporáneo? ¿Es trabajo? ¿Cuál es el límite entre lo conceptual y el absurdo? Estos y otros interrogantes traman la irónica novela en la que María Sonia Cristoff hace chocar a dos chicos bien que, quizá, sean talentosos.

 Por Luciana De Mello

Ni un albañil colgado de un andamio y arriesgando su vida a cambio de supervivencia está haciendo arte, ni el hecho de escribir ficción, montar una instalación o pintar un mural están ya totalmente fuera de la esfera laboral. Esto está claro y, sin embargo, al tomar partido y definir una posición que no se suma a los aplausos frente al arte conceptual, se corre el riesgo de ser tildado, como mínimo, de anticuado. A pesar de la importancia que tiene en cuanto a las consecuencias de la producción artística, discutir la relación entre arte, artista y sociedad parece ser demodé exceptuando, por supuesto, las aulas de la academia. Por eso la aparición de Bajo influencia, segunda novela de María Sonia Cristoff, se destaca en la narrativa actual por plantear mediante la observación corrosiva del mundo del arte –y sus protagonistas de galería– una reflexión sobre la “hechura” del arte contemporáneo y la recepción de su consumidor.

La historia se abre paso con la ilusión del arte como pose existencial frente a la vida que tiene que justificarse de algún modo. Cecilio Rave es un niño bien que no trabaja y sale a matar el tiempo haciendo largas caminatas por la ciudad. En una de esas caminatas se choca de frente con Tonia, otra niña bien cuya aguda inteligencia la ha llevado a desistir de la herencia de galerista de su madre, del trabajo en relación de dependencia y del resto de la sociedad en general. Tonia se encierra en su casa desde donde trabaja como correctora, traductora y editora, una chica Puán superculta y citadora de Benjamin que no se anima al oficio del arte, y entonces se obsesiona con la figura de Cecilio y con encontrarle un sentido estético a sus caminatas. Ella le propone a varios artistas conceptuales, hace una investigación que le lleva tiempo y dinero al punto de convertirse en su asistente personal y principal inversora, mientras la pila de trabajo pendiente se acumula en su escritorio. Cecilio se entusiasma con la idea de convertirse en artista: ahora su madre no podrá echarle en cara la futilidad de su vida.

El modelo a imitar es Francis Als, un artista conceptual belga que entre otras performances lo que hace es caminar por la Ciudad de México, donde la mayor parte de su población sobrevive bajo la línea de pobreza, arrastrando un bloque de hielo hasta que se consume por completo. ¿Cómo se llama la performance? Sometimes Doing Something Leads to Nothing (“Hacer algo a veces no conduce a nada”): “La burla al ajetreo inútil, a la productividad alienada”, anota la narradora.

Bajo influencia. María Sonia Cristoff Edhasa 206 páginas

Bajo influencia es un libro pensado, es una exposición de ideas y teorías acerca del trabajo, del arte y de la figura del artista, donde la parodia se maneja con la sutileza necesaria como para abordar estos temas, haciendo uso de esa clase de humor que logra cuajar la risa para poner en relieve la agria realidad que la provoca. Así, la reflexión sobre el flâneur va más allá de la discusión sobre las diferentes maneras de abordar una perspectiva. Caminar es escribir para Virginia Woolf, afirma Tonia, es la experiencia de quien “sale un rato, se pierde fugazmente en otros, se inmiscuye en escenarios más que ajenos, vuelve y sigue escribiendo, que es lo que en realidad no ha dejado de hacer ni por un instante”. En cambio el deambular puede significar pérdida, exclusión y muerte en el caso de Daisy Miller, la norteamericana de Henry James que se transforma en “otra” al enamorase de un extranjero en las calles de Roma.

Frente a estas consideraciones de Tonia, Cecilio le dice que necesita algo que se pueda exponer en un museo cool, capaz de lograr que su madre lo deje en paz durante años, algo visual.

En Bajo influencia, Cristoff retoma la relación entre arte y movimiento de libros anteriores como Falsa calma, esta vez para poner en jaque la concepción del artista moderno. La narración recorre la ciudad y hace disección de sus componentes sociales: empleados que salen a almorzar en una plaza de microcentro, viejas paquetas recorriendo museos absurdos, huelguistas, militantes, inmigrantes y los tan pintorescos nuevos espectadores de la city: los turistas. Llevado a una dimensión macro, es el llamado primer mundo el que podría sostener y justificar esta concepción de arte sobre la que operan el belga Als o el mismo Federico Manuel Peralta Ramos, un personaje citado también en la novela y verdadero punto de partida de las absurdas performances que realiza Cecilio.

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