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Domingo, 13 de noviembre de 2011

La salud de los enfermos

De Roma a Ohio y de Buenos Aires a París, la ciudad donde reside actualmente, transcurre el itinerario de Ortigas, el nuevo libro de Luisa Futoransky. A la distancia, habla de su poesía y recuerda sus clases con Borges y Cátulo Castillo.

 Por Juan Pablo Bertazza

La palabra fármaco, del griego phármacon, quiere decir al mismo tiempo veneno y remedio. Un concepto similar reviste la palabra ortigas –título del nuevo poemario de Luisa Futoransky, tras esa formidable novela que es El Formosa–, nombre común con que se conoce a las plantas del género Urtica, caracterizadas por tener pelos que liberan una sustancia ácida que produce escozor en la piel. Si bien es una de las “malas hierbas” más habituales, la cocción de esta planta ofrece beneficios tanto para la salud humana como para la vegetal, un conocimiento trasmitido de generación en generación. De hecho, sus hojas ya eran citadas en los tratados medievales como remedio infalible en materia de diuresis. Hoy, sus raíces son objeto de interés para tratamientos de próstata y tienen un efecto positivo sobre algunos síntomas urinarios. ¿Lo que hace bien necesariamente hace mal? ¿Es dentro del mismo veneno donde puede extraerse el remedio? ¿El propio remedio engendra un futuro mal?

La poesía de Futoransky es urticante: emociona, conmueve, provoca, moviliza y también hace sufrir.

“La palabra ortigas me dio en el centro, es un poco mi canción, mi gracias a la vida, porque como las ortigas que son veneno y remedio, la vida me regaló varios amaneceres y algunos crepúsculos de maravilla, me regaló también el hecho de no haber conocido grandes tragedias. Tormentas sí, cólera sí, moretones muchos, pero fueron estallidos como cuando topás con ortigas, seguís el camino y pasa, te juro que pasa...” jura Luisa Futoransky desde París, una ciudad luz que quizás también tenga algo de fármaco y de ortiga, sobre todo teniendo en cuenta lo que significa uno de los grandes tópicos en su obra, el exilio.

En Ortigas, hay mucho viaje, muchos kilómetros recorridos, desde la ciudad de Roma, llena de “gladiadores de cartón piedra/ nuevos restoranes/ de incierta sonrisa y calidad” hasta Ohio, uno de los cincuenta estados de los Estados Unidos, esa “américa profunda opulenta y empecinada/ mezcla no siempre feliz de águila, bisonte/ elefante y oso de circo,/ en apariencia domesticados”, pasando por Saorge, población francesa en la región de Provenza, y Praga, ciudad a la que también describe Futoransky en un brillante poema con un final rotundo: “Gregorio Samsa ya no vive aquí/ Ni yo tampoco”.

Pero si hablamos de sabores agridulces, de dolores que generan placer, y de placeres que conllevan dolor (“mi dolor mueve los gusanos de este mundo”, escribe Futoransky), el amor es uno de los paradigmas de la idea central de Ortigas, sobre todo en el poema “dolesme” –otros de los elementos característicos de la poesía de Futoransky es, paradójicamente, un uso vanguardista de las palabras compuestas–, en el que como corolario de la descripción de una cinematográfica batalla entre una corneja y una viborita, concluye “olvídame que yo no puedo”.

Entre los recuerdos imborrables de esta poeta que lleva publicados casi una veintena de libros de poesía, se cuenta el hecho de haber sido alumna a la vez, Cátulo Castillo y Jorge Luis Borges: “Qué bueno que me nombres a Cátulo porque a quienes Borges nos dio puntas de lanzas, quimeras e imágenes nos contamos por legión. Con Cátulo no es para nada así y tengo un recuerdo hermoso de él. Allá por los años ‘50, en una clase de solfeo en el Conservatorio Municipal Manuel de Falla, Cátulo no nos da clase, se sienta al piano un rato largo, muy abstraído y, al tiempo, nos dice que ya está, que terminó de componer una canción que lo hace muy feliz, y que se llama `Al ordenanza’. Para agradecernos y compensarnos por no habernos dado la clase, nos compró bombones a todos sus alumnos. El embeleso de la creación me quedó ahí, intacto, hasta hoy”.

Esa inspiración late incluso en este nuevo libro que, además de descripciones y emociones, también está plagado de preguntas como “¿el desierto crece o florece?”. Tan urticantes como la ortiga.

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Imagen: Jose Antonio Berni
 
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