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Domingo, 12 de febrero de 2012

La escuela de la vida

Los niños, la educación y la pasión por la literatura son los grandes temas que Daniel Pennac vuelve a desarrollar en esta novela de chicos marginados y enredos pedagógicos.

 Por Angel Berlanga

El asunto de la educación, y el de los tironeos y conflictos que al respecto se producen entre padres e hijos, maestros y alumnos, familias más o menos locales e inmigrantes (cuestión de tiempo) con las instituciones, es un tema para los franceses en general y para Daniel Pennac en especial: este escritor nacido en Casablanca fue antes profesor y se ha dedicado, en sus novelas, a abordar estas problemáticas en unas historias ágiles, en las que la corrección y la solemnidad se llevan sus sacudidas. Señores niños arranca en una clase que preconfigurará el resto del relato: el exigente y temible profesor Crastaing está haciendo una devolución demoledora de una redacción cuando se encuentra con una caricatura que se están pasando sus alumnos de doce, trece años, en la que una multitud se encolumna tras una bandera que vaticina, desea, “¡Crastaing, cabrón, irás al paredón!”. A Joseph Pritsky, el pibe al que le pescaron el dibujo, se suman otros dos que se declaran autores: Igor Laforgue y Nourdine Kader. Buena ocasión para que el profesor represalie al trío con otra redacción, que deberán hacer para el día siguiente, con el siguiente tema: “Despierta usted cierta mañana y comprueba que, por la noche, se ha transformado en adulto. Enloquecido, corre a la habitación de sus padres. Se han transformado en niños. Cuenten la continuación”.

Pero alto: antes de esbozar componentes, intenciones o apuestas de la novela de Pennac, hay que dedicar otro capítulo a la cuestión de la traducción, que en este libro bastante frecuentemente hace pensar en masticarse un churro que cayó en la arena. Es difícil sustraerse de un tono narrativo que chirría de continuo: uno no termina de encajar esas voces coloquiales españolas en los movimientos de esos chicos franceses un tanto desamparados, y las maldiciones, las jergas, los retruques, cargados de “expresiones populares”, de continuo parecen desafinar para este lector argentino. Algunos ejemplos: “‘Coleguitas’, ‘si os importa un pimiento’, ‘la chorrada’ de este párrafo, ‘este follón’, ‘pues que estoy flipando’; ‘joder, qué burro soy’, ‘qué jaleo cojonudo’”. Que me enchironen los maderos, por gilipollas.

Señores niños. Daniel Pennac Literatura Mondadori 240 páginas

A través de la preocupación por cómo cada uno de los chicos intentará resolver la redaccióncastigo de Crastaing, Pennac va trazando sus retratos personales y familiares: Nourdine, “medio moro”, madre fugada con un cartero, padre taxista que se recluyó en un sótano para pintar; Joseph, padre judío y madre a la que le recomendaron que no se casara con un judío, hombre en tensión porque el profesor lo ha citado a la escuela; Igor, madre boyando desde la reciente muerte de su marido que, treinta años atrás, también padeció las clases de Crastaing y resulta el narrador de Señores niños, desde su tumba.

No será éste el único componente dislocado en el libro de Pennac, que se mantiene equidistante de la niñocracia (categoría desarrollada por el maestro Ulises Muschietti), del autoritarismo pesado y de la pose cínica que presume de estética y decreta que los pibes no existen. En su incorrecta aventura de malentendidos, que incluye incidentes con policías, prostitutas, directivos y otras autoridades, e intensos deseos de ajustarle las clavijas al profesor, Pennac evita cantinelas, moralejas o pegajosidades y apuesta por la plasticidad de la narración, de la trama: la que tienen que relatar los alumnos, la que cuenta esta historia, las que les enumera Crastaing ya casi en el desenlace, “todas las obras que, recordaba trataban de la niñez adulta y de los adultos niños”, desde el Gavroche de Los miserables, de Víctor Hugo, hasta la Lolita del “sulfuroso Nabokov”. Lo que para Castraing es territorio apasionante, la literatura y sus posibilidades, para los pibes es “un episodio especialmente retorcido de la guerra pedagógica”. Algo late, ahí, en continua busca de su forma.

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