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Domingo, 19 de mayo de 2013

Mujeres reales

Actualmente directora de la revista La Balandra, desde donde se ha recuperado un interesante espacio de reflexión sobre el oficio de escribir, Alejandra Laurencich recopila en un volumen todos sus cuentos de mujeres, los ya conocidos y los nuevos. Lo que dicen cuando callan es una dura galería de situaciones, personajes y destinos acerca de lo femenino.

 Por Laura Galarza

“Su cabeza parecía un tanque de agua sucia, cada palabra vertida ahí se contaminaba.” Los cuentos de Alejandra Laurencich transcurren en las cabezas de sus personajes. Y eso que habita sus mentes transforma la realidad desde adentro hácia afuera. Lo que dicen cuando callan es una recopilación de los cuentos que la autora escribió durante más de diez años. Sus libros Coronadas de gloria, Historias de mujeres oscuras y el inédito que da el nuevo título, son en su mayoría cuentos sobre mujeres: en cocinas, en la calle, en el colectivo. Mujeres reales en lugares cotidianos. Sin embargo, esa porción de mundo al que se enfrentan ellas –esas mujeres– las obliga a tomar alguna decisión, porque la vida se escurre como agua entre los dedos. “Que los años se han ido llevando a los chicos a la escuela, a danza, a taekwondo, soportando el divorcio y el esfuerzo de la vida cotidiana”, piensa la que cierra el libro. La que abre, Cristina, escucha a Serrat mientras se come un filet y espera el mail de sus hijos que han dejado el nido vacío: “Si le diste toda tu juventud, un buen colegio pago, el mejor de los bocados”. La maternidad, una de las obsesiones declaradas por la autora, se aborda desde su costado más oscuro y menos explorado. “–¿Ve mamá?” –le dice la nurse a una madre que acaba de salir de la cesárea y mientras ella contempla ese bebé (“que parecía provenir de otro planeta”) señala que alguien le explicara “cómo podía uno atreverse a traer al mundo un hijo”. También hay mujeres solas, perdidas en la ciudad, como la cocinera del Ibérico, que huele en sus manos a lavandina y cebolla mientras viaja en colectivo de noche. O en pareja: la mujer de “Suerte o desgracia” que compra esa anestesia para el olfato que usan los rescatistas para buscar cuerpos entre los escombros y de esa manera ya no sentir el aliento de su marido y hacer el amor como en los viejos tiempos. “Porque ¿cómo iba a perder esa sensación de empatía con la humanidad que daba una cogida como la gente?”

Laurencich es impiadosa para contar. Tensa cada situación cotidiana llevándola a límites que dejan al lector incómodo, removiéndose en la silla.

Lo que dicen cuando callan. Alejandra Laurencich Alfaguara 284 páginas

Un punto aparte necesario para decir que en este libro se cultiva el género a rajatabla: comienzos contundentes, el “palo y a la bolsa” de Fontanarrosa, historias que avanzan a cada renglón y finales que no dejan suelto ningún cabo. Cada una de estas máximas del género se aplican a una autora que da cuenta de un oficio ganado a fuerza de tomárselo en serio. Laurencich comienza en 1987 a escribir una novela de 800 páginas. Lo hace con hambre, sin poder parar. “Tenía la necesidad pero no el oficio”, ha dicho. Esa novela la reescribió durante diez años y se publicó en 2009. Vete de mí. “Un escritor se hace”, sostiene Laurencich con convicción. La misma que la llevó a crear y dirigir la revista La Balandra: “Quería mostrar que hay todo un trabajo del escritor paralelo a la vida y detrás de un libro hay mucha historia y trayectoria”.

Caen las Torres Gemelas, sus hijos ven en el living cómo este mundo se desmorona, que no hay vuelta atrás, mientras la madre sola en la cocina se ratonea con un Peter Gabriel congelado en el ’72, de pelo largo y brillante que canta desde la televisión. “Podría ser tu hijo, ma”, le dice la nena. “Ella siente la estocada profunda, sin vueltas. Comprende, de un instante a otro, que hay casi cuarenta años de diferencia entre ella y ese crío que canta.”

El tiempo pasa para estas mujeres de los cuentos, que se arrugan, las venas se marcan en las manos, las tetas cuelgan, Internet reemplazó al walkman. Sin embargo, estos últimos cuentos son genuinos herederos de los primeros. Laurencich sigue atenta como un cirujano sobre el texto. A no decir en tres palabras lo que se puede resolver en dos, como aconsejaba Fitzgerald a Hemingway en sus cartas. En este sentido, Lo que dicen cuando callan alude también a una economía de recursos. Lejos de las grandilocuencias, la autora misma ha declarado ir “cada vez más adentro, a lo chiquito”.

Es difícil escribir un buen cuento, y también es difícil armar un corpus con ellos. Que, como en una orquesta, cada uno atienda su juego en una melodía que es de todos. Este compilado lo logra. Son los ojos de estas mujeres haciendo foco en la miseria del mundo, los que unen un cuento con otro. Del que se sale y se entra para tomar un poco de aire y volver. Con Lo que dicen cuando callan, estas mujeres que no se depilan las axilas y usan camisón de franela, obligan al lector –sin distinciones de género– a meter los dos pies en el fango de la vida de todos los días.

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