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Sábado, 25 de septiembre de 2004

A punto de perderse

Una es nada menos que la casa más vieja de la ciudad, un modesto adobe de 1730. Otra fue la casa de Goyena y forma parte del área histórica de Flores. Ambas son ruinas a punto de desaparecer.

 Por Sergio Kiernan

Esta es la historia de dos taperas de la ciudad de Buenos Aires. Ambas son muy viejas, ambas tienen más yuyos que pavimento, las dos estarían en buen estado en cualquier país mínimamente civilizado. El café La Subasta, en Flores, y la Casa del Naranjo, en San Telmo, pueden desaparecer para siempre en cualquier momento, pasando a engrosar la larguísima lista de edificios fantasma y patrimonios perdidos. El café sería reemplazado por otro más de los indistinguibles departamentos porteños; la Casa del Naranjo, por la ampliación del Museo de Arte Moderno, un proyecto menemista que parece escrito en piedra, inmodificable.
Café La Subasta es el nombre popular del caserón que fuera del escritor Pedro Goyena, en Membrillar 66, 68 y 72, a metros de Rivadavia y en pleno casco histórico de Flores. Cuentan los vecinos que la casa era un primor: portón central, fachada con rejas decoradas, pilastras, en fin, el repertorio del criollo italianizante que tantas satisfacciones nos dio. Por varios años, la casa albergó el café fundado por un actor, que hacía peñas y muestras, maneras de disfrutar el caserón y comprobar su alto grado de integridad. En el ‘72 funcionaba una casa que vendía pianos, nada menos.
Flores, como se sabe, fue ciudad independiente hasta 1880, cuando se la tragó la nueva Capital Federal. Con centro en la iglesia y la plaza, se abría un pueblo de opulentas quintas y, más tarde, casas de aires suburbanos y mucho jardín. Esto resulta un sueño viendo el abrumado barrio de hoy, sobrepoblado por la carta blanca a la especulación inmobiliaria y sin la contraparte de mejores transportes o nuevos espacios verdes. El 6 de agosto de 2000, la Legislatura porteña aprobó el Area de Protección Histórica 15, que abarca 31 edificios tradicionales de Flores, entre ellos el entonces café.
Pero, a principios de 2003, la Curia Metropolitana vendió el edificio de la calle Membrillar. No sorprende lo que pasó entonces: en agosto de ese año, a escondidas y en fin de semana, comenzó la demolición del caserón, algo claramente prohibido por la APH. Fue entonces que se movilizaron los vecinos y los diarios locales –Flores tiene una sana tradición de periódicos barriales– y la Ciudad intervino prontamente, paralizando la demolición y llevando a juicio a la empresa, que alegó desconocer que la casa –para ellos apenas un terreno– estuviera protegida.
Ya era tarde: en la primera cuadra de Membrillar queda un frente al que le alcanzaron a picar el borde superior. Por una reja se espían muñones de paredes, pavimentos expuestos, yuyales infinitos. La Ley de Patrimonio porteña no tiene dientes: es muy dudoso que los vándalos puedan ser obligados a reconstruir lo que arrasaron.
En la otra punta de la ciudad está la Casa del Naranjo, un caso muy diferente. Para empezar, no es una casa vieja: es la casa más vieja de Buenos Aires. Lo que hoy es una tapera roñosa esconde bajo infinitas remodelaciones adobes de 1730. Vale aclarar que excepto por fragmentos de edificios como el Cabildo o por milagros como la iglesia del Pilar, en Buenos Aires no queda casi nada de principios del siglo XVIII.
Esta tapera está al lado de la fábrica de cigarrillos 43 que ahora alberga el Mamba y hace muchos años que es propiedad de la Ciudad. En tiempos idos, la dictadura abrió la casa al público remodelándola, con ridícula mentalidad militar, para que pareciera “más colonial”. Luego el lugar fue ocupado y más tarde se hizo un extenso trabajo arqueológico que permitió datarlo y rescatar evidencia valiosa sobre la forma de vida en lo que era hace tres siglos un arrabal urbano.
La humilde casa era originalmente un ranchito de techo de paja, típico de lo que fue esa Gran Aldea. Tenía un horno de barro integrado a la cocina y muchas de sus maderas todavía estaban en su lugar. La familia que la poseyó fue prosperando y, para finales de siglo, construyó un caserón más vistoso respetando la todavía flamante línea municipal. El rancho de adobequedó como la parte de atrás de la casa, cerrando un patio y separándolo de los fondos.
La Casa del Naranjo y su sucesora de 1790-1810 (aproximadamente) tienen fecha de vencimiento: cuando se inicien las obras de ampliación del Mamba, el lugar será simplemente demolido. Ya se retiró todo lo que remotamente se puede sacar –puertas, vanos, baldosas, mayólicas– y el resto será escombros. Curiosamente, hasta se habló de desarmarla y llevarla a otro lugar, o de modificar el proyecto del Mamba para incluirlo de alguna manera (el arquitecto Ambasz envió una alteración en ese sentido).
En resumen: un edificio patrimonial en peligro por la vía privada, otro en peligro por la vía pública, que fue la que detuvo a la privada en el caso de Flores. Estas contradicciones son habituales en casos patrimoniales, un área donde la ambigüedad y la casualidad siguen jugando un rol crucial, dada la falta de una ley clara y fuerte.

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Lo que queda del café de La Subasta, en Flores, después que la Ciudad frenó la demolición ilegal.
 
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