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Jueves, 21 de marzo de 2002

El pibe de los piqueteros

 Por Pablo Plotkin

A un par de kilómetros de la ciudad de La Plata, Gonnet descansa en una modesta prosperidad de calles arboladas y casas sólidas, en medio de un silencio de siesta que se profundiza más allá de la anacrónica República de los Niños. Los techos de tejas desaparecen gradualmente hacia el final del pavimento, cuando el camino se vuelve sinuoso y empiezan a abundar los baldíos. Gorina es una zona de ranchos; los molinos se oxidan junto a un desarmadero de autos y los perros merodean quintas que conocieron mejores cosechas. Hay que estirar el cuello por sobre el pastizal para ver los restos de una estación de tren abandonada entre el polvo. Cuando todo se convierte en un enorme descampado y al fin se avista la torre de vigilancia de la Unidad Penal 12, los últimos rasgos de urbanidad parecen remotos.
La de Gorina es una cárcel mucho menos truculenta que la mayoría de las penitenciarías de la provincia de Buenos Aires. Casi todos los presos superan los 50 años, el régimen de visitas es bastante tolerante y los guardiacárceles de la entrada, fundidos en el paisaje bucólico, matean entre risas y saludos cordiales. “Ah, vienen a ver Emilio”, comenta una policía en pantalones de bombacha, mientras nos conduce al pabellón. “Qué chico bueno... Por fin va a salir, por Dios. Estaba de contento... Hoy se puso a bailar cumbia en el pabellón. ‘¡Ya salgo, Normita!’, me decía. Nunca me voy a olvidar el día que lo trajeron y lo tuve que requisar. Tenía un miedo...” Aquel traslado ocurrió en agosto del año pasado, luego de pasar quince meses encarcelado en Batán. El miedo era comprensible. “Por acá, chicos”, dice la mujer, y abre la puerta de un despacho. Emilio Alí, el joven militante barrial encerrado desde hace casi dos años por encabezar un reclamo de alimentos a un supermercado marplatense, se levanta de un sillón de cuerina, sonríe y saluda en silencio. En las horas siguientes, la Legislatura bonaerense debería aprobar un indulto por su liberación. Habrá malas noticias.
Nada es casualidad, y Emilio Alí es mucho más –en el mejor de los sentidos– que un pobre pibe que fue a pedir comida a Casa Tía. Desde el fondo de la miseria, lideró una agrupación de vecinos que no dejó de movilizarse por las necesidades esenciales (trabajo, comida, gas, agua potable, medicamentos). Siempre pacíficamente, organizó el primer piquete de la provincia de Buenos Aires, impulsó el procesamiento de tres policías asesinos, se metió con la Iglesia, exigió respuestas concretas al gobierno provincial. “Emilio fue condenado, dicen, por extorsión, pero en realidad el sistema no le perdonó haber nacido pobre, ser joven, desocupado y encima luchador”, explica Fernando Cardozo, integrante de la Coordinadora por la Libertad de Emilio Alí. “Mi delito fue salir a reclamar una necesidad que el gobierno no nos puede dar, entonces uno tiene que buscar salidas alternativas para comer todos los días, para darle de comer a su familia. Simplemente pedimos algo digno que merecemos tener por ser laburantes. Y en vez de escucharnos, nos apartan como si tuviéramos alguna enfermedad contagiosa. Ser desocupado es la peor inmundicia”, le dice al No Emilio, que en persona es más petiso de lo que aparenta en las fotos. También luce más indefenso. Habla bajito, y los ojos verdes saltones, abarrotados de pestañas, tienen la carga de 26 años de sufrimiento y las secuelas de un raquitismo infantil.
Esteban Emilio Alí nació el 30 de agosto de 1975 en una casilla de un suburbio de Mar del Plata, ahí donde se confunden las miserias de los barrios Las Américas y José Hernández, y donde nunca se supo mucho de aquello de la “Ciudad Feliz”. Su padre, Fortunato Elías, era un matón de la burocracia sindical bonaerense entregado al alcohol. Los informes penitenciarios registran una encarcelación por homicidio. “Nunca nos pegó”, aclara Emilio. “No me gusta esconder nada, no me avergüenza de dónde vengo. Uno viene de la familia que viene, y en la mía muchos de mishermanos salieron a delinquir y después hicieron su vida. Sé que eso se usa en contra de uno, pero yo trato de ser transparente.” Eran dieciséis hermanos, de los cuales sobreviven doce: dos murieron de sida, uno fue asesinado por la policía y otro se suicidó. Lo cierto es que Emilio fue el único que heredó el apellido de su madre, Elsa Alí, que murió de cáncer a los 48 años, una década atrás.
Emilio había hecho la primaria “a cuentagotas” en la escuela 69, salió a trabajar de chico y se hizo definitivamente cargo de la familia al morir Elsa. Tenía 16 años, sus hermanos mayores se perdían entre cárceles y tormentos, y Fortunato incrementaba las dosis etílicas. “Alguien tenía que llevar la familia adelante”, dice Emilio. Entre los años ‘94 y ‘95 se dedicó a vender gallinas en el sur: Junín de los Andes, San Martín, Tartagal, Cutral-Có. “Me iba un mes, juntaba unos pesos y traía para que comieran mis hermanas”, recuerda. En Mar del Plata, junto a su hermano menor Juan José, fue vendedor ambulante de artículos de limpieza. De alguna manera, Emilio empezó a forjar una conciencia social autodidacta, de nociones sólidas, impostergables, alentadas con la terrible claridad de la urgencia. El barrio necesitaba, antes que nada, comida y agua potable, pero el hambre no limitaba el horizonte de su lucha. Se afilió al Movimiento Socialista de los Trabajadores (MST), a través del cual conoció al militante Jorge Carballo. Con él organizó la Comisión Marplatense contra la Represión (Comare), que impulsó el esclarecimiento de la muerte de Cristian Chavo Campos, un pibe de 16 años fusilado e incinerado en un baldío de las afueras de Mar del Plata el 2 de marzo de 1996. Un año después del crimen, la pelea de la Comare surtió efecto: el sargento Eduardo Jurado y los cabos Claudio Ciano y Jorge Guiguet fueron condenados a prisión perpetua por el asesinato.
Alí y Carballo también lideraron, en 1997, el primer piquete de la provincia de Buenos Aires: cincuenta desocupados cortando el cruce de la Ruta 88 y Textil Ana. “Pedíamos planes Trabajar, alimentos y la eximición del pago de impuestos y electricidad. Todo lo hicimos caminando, nos juntamos en un descampado donde había un tanque de agua y ahí definimos que íbamos a cortar. Me acuerdo de que durante el piquete hubo días que nevaba, nevaba de verdad, y la gente del campo nos empezó a traer leña, chocolates, pan y facturas. Aguantamos seis días”, recordaría Emilio años después. Después de una semana de piquete, Alí y Carballo fueron recibidos en la Casa de Gobierno provincial, pusieron las gomeras sobre el escritorio y entablaron la negociación con el vicegobernador y el obispo. “Ellos querían negociar a escondidas, pero nosotros no, sabíamos que la presencia de los medios iba a garantizar nuestra seguridad y la de nuestros reclamos. Conseguimos 2700 puestos de trabajo.”
Mientras tanto, Emilio hacía algunas changas de pintor. Después de ganar las elecciones de la Junta Vecinal, abandonó la vivienda de la familia para instalarse en la casilla grande de la Unión de Vecinos Organizados (UVO), en la que funciona un comedor popular y donde él, en un rincón de madera, construyó una pieza de tres por tres para pasar las noches. A fines de 1998, decididamente abocado a la militancia social, Emilio recibió una noticia que lo dejó por el suelo: Juan José, el hermano con quien vendía artículos de limpieza en las calles de Mar del Plata, se había suicidado. “A mi hermana le habían hecho una mala praxis en un hospital público. Poco después, el 22 de diciembre, dos días antes de las fiestas, mi hermano se metió un tiro en la cabeza. Era peón de albañil, a veces vendedor ambulante, no había probado ni una seca de cigarrillo en su vida. Yo lo llevaba a movilizaciones, pero a él mucho no le gustaban. Ese día yo tenía una changa de pintura y me llamaron por teléfono para avisarme. Se mató porque no tenía laburo, porque no sabía para qué lado arrancar. Para mí fue un golpe jodido. Después de eso, hubo un tiempo que yo no quería saber nada con las movilizaciones. Pensaba que no servíanpara nada, que si mi hermano había terminado así, era porque la lucha la íbamos a perder siempre. Después me di cuenta de que a mi hermano lo mató el sistema, y que no había que darse por vencido contra eso.”
La decisión estaba tomada. La lucha social sería su única razón existencial. Había tenido una infancia corta y casi se había salteado la adolescencia. Desde que murió su madre y tuvo que hacerse cargo de la casa, no había vuelto a pisar un boliche. Jamás hizo deporte; era hincha de Boca, pero eso le importaba muy poco. Había sufrido demasiado y sólo podía pensar en torcer el destino de un barrio que, intuía, era el destino de todo un país, del mismo derrumbe. “El barrio José Hernández tiene un 70 por ciento de desocupación, así que eso ya te pinta cómo se vive”, describe Emilio. “Es gente muy desprotegida, gente que fue siempre utilizada políticamente, siempre engañada. También hay un complejo en el que viven 170 efectivos policiales, que están ahí en las mismas condiciones que el resto del barrio: sin agua potable, sin gas.”
El 6 de julio de 1999, él y otros 200 desocupados tomaron sin violencia la Catedral de los santos Pedro y Cecilia, en Mar del Plata, para reclamar por las promesas incumplidas del gobierno provincial. Tres semanas después de la ocupación, supuestos feligreses (luego se comprobó que varios de ellos eran miembros y ex miembros de servicios de inteligencia) desalojaron a los manifestantes a golpes, palazos y tiros. La policía encontró un revólver calibre 38 en el bolso de Alí, pero él aseguró que se lo habían puesto los agresores. Lo procesaron por “turbar la procesión” y fue absuelto por pertenecer a “un grupo social vulnerable”. Emilio asegura que, después de la toma, ya convertido en un tipo peligroso para el poder provincial, el secretario de gobierno bonaerense le ofreció 20 mil pesos o una casa para que se dejara de joder. “No me vendo”, le contestó Alí, presidente de la Unión de Vecinos Organizados.
Pero el incidente de la Catedral acarrearía tragedias mayores. Durante la represión del desalojo, Claudia Arias, una madre joven, desocupada y luchadora, recibió un golpe en la espalda que le provocó una lesión pulmonar. En el hospital público le recetaron medicamentos que no pudo comprar, volvió al barrio con las manos vacías y sobrevivió al primer invierno. En las Pascuas del 2000, alimentada a base de mate y desguarecida en la primera helada del milenio, Claudia murió de pulmonía. Para Emilio, que pocos meses antes había llorado la muerte del compañero Carballo en un accidente de tránsito, significó un golpe durísimo y a la vez un impulso irrevocable para redoblar la lucha. Bautizó al comedor de la UVO en el nombre de Claudia y, en pocas semanas, promovió una campaña de apertura compulsiva de comedores populares. Llegaron a abrir unos siete. Por uno de ellos, habilitado en una construcción que pertenece a la Municipalidad, Emilio fue encausado por “usurpación a la propiedad”, cargo del que finalmente lo absolvieron.
Emilio Alí llegó al otoño del 2000 con una tonelada de muerte a sus espaldas y la convicción de que no bajaría los brazos jamás. La UVO había conseguido que la Cámara de Supermercadistas de Mar del Plata proveyera periódicamente algunas bolsas con comida a los desocupados de los barrios periféricos, pero no era suficiente. Tía era la única cadena que no aportaba alimentos. El 5 de mayo, en el contexto de un paro nacional convocado por la CTA y la CGT rebelde contra la reforma laboral y el modelo económico del gobierno de Fernando de la Rúa, unos sesenta vecinos del barrio José Hernández ocuparon la sucursal de Catamarca y Moreno para exigir comida y agua potable. Entre los manifestantes había muchas mujeres con bebés en brazos, padres de familia, pibes con la cara sucia. Alí estaba al frente. Tocaban el bombo, cantaban “queremos comida”. Había policías uniformados fuera del local y efectivos de seguridad de la empresa controlándolo todo. No hubo ninguna clase de enfrentamiento. No hubo violencia, ni siquiera desaparecieron los caramelos que se exhiben alos costados de las cajas. Al cabo de un par de horas de negociaciones, la gerencia del supermercado entregó 150 bolsas de comida (por un monto de 2 mil pesos al precio de venta) y los vecinos volvieron a José Hernández, contentos con el resultado de la misión. Un mes después, el fiscal Alfredo Deleonardis levantó una querella contra Alí por los cargos de “extorsión y coacción”. El juez de garantías Marcelo Riquert ordenó su detención y Emilio fue a parar a la comisaría de Coronel Vidal. En junio lo trasladaron a la cárcel de máxima seguridad de Batán, donde ocupó una cucheta en la celda 15 del pabellón 9.
La primera etapa de la reclusión fue penosa. A Emilio sólo podían visitarlo los familiares, pero su familia estaba completamente desarmada y ninguno de sus hermanos estaba en condiciones de llegar al penal. Elita, una mujer del barrio con la que Emilio mantenía una candorosa amistad, logró inscribirse como concubina y visitarlo dos veces a la semana, llevarle bagallos (las viandas que reciben los presos) y aliviar un poco la espera hasta el día del juicio. “Fue una experiencia muy fea verlo a Emilio en Batán, un sufrimiento del que nunca me voy a olvidar”, dice Elita en conversación con el No, desde el teléfono de un vecino del barrio. Medio año después de estar adentro, con la causa parada y una perspectiva judicial desesperante, Emilio se declaró en huelga de hambre seca. “Nunca se imaginó que lo suyo iba a ser algo serio. No podía ser. Lo tenían aislado”, relata Zulma Vicente, una abogada que se acercó a la Coordinadora por la Libertad de Emilio Alí para facilitar el régimen de visitas. “Después de cinco días de huelga –sigue Zulma–, con la presión baja, lo llevaron a la enfermería, y eso es lo peor que te puede pasar, porque ahí no le llegaban los bagallos. Le daban la sopa que hacen en el penal, que está hecha de huesos, porque la carne se la roban los policías. Así que, de hecho, le hicieron seguir la huelga de hambre cuatro días más. Cualquiera que conozca un poco el sistema penitenciario en la provincia de Buenos Aires lo sabe: en las cárceles, la comida nunca está garantizada. Se pasa hambre.” Emilio prefiere no entrar en detalles sobre su reclusión en Batán (“esas son cosas muy internas”), pero asegura que no fue víctima de violencia física. “Nadie me pegó, ni nada. Laburaba en los talleres de Máxima, fabricando sillas para las escuelas más carenciadas. Y de parte de los guardiacárceles no había excesos, ni golpizas. Yo tengo muy claro que a mí me condenaron los jueces, no el servicio penitenciario.”
Los jueces que lo condenaron a cinco años y medio de prisión son Reinaldo Fortunato, Enrique Aníbal Ferraris y Rodolfo Guimarey. El 23 de abril de 2001 comenzó el juicio a Emilio Alí en el Tribunal Penal Nº 2 de Mar del Plata. Fue un juicio lleno de presiones y actitudes sospechosas. Las personas que estuvieron en el tribunal aseguran que los jueces llegaban a ponerse hostiles con los testigos que no lo incriminaban. Los empleados del local, incluyendo al gerente (Rubén García), dijeron que no había habido ninguna clase de violencia, ni agresión. El testimonio más comprometedor salió de boca de un movilero de TN, Jorge Alfieri, que dijo haber escuchado amenazas por parte del piquetero. Una cajera del supermercado reconoció haber tenido “miedo”. Cuando le preguntaron por qué, respondió que era por el aspecto de los manifestantes. Pero tuvo que aparecer una causa aleatoria para terminar de decidir su condena y justificar la detención política frente a la sociedad y los medios.
Un adolescente de José Hernández había pasado varios meses preso, acusado por un almacenero del barrio de haberle robado una docena de medialunas. Aparentemente, algún miembro de la UVO, amigo de Alí, se acercó hasta la despensa del tipo y le juró que, si no retiraba los cargos, se iba a coger a sus hijas. El almacenero –que integraba la antigua comisión de la Junta Vecinal, luego derrotada– denunció que “la gente de Alí” había amenazado violarse a sus hijas. La Justicia bonaerense hizo cargo a Emilio de la “coacción”. El almacenero pobre, que habríaquedado seriamente comprometido si se rectificaba en el tribunal, confirmó sus dichos. Así fue como el sábado 28 de abril de 2001, después de casi un año en prisión, Alí fue condenado a cinco años y medio por “extorsión y coacción”. Pocos días más tarde, en una carta dirigida a sus compañeros, Emilio escribió: “En el calabozo de la Alcaidía, aproximadamente a las 17 horas, podía presentir que una tormenta muy oscura estaba sobre mí. Estaba llena de impunidad, de soberbia, y ahí me di cuenta de que el Poder Judicial me iba a condenar. Pensé en una condena mínima, pero luego, cuando subí, entré a la sala para el fallo final y minutos después, cuando vinieron los jueces, me di cuenta de que ya no era necesario que leyeran mi condena. Se les veía la cara de odio con que nos miraban”.
Cuando llevaba un año y tres meses encarcelado en Batán, Alí empezó a recibir amenazas por parte de otros presos. Los cortes en la Ruta 88 impedían la llegada de las visitas y los reclusos se la agarraron con el piquetero. Aunque ahora Emilio atribuya esa historia a “algo más mediático”, las amenazas provocaron su traslado al penal de Gorina. Desde esa cárcel rural, en que ocupa un camastro en la celda 1 y cocina por las noches para los 62 presos veteranos, Emilio recuerda el momento de la sentencia. “Sentí preocupación. Preocupación porque pensaba qué iba a ser de este país el día de mañana, para nuestros hijos. Porque si ellos se jugaron a condenarme a mí, entonces deben hacer cosas mucho más jodidas. Después entendí que acá había dos justicias: una para los que tienen dinero y otra para los que no tenemos nada. A los que no tenemos nada nos condenan y nos mandan a una cárcel común.”
La mañana en que transcurre esta entrevista Emilio está de buen ánimo. Las posibilidades de que se apruebe su indulto son altas, aunque más tarde se sabrá que su libertad es rehén de una interna política que involucra a Duhalde (y su negociación con los piqueteros), al gobernador Felipe Solá y a los diputados radicales bonaerenses que –según un texto al que accedió Laura Vales, periodista de este diario– consideraran que su liberación sería un peligroso signo de debilidad política. Mientras tanto, lejos de los claustros legislativos y cerca de la intemperie del otoño, los vecinos de José Hernández lo esperan. “Acá está toda la gente indignada”, asegura Elita. “Si hubo una persona que luchó y entregó todo por el barrio, ése fue Emilio. Ahora, la gente en los barrios está unida, y vamos a hacer una gran fiesta derrotando al gobierno y viéndolo al Emilio en libertad, porque cometieron una injusticia. Desde el más chico hasta el más grande, todos están decididos a salir a la calle por la libertad de Emilio. No vamos a bajar los brazos. Seguimos el ejemplo de su lucha honrada. El nunca pidió nada para él, no robó, no mató, no pidió coima, por eso el barrio está muy alborotado, muy enojado. Emilio es realmente un líder, para el barrio de José Hernández y para otros barrios. Espero que pronto esté de vuelta acá, con los humildes. El barrio humilde está con él, en las buenas y en las malas, en el llanto y en la alegría.”
Termina el horario de visita y Emilio Alí queda del otro lado de los barrotes, sonriendo con tristeza. Los guardiacárceles devuelven documentos y mochilas, y las palabras de Emilio vuelven a la memoria. “Durante estos veintidós meses me convencí de que estoy por el buen camino, que a mi lucha no la bancaba ningún fin político, que lo único que hice siempre yo fue reclamar trabajo. Así que, políticamente, la cárcel no me afectó nada. Personalmente sí. Extraño estar con mis compañeros, mi familia. En las fiestas uno se pone triste. Aunque algunos digan que les da lo mismo, no da lo mismo estar encerrado en Navidad, en el Día del Padre, lejos de tus seres queridos. Muchas veces durante todo este tiempo me pregunté qué delito cometimos. Y me respondía que no había ocasionado ningún daño. No le pegué a nadie, no agredí, no estafé... Siempre supe que mi detención era más política que jurídica. Ya no tengo temor. Más de lo que pasé, imposible. Cuando salga, voy a seguir peticionando pacíficamente por loque nos sacaron. Quiero la libertad, que no haya más persecuciones, ni para mí ni para los más de 2800 compañeros encausados por reclamar sus derechos. Quiero que la Justicia, alguna vez, esté de nuestro lado.”

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