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Lunes, 21 de enero de 2002

PAGINA 3

CaSerolazo

Por Daniel Link
Hoy, miércoles, día de cierre de Radar, veo por la televisión los efectos y los testimonios de la “pueblada de Casilda” (así dice la televisión) del día anterior. Antes, las calles de Jujuy ardían de protestas y demandas populares. Después, imágenes en directo desde La Plata, donde miles de drogadictos protagonizan un cacerolazo en reclamo de la supervivencia (en el nuevo esquema de “gasto” de la provincia de Buenos Aires) del Instituto de Rehabilitación donde realizan sus curas.
En el fondo, no es sorprendente. Después de todo, la Argentina siempre fue un país (política y culturalmente) experimental. No hace falta remontarse a los tiempos de los sucesos de Mayo –esa revolución jacobina que, por obra y gracia de seis años de intensa agitación política local, terminó adoptando una Constitución Nacional copiada de la Norteamericana. Tampoco hace falta recordar el peronismo, esa categoría que puso y sigue poniendo en jaque todas las sociologías urdidas por los europeos y que ha incorporado palabras a la lengua cotidiana de todas las naciones (“Evita” es una palabra que aparece repetidamente en las series que transmite Sony al mundo entero).
En lo que sí conviene detenerse es en el papel que Argentina está jugando en el contexto de las noticias del mundo globalizado. “¡Qué se creían los afganos!”, exclama orondo el argentino de los chistes que circulan por el mundo, “¿Que nos iban a quitar protagonismo histórico o, lo que es lo mismo, figuración en tapa?”. Después de todo, Argentina (país experimental como pocos dentro de ese vasto territorio experimental que se llama América Latina) fue, durante la década del noventa, el gran experimento del mundo globalizado: “Experimentemos allí”, deben haber pensado los estrategas norteamericanos y los europeos cuando, durante la década del noventa, entablaron una guerra económica en la cual cada proceso de privatización funcionó como una batalla (y ya conocemos los resultados de esas batallas, y las víctimas locales de cada contienda), “dado que ellos están acostumbrados al carácter experimental de la historia”. Es lógico que hoy se preocupen por el resultado de ese experimento.
O detenerse, por ejemplo, en el nombre de la discoteca situada en las afueras del pueblito de San Javier, en la provincia de Córdoba: “La evolución permanente”. Hay cierta sabiduría en ese bello nombre decimonónico y contradictorio en sus términos: si la evolución funciona, como sabemos, de a saltos, la persistencia de su lógica obliga a un nuevo salto evolutivo. ¿Cuál salto estaremos dando los argentinos, en estos días de Casilda, corrales y cacerolazos de drogadictos?
Los argentinos más pesimistas utilizan la metáfora de la bomba de tiempo o del abismo. Estamos saltando hacia el abismo, sólo nos espera la catástrofe, en esas concepciones trágicas de la historia. Los argentinos más clasistas interpretan las demandas de los sectores medios de la ciudad de Buenos Aires como un movimiento de olas en las aguas heladas del cálculo egoísta. Los argentinos más letrados interpretaron los sucesos posteriores al derrumbe delarruista como el retroceso a los “pactos preexistentes” entre las provincias (digamos: un país pre-Caseros).
Pero lo cierto es que las últimas intervenciones en el espacio público -precisamente porque son en el espacio público donde se dan todas las negociaciones, todas las identificaciones y todos los intercambios– funcionan como líneas de fuga: “La evolución permanente”. Un nuevo salto histórico. Ante un salto semejante, es lógico que los espíritus prudentes (los más módicos, pensarán algunos) se inclinen por las imaginaciones más pesimistas o melancólicas.
Un famoso columnista alemán de los diarios progresistas del siglo XIX ya había advertido (en los análisis de la actualidad europea que publicaba en la prensa) que la historia se repite dos veces, una vez como tragedia y una vez como farsa. Por los episodios que cita para abonar esa tesis sobre la evolución histórica, parecería que Karl Marx piensa que la vez “buena” de la historia (y la primera en la serie) es la tragedia y que la vez “mala” de la historia (y la segunda de la serie) es la farsa. Pero a lomejor eso no es necesariamente así. Que nos parezca que el siglo XX, que para los argentinos empieza en 1910, bien mirado, fue todo un repertorio de experimentos fracasados (sólo un espíritu verdaderamente maligno podría considerar nuestros 30.000 desaparecidos como un experimento exitoso), no nos autoriza a pensar que las recetas decimonónicas sean necesariamente las mejores.
Mariano Moreno, a propósito de la Revolución de Mayo, advertía que “es preciso emprender un nuevo camino en que lejos de hallarse alguna senda será necesario practicarla por entre los obstáculos que el despotismo, la venalidad y las preocupaciones han amontonado, después de siglos, ante los progresos de la felicidad de este continente”.
A lo mejor ha llegado el momento de ensayar la vez “buena” de la historia argentina, habida cuenta de que el experimento jacobinonorteamericanista que nos funda como nación (algunos dirán sarmientino, otros pensarán en la década del setenta) parece haber llegado a su fin.
No hay que impacientarse. Aunque los ritmos históricos se hayan acelerado, entre 1810 y 1816 pasaron seis años de “convulsiones” (para citar las palabras de Sarmiento, el mejor prosista argentino del siglo antepasado). Es probable que en estos tiempos de disolución de los pactos preexistentes, de evolución permanente y micro batallas de Caseros (lo que se llama caSerolazo), muchos sigan insistiendo (como seguramente insistían en 1810) con las metáforas del abismo y la bomba de tiempo. Habrá que ponerse a pensar en estrategias para que, esta vez, a los argentinos nos toque el lado “bueno” de la historia (¿tragedia o farsa?). Parece que para el experimento, esta vez salga bien, hay que pensar todo de nuevo.

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