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Domingo, 5 de junio de 2005

FAN > UN ESCRITOR ELIGE SU ESCENA DE PELICULA FAVORITA: SEñALES DE VIDA DE HERZOG, POR GUSTAVO NIELSEN

Dios es una mosca

Por Gustavo Nielsen

Werner Herzog es mi director favorito.

Las películas que recomiendo son Aguirre, o la ira de Dios, Fata Morgana y Los enanos también nacieron pequeños. Tres obras maestras del cine.

Sin embargo, la secuencia más enigmática de Herzog se encuentra en una de sus películas menores. La vi varias veces; siempre espero ese momento con ansiedad. Me da miedo. Real, auténtico.

La película es Señales de vida.

El ejército abandona a tres soldados en una isla. La guerra ha terminado, pero los soldados están locos y creen que aún sigue. En la isla viven civiles. Los civiles, al principio, les tienen miedo. Después empiezan a convivir con la locura de ellos.

Un día, en un bar, un vendedor le enseña un muñequito a uno de los soldados. El muñeco está construido con un pequeño sector de caña, del que salen minúsculas sogas haciendo de extremidades y cabeza. Las sogas terminan en nudos. El conjunto no es más grande que un carozo de durazno. La toma ocupa toda la pantalla; los dedos del vendedor se ven enormes. El soldado deja sus armas a un lado para mirar el juguete con atención.

Vuelta al primer plano del muñeco. Se está moviendo. Empieza torpemente, después se anima. El movimiento es verdaderamente animal, como si esos brazos y esas piernas de soga tuvieran vida propia. Algo horroroso. Un tosco pedazo de caña poseído por un alma maligna.

El soldado se inquieta. Quiere, como el espectador, conocer el espíritu que anima al juguete. El vendedor le dice que se lo cambia por el fusil. El soldado, hipnotizado por el extraño movimiento, acepta. El vendedor se va con el arma. En las manos del soldado queda aquel espanto. Otra vez lo vemos moviéndose de cerca. ¿Es un demonio? El soldado da vuelta el juguete. En la espalda del muñeco hay un corcho. El soldado lo saca. Del agujero sale volando una mosca gorda.

La escena me gusta no sólo por el truco. Siento que es un epítome de la filmografía de Herzog. Cada película de Herzog es un mundo manejado por el más inconsciente, el menos racional, a veces hasta el más idiota de los personajes.

Un mundo en el que los titiriteros son insectos.

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Werner Herzog (Munich, 1942) tenía veintiséis años cuando Señales de vida ganó el Oso de Plata a la Mejor Opera Prima en el Festival de Berlín. Su guión había sido distinguido cuatro años antes con el premio Carl Mayer. Lebenszeichen –tal el título original en alemán de la película– está protagonizada por el soldado alemán Stroszek (el actor Peter Brogle), enviado por el ejército, a fines de la Segunda Guerra, a la demasiado tranquila ciudad cretense de Kos, junto a su esposa –una enfermera griega llamada Nora– y otros dos soldados que se recuperan de heridas menores. Allí deben vigilar un fuerte con un depósito de municiones, y eso les deja poco y nada por hacer para matar el tiempo: mientras Becker se dedica a traducir inscripciones de una tabletas antiguas encontradas en la fortaleza en la que montan guardia, Meinhart diseña trampas para cucarachas y Nora ayuda a Stroszek a hacer fuegos artificiales con pólvora.
Pero se trata de una película de Herzog, y la anécdota inicial deviene necesariamente en un descenso a los infiernos de la locura: totalmente enajenado, Stroszek (en una escena llega a disparar su arma frenéticamente hacia el sol, una suerte de desafío abierto a los Dioses de la Naturaleza) amenaza con volar la ciudad en pedazos haciendo estallar el depósito. El tono intimista logrado por Herzog para su primera película (de las más de cuarenta que dirigió, contando documentales) se debe en parte a la magistral fotografía de Thomas Mauch y la banda sonora de Xarchakos. Dos años después, la izquierda acusaba al director de fascista, cuando, en palabras de él mismo, “en lugar de promover la inevitable revolución mundial yo me dedicaba a ridiculizarla”.
 
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