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Domingo, 11 de agosto de 2002

CINE Y LEYENDA

El fino arte de perseguir replicantes

Costó 28 millones y recaudó 17, eclipsada por rivales como Startrek II y Conan el bárbaro. La crítica la demolió: “incomprensible”, dijeron, “pretenciosa y machista”, “puro cuerpo y nada de corazón”. La mitad del equipo técnico nunca llegó a entender lo que hacía y Harrison Ford, su actor protagónico, todavía hoy la menta con desdén. A veinte años de su estreno, sin embargo, Blade Runner resplandece como el film más innovador e influyente de la ciencia-ficción contemporánea. Rodrigo Fresán cuenta cómo esa oveja negra llegó a convertirse en esta mina de oro.

 Por Rodrigo Fresán


Así habló Roy Batty, replicante modelo Nexus 6, número de serie N6MAA10816, puesto en funcionamiento el 9 de enero del año 2016: “He visto cosas que ustedes jamás se imaginarían. Naves de ataque ardiendo en el hombro de Orión. He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tanhauser. Todos esos momentos... se perderán... en el tiempo. Como lágrimas... en la lluvia. Hora... de morir...” Es un gran momento del cine y un gran momento de cualquier género, en cualquier parte: el “malo de la película” agoniza frente al héroe y frente a nosotros –sentados en la oscuridad– y entonces nosotros y el héroe descubrimos que el malo de la película no es tan malo. Y que ha visto tantas cosas que nosotros jamás veremos. Y nos queda un tibio consuelo, pero un consuelo al fin: poder ver una y otra vez al replicante modelo Nexus 6, a Roy Batty, recitar aquello de “He visto cosas...”

ANTES
Blade Runner se estrenó en 1290 cines de Estados Unidos el 25 de junio de 1982, pero no llegó a la Argentina hasta nuestro otoño de 1983. En el pasado, las películas tardaban más en llegar a nosotros. Aunque tal vez la verdadera razón de la demora fuera que el film del triunfador Ridley “Alien” Scott –pensado para convertirse en un nuevo fenómeno del tipo Star Wars: no en vano se eligió para lanzarlo el mismo día en que había debutado la película de George Lucas– no salió como se pensaba a la hora de la taquilla y la crítica. Costó 28 millones y recaudó 17. Mal negocio. Al equipo técnico –que durante la filmación no dejó de preguntarse de qué iba todo eso– tampoco le convenció mucho. El actor M. Emmet Walsh (el jefe de policía Bryant) dijo que no entendió nada; a Daryl Hannah (la replicante Pris) le encantó; Edward James Olmos (el policía oriental Gaff) optó por un ambiguo “increíble”; Rutger Hauer (el replicante Roy Batty) la defendió desde el principio; y Harrison Ford (el blade runner Rick Deckard) se quedó en casa. La crítica la definió como “fracaso fascinante”, “ciencia-ficción pornográfica: puro cuerpo y nada de corazón”, “un caos”, “incomprensible”, “pretenciosa y machista”. Y Pauline Kael –implacable y sofisticada crítica de The New Yorker– la remató con un “Si uno de estos días desarrollan ese test para detectar humanoides, mejor que Ridley Scott se esconda muy bien”.
Hubo algún gesto de piedad pero sirvió de poco y nada. Blade Runner fue devorada cruda durante un verano plagado de éxitos del género fantástico –y de mucha acción– como Viaje a las estrellas II: La ira de Khan, Conan el bárbaro, la remake de La cosa de John Carpenter y –antes que nada y que ninguno– el E.T. de Spielberg, que marcó a fuego la tendencia alien buenito antes que robot malote. El existencialismo noir de Blade Runner causaba, en el mejor de los casos, cierto intrigante desconcierto. Lo que para el gran público pochoclo y coca es apenas otra de las muchas maneras del aburrimiento.
A mí –aclaro, por si hace falta, que todo esto está escrito por un fan confeso, y orgulloso de serlo– me gustó mucho. Las películas que más nos gustan no sólo tienen la propiedad de quedarse para siempre en nuestra vida sino que, además, fijan en nuestra memoria el momento exacto en que las vimos. Yo me acuerdo que la vi la noche de su estreno en el cine Monumental, que llovía, que salí como si volviera de otra época y que la calle Lavalle se parecía tanto al Los Angeles del 2019. Todavía vivíamos y moríamos bajo una dictadura, sí, y las dictaduras siempre tienen algo de ciencia-ficción. Ciertas democracias, si se lo piensa un poco, también.

DURANTE
El reciente estreno de Minority Report de Spielberg –también basada en ideas del escritor Philip K. Dick– potencia la efemérides. Veinte años después de Blade Runner, tiene su gracia, Spielberg estrena una película replicante, una vistosa y virtuosa falsificación que acaba agonizando por el mismo motivo por el que agonizan los androides de RidleyScott: la necesidad casi refleja de parecerse a los originales y mejorarlos es lo que los pierde y los derrota. Veinte años después, la derrota de Spielberg es la revancha de Scott. Aunque, en realidad, la dulce venganza comenzó casi enseguida. Como yo, varios salieron de ver Blade Runner sin poder creer lo que habían visto. Pensar en que si Blade Runner fuera un disco sería el primero de The Velvet Underground: en principio rindió poco, pero después influyó como ninguno. La Warner –queriendo capitalizarla al máximo– emitió por su canal de cable la película y lanzó el video y el láser-disc en 1983. Se vendieron bien y se alquilaron mejor. Y revistas como Film Comment y American Film empezaron a publicar “reconsideraciones” de la película cada vez más eufóricas, mientras detectaban y analizaban una nueva y extraña moda: la bdmanía, que para los historiadores nace en diciembre de 1982, con la publicación del primer fanzine dedicado por completo a la película y editado por Sara Campbell, una chica de 26 años que –¿fecha de vencimiento replicante, tal vez?– moriría un par de años más tarde. La antorcha fue rápidamente recogida, abundaron las tesis universitarias (sí, Blade Runner es una de esas películas a las que se puede adjudicar cualquier cosa) y la llegada de los ‘90 y el triunfo del cyberpunk y las computadoras domésticas terminaron de desencadenar la locura. Cientos de sites para discutir hasta el amanecer los aspectos más oscuros y luminosos de la película, las novelas de William Gibson & Co. y –nada es perfecto– todas esas pésimas imitaciones de Blade Runner, todas esas calles donde siempre llueve y las chicas se maquillan como mapaches, todos esos retrofuturos con elementos de los ‘40 y los ‘50. Y el reestreno del director’s cut en 1992 sin voz en off y con unicornio. A los críticos seguía sin gustarles demasiado. Pero la gente que fue a verla se multiplicó, y el público aplaudía cuando Roy Batty decía haber visto tantas cosas porque, bueno, ya lo dije: nosotros lo habíamos visto tantas veces en nuestro televisor que era muy lindo volver a verlo en pantalla grande.
Y seguir descubriendo cosas nuevas.
DESPUÉS
He oído cosas... Como suele ocurrir con los films verdaderamente legendarios, a la sombra de Blade Runner germinó una impresionante cantidad de rumores y leyendas urbanas de la más diversa calaña. Lo que se enumera a continuación ha sido debidamente corroborado.
Blade Runner está basada en la novela de Philip K. Dick escrita en 1966 y publicada en 1968 con el título ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Otros títulos en los que pensó el autor fueron El sapo eléctrico, ¿Sueñan los androides?, La oveja eléctrica y el portentoso ¡Los asesinos están entre nosotros!, le gritó Rick Deckard al Hombre Especial. La idea se le ocurrió a partir de un artículo del matemático Alan Turing y la lectura de un diario de un oficial de la SS. A partir del estreno, varias ediciones de la novela optaron por mutar su título a Blade Runner (el propio Dick autorizó una de esas movidas justo antes de morir) y algunas –herejía– incluso modificaron el año en el que transcurre el libro –1992– adelantándolo hasta el 2019 en el que transcurre la película. El film de Ridley Scott tiene algo y poco que ver con la novela de Dick (elimina largos tramos del argumento y mantiene el concepto de un cazador de andys o androides), pero en cierto modo respeta su espíritu. Dick murió antes de ver la versión terminada; pero primero no le gustó lo que le mostraron y después le gustó mucho lo que le mostraron más tarde. Los curiosos y obsesivos encontrarán una conversación sobre el tema tan reveladora como desopilante en el libro What If Our World Is Their Heaven?: The Final Conversations of Philip K. Dick (Over- look Press, 2000).
El primer interesado en filmar la novela fue Martin Scorsese, en 1969, pero no tenía dinero para recomprarle los derechos al productor que los tenía en su poder.
Las primeras versiones del guión llevaban los títulos Android, Mechanismo, Gotham City y Dangerous Days. El nombre Blade Runner –que no aparece en ninguna parte de la novela de Dick– sale, en realidad, de un libro/guión nunca filmado de William Burroughs, quien a su vez lo había tomado prestado de Alan Edward Nourse, autor de la novela The Bladerunner, que trata sobre traficantes de material quirúrgico y médicos forajidos. A Scott le gustó como sonaba, llamó al autor de El almuerzo desnudo y le ofreció 5 mil dólares por la autorización para utilizarlo. Burroughs respondió enchanté y salió al patio a vaciar su rifle contra todo lo que se moviera a modo de festejo.
Durante un par de semanas –se sabe que es un tipo de lo más ciclotímico– Dustin Hoffman persiguió con ganas el rol de Rick Deckard. Después, creo, se fue a filmar Ishtar con Warren Beatty. Otros nombres que se barajaron fueron los de Tommy Lee Jones y Christopher Walken.
Una de las primeras versiones del guión terminaba con Deckard llevándose a la replicante Rachel a un lugar seguro, fuera de la ciudad, para acto seguido meterle una bala entre los ojos y a quemarropa. A Burroughs le hubiera encantado.
En un momento del rodaje –cuando todo estaba más o menos fuera de control y lejos del presupuesto original–, los productores despidieron a Scott y volvieron a contratarlo al día siguiente. Nadie sabía cómo terminar... eso.
Cuando le dijeron a Harrison Ford que tendría que grabar una narración en off para encimar a la película, el actor –que disentía con semejante idea– decidió hacerlo sin ningún tipo de inflexión dramática y sin entusiasmo, de modo que resultara inutilizable. Ford es muy ingenuo y, ey, seguro que a Burroughs le encantó. (A mí me gusta.)
La escena final de Blade Runner –ese largo travelling a través de nubes y bosques– fue agregada a último momento por los productores, y no lo filmó Scott sino Stanley Kubrick: son sobrantes de las –seguramente– miles de horas de celuloide que el difunto director imprimió para los títulos de El resplandor. “Si me obligan a poner un parche, que por lo menos sea un parche dirigido por Kubrick”, pensó Scott, y llamó por teléfono y Stanley se mostró encantado. A Kubrick le gustó mucho Blade Runner, lo que no es muy sorprendente: Blade Runner es una de las películas más Kubrick jamás filmadas por alguien que no fuera Kubrick, a la vez que incursiona en una de las vetas más interesantes, ricas y profundas de 2001: Odisea del espacio. Ya saben: en el futuro, dentro de muy poco, las máquinas serán mucho más sensibles y líricas que los hombres que las crearon.
La secuencia onírica del unicornio –añadida por Scott para el director’s cut y pieza clave para los defensores de la idea de que Deckard es replicante– sale de unas tomas descartadas por el director para su siguiente film, el muy fallido Leyenda.
Contra lo que se piensa, no hay dos versiones de Blade Runner –la que se estrenó originalmente y el director’s cut– sino cinco: la versión que se vio en los preestrenos de Dallas y Denver (que no le gustó a casi nadie), la versión del preestreno en San Diego (a la que se le agregó la narración en off y el final feliz), la versión con retoques de última hora que se estrenó en Estados Unidos (supongo que fue la que se estrenó en la Argentina), la versión internacional (un poquito más larga y más violenta), y el director’s cut. Muy apropiado si se tiene en cuenta que Blade Runner trata sobre réplicas, dobles, falsificaciones. En julio del 2000, la televisión inglesa emitió otra nueva versión con escenas inéditas entre las que se destaca una que transcurre en un hospital y hasta la próxima, amiguitos...
La maldición de Blade Runner: la película de Scott no sólo fue pionera e innovadora en muchos campos; también quiso ser un gran negocio en concepto de publicidad subliminal, con todas esas marcas registradas adornando el convulsionado paisaje de la Los Angeles que Steven Spielberg recientemente sintetizó como “sushi y lluvia ácida”. Muchos se apuntaron, claro, pero al final la película se estrenó y fue un estrepitoso fracaso y, por el mismo precio, dicen, significó el tiro de gracia para varias de las empresas involucradas, que jamás llegarían a ese 2019 en el que Rick Deckard corre y corre y corre. Aquí están, éstas son, descansen en paz: la telefónica Bell, Atari, Cuisinart, Polaroid y Pan Am. Coca-Cola, que por entonces se disponía a lanzar la catastrófica New Coke, se salvó por un pelo.
La serpiente que exhibe la replicante Zhora (Johanna Cassidy) era la mascota de la actriz en la vida real. Una cariñosa pitón llamada Darling.
Harrison Ford (quien luego de Star Wars y Los cazadores del arca perdida sentía que a todo el asunto le faltaba “un poco de acción”) estuvo muy pero de muy mal humor durante todo el rodaje. En especial con su coprotagonista Sean “Rachel” Young (que desplazó a la primera opción, Barbara Hershey): sólo le dirigía la palabra cuando filmaban juntos (esa inolvidable y perfecta y bizarra escena de amor), y siempre le corregía la dicción. Todavía hoy Ford habla de la película con cierto desprecio: “En Blade Runner yo era un investigador que no investigaba y al que le pegaban todo el tiempo. No es una película mía, es de Ridley Scott. Tal vez”. Scott se limitó a declarar: “Hay ocasiones en que la puesta en escena es la acción”. Scott 1, Ford 0.
La falta de tiempo y de presupuesto extra obligó a utilizar todo lo que hubiera a mano para construir las maquetas de la ciudad. Así, el diseñador Bill George se permitió la travesura de injertar una réplica de la nave Milennium Falcon de Hans Solo (el personaje de Harrison Ford en Star Wars) en uno de los flancos de un edificio. Si se la busca cuadro por cuadro, se la puede ver casi al principio, en la escena en que Gaff lleva a Deckard al cuartel de policía. Años más tarde, Lucas le devolvió la atención en Episodio I: La amenaza fantasma, donde pueden verse un par de patrulleros spinners de policía volando por los cielos del planeta Coruscant.
El soundtrack oficial de la película –a cargo de Vangelis– recién apareció doce años después del estreno de la película. Por el camino se oyeron múltiples versiones pirata del tema preferido, creo, para cortina de programas deportivos y argentinos.
La secuencia del combate final entre Deckard y Batty –originalmente concebida como un duelo de karate– fue recoreografiada por Rutger Hauer de un modo más “primal”. Buena idea. A Hauer también se le ocurrió lo de la palomita. Mala idea.
El justamente célebre y cuasi-shakespeareano monólogo final del replicante Roy Batty era más largo. Rutger Hauer propuso acortarlo y, además, improvisó in situ eso de “Todos esos momentos se perderán. Como lágrimas en la lluvia. Hora de morir”. Bien hecho, Rutger. Después abrió la mano para que la palomita saliera volando. Pero la palomita salió de escena caminando porque estaba muy mojada y no podía volar. Solución: filmar otra palomita en otra parte. Seca. De ahí que en la película se la vea ascender hacia una aurora limpia de nubes pero, sí, con voz en off.
La cuestión –largamente discutida– de si Rick Deckard es o no un replicante surgió a partir de un malentendido entre Scott y uno de los guionistas, David Peoples (el otro fue Hampton Fancher). El director leyó mal una parte del guión en la que Deckard, pensándose en voz alta y en irónico off, decía: “Yo también soy un modelo de combate”. Scott lo interpretó literalmente y a partir de entonces comenzó a insertar en el film pequeñas pistas desconcertantes; entre ellas, el dato de que se fugaron seis replicantes, uno murió al llegar a la Tierra y –dado que Deckard elimina a cuatro– ¿dónde está el quinto? La confesión final tuvo lugar en el documental para televisión On the Edge of Blade Runner (2000), donde el director finalmente reconoció que Deckard no se hace: es.

SIEMPRE
Hoy nadie duda de la importancia de Blade Runner. Abundan los libros sobre su trascendencia (quizás el más completo sobre el aspecto cinematográfico sea Future Noir: The Making of Blade Runner, de Paul M. Sammon; el más académico es, seguro, Retroffiting Blade Runner, de Judith Kerman) y, desde la platea, los pronunciamientos admirados de vips como Fernando Savater (“Es la mejor muestra de metafísica hecha celuloide”) o Guillermo Cabrera Infante (“Es un gran cuento de hados”). En lo que a mí respecta –desde el supe–pullman–, diré que Blade Runner es el equivalente sci-fi de Casablanca: una historia que apela a lo ancestral y que funde un sinfín de mitos, una trama para armar, un misterio que no cesa y al que se vuelve una y otra vez, como si fuera un café llamado Rick’s o –ya que estamos– Rick Deckard’s.
De vez en cuando surgen rumores sobre una inminente e inevitable segunda parte de Blade Runner. Scott tiene desde hace tiempo en carpeta un proyecto sci-fi con el título, obviamente provisorio, de Metrópolis, y cambia de tema cada vez que le preguntan. En cualquier caso, ahí están las tres aceptables novelas/continuación de Blade Runner firmadas por W. K. Jeter –discípulo reconocido por Dick en vida–, listas para ser manipuladas, cambiadas o lo que venga. Scott afirma que la condición única e inevitable es que Deckard se asuma como replicante de una vez por todas. Lo que, supongo, permitiría cambiarle la cara de Harrison Ford –yo voto por Christopher Walken– y a ver qué pasa y alguien sabe, alguien puede decirme cuándo va a parar de llover.
Espero que nunca.

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